Todo un día de lamentos, desde la mañana, crisis de la mediana edad, de esta juventud de ocaso, tardía. Una idea torturante, el propósito adelantando, mi necesidad de abandono o de renuncia, la forma de vida que no me funciona. Se me dirá que no sé lo que quiero, que esta angustia me llega por temporadas, como el amor en mis tiempos de adolescente sin experiencia. Eso es, me falta experiencia, siempre me ha faltado, la experiencia que da el buen o el mar vivir, los saberes acumulados de una vida en movimiento. Busco evadirme, encontrar la salida fácil, el dinero que me vuelva llevadera la existencia hasta que las obligaciones me maten las reminiscencias de la creatividad. Pensar que si tuviera dinero todo iría mejor, pero no es solo dinero lo que busco sino el reconocimiento, el oficio que me haga sentir orgulloso, decir que la espera ha valido la pena, que mis esfuerzos han sido recompensados. Debe haber un punto fijo en mi vida donde todo se fue al carajo. Quizás fue la decisión de quedarme, renunciar al porvenir del otro lado por un futuro sin las certezas del éxito. Aquí no soy nadie, soy la nada, empezar desde cero, precario migrante, con los pocos derechos que se otorgan por lástima, tan solo porque me tocó nacer del otro lado. Dirigir el empeño hacia mi escritura, hacia el tiempo en largas frases de largos párrafos. Por otro lado nutrir, revivir mi consciencia internacionalista, no dejar de lado la idea de la diplomacia, mi saber político e histórico, el saber como fuente primordial del placer. Escribir sobre lo que no he hecho, los propósitos agotados, detenidos en el esperanzador pretérito. A veces las fuerzas flaquean, mis ánimos se entreveran en una fatiga lastimosa, un desasosiego vertiginoso que me impide ver claro, tomar la decisión determinante, cueste lo que cueste. No puedo entregarme fácil a la renuncia, con todo lo que tengo en juego, mis libros, mi relación, mi independencia. Supongo que vivo a la espera, la infatigable pausa, los años que van a pasar sin su justa recompensa. Y hago esto para mantenerme en forma, proemio de la creatividad, forma rencorosa de la creación. Páginas de textos que no son textos, diarios, o especie de diarios inéditos que preparo para una publicación remanente, para quien esté dispuesto a leerme sin compromisos, sin esperar nada a cambio. Ser el autor decadente, sin complejos, el escritor obstinado con su labor de escritura diaria, el más disciplinado de los inconsecuentes, de los desordenados. Mezclar mi irresponsabilidad con la más férrea de las disciplinas, llevar a cabo el proyecto de escritura que corre el riesgo de empolvarse en el cajón de la indecisión.
La distracción reptante, mi mente ocupada en más de una tarea, acostumbrada a ser una máquina de imprecisa ejecución. Una hora propuesta para irme a la cama, y una hora que ha pasado sin que pueda moverme de este sillón de gracia y tormento. Palabras que vienen sin necesidad de ser invocadas, no soy yo el que escribe sino unas manos doloridas, a poco de recuperarse de las lesiones propias de la edad. Escriben las manos con una idea electrizante como impulso. Pienso en la palabra y las manos se encargan de poner en su lugar las letras mientras me leo con ojos atentos a cualquier posible error. Errores que se acumulan, que paso por alto, los sentidos que me engañan a diestra y siniestra. La cuenta de las palabras se dificulta a medida que paso mi mirada atenta al conteo, ahora cerca de seiscientas. Escribo mientras escucho la voz en un idioma en no comprendo, un video que L. se dedica a ver como manera de reposo, he trabajado mucho el día de hoy y durante la semana no he hecho otra cosa que escribir mi reporte de prácticas. Está molesta, acaso irritada conmigo porque paso por un momento de leve crisis existencial. No le parece bien que deje los estudios, me lo ha dicho como su humilde opinión, has el esfuerzo por terminar, un años más. Sabe sin embargo que mi carácter es terco, que se aferra a una idea sencilla, la renuncia como método. Ella no sabe que pienso en regresar, renunciar a esta vida presente por la vida pasada. No es una opción, escucho cuando me lo dice, ella que ni loca regresaría a su país, y yo todo sería más fácil si tuviese una residencia o la nacionalidad, los derechos ya no negados, yo como parte de la ciudadanía, el poder de elegir, de hacer valer mi voz. Ya no ser tan solo el estudiante extranjero que tiene que regresar a su país de origen luego de terminar sus estudios, condenado al ostracismo fuera después de haber sacrificado tanto por una mejor calidad de vida. Ese debe ser motivo suficiente, el tiempo invertido, dado al territorio que se me ha convertido en patria, en hogar. No puedo regresar, el retorno significaría la batalla no ganada, la pérdida de la identidad que por fin empezaba a tomar forma. No al fracaso realizado, la dependencia, la poca libertad conquistada y luego perdida.
Darle tiempo al tiempo, como diría alguna canción o mi padre y mi madre. Confía y espera, trata de hacer valer tu voz, hablando se entiende la gente, el que no habla Dios no lo escucha. Sabiduría cultural, religiosa, familiar. La esperanza que para ellos toma el nombre de la fe, la confianza puesta en el Señor. Mi padre me sonríe a través de una pantalla, alguien la ha tomado una foto, su primera sonrisa más atrás de los dientes y de los labios, una sonrisa que no parece suya, artificial; o puede que sea una sonrisa de hombre despreocupado, aligerado de penas, la esperanza puesta en un mañana sin la obligación de llevar dinero a la casa, trabajar por el mero placer de la rutina, unas pocas horas cada mañana. Como ya es tarde me decido a retirarme, la promesa puesta en el mañana, el día que quizás comience, ojalá, temprano.
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