Acá, o aquí, se me dio la escritura, el tiempo para sentarme frente a la máquina de escribir, frente a la hoja en blanco y dejar andar el río de las ideas y los sentimientos. Día con día fui dando forma a mi diccionario personal, mi discurso como ningún otro. Dejé plasmado, para la eternidad o para lo que me dure la vida, los pensamientos atribulados de un día cualquiera. Escribía por amor, escuetas notas cada mañana que amanecíamos juntos, mínimos y diáfanos textos con el propósito de enamorar, de detener el tiempo. Eso era, la escritura era un intento por traducir con palabras lo que no tenía texto, lo indecible, lo inefable. Escribir es apropiarse de un fragmento mínimo del tiempo, la hora que dura este intempestivo ejercicio de escritura.
6 de agosto
Me apresuro a escribir estas líneas entre un estado absorto y aturdido. Las escribo con la esperanza de llegar a un final concreto, con la desesperación latente por no perder las palabras o perder la historia que en menos de un instante en mi cabeza se ha escrito. Trato de escribir lo más importante, lo... Leer más →