Me apresuro a escribir estas líneas entre un estado absorto y aturdido. Las escribo con la esperanza de llegar a un final concreto, con la desesperación latente por no perder las palabras o perder la historia que en menos de un instante en mi cabeza se ha escrito. Trato de escribir lo más importante, lo esencial para que este relato se cuente solo. No tengo mucho tiempo, por eso la razón del apuro, solo me queda una vida para terminar estás últimas líneas. Y tú lector, pensarás que exagero, que toda una vida basta para contar una historia, para llegar al final de un cuento; pero yo te diré que la vida es frágil y que puede terminarse de un momento a otro, ya que incluso el recién nacido tiene la edad suficiente para morir.

Todo comienza como la vida, por azar, aunque los ingenuos piensen que todo tiene sentido, que la existencia lo tiene, pensando que sus miserables vidas todavía tienen un motivo: una razón de ser. Como si la existencia estuviera regida por fuerzas misteriosas -Dios para los creyentes- que mueven hilos invisibles en el mundo de la casualidad. Yo podría culpar a ese titiritero por cada uno de mis grandes y pequeños fracasos, yo podría hacerlo responsable de mi desdicha, de la miseria en la que he vivido toda mi vida, yo podría culparlo de ponerme aquí, frente a estas líneas y que no las escribo realmente yo, sino que son parte de su misterioso plan, sin embargo, yo acepto ser libre, y es esa libertad es la que me condena como único culpable de mi desdichada vida.

Tengo que admitir, no siempre fui un malaventurado encerrado en estas cuatro paredes, únicos testigos de mi vida y de lo que ahora dejo escrito. Hubo una época en la que fui feliz, ese tiempo que está marcado por los sueños y el olvido: mi tierna niñez. La época en la que no tenía conciencia de quién era y mucho menos de quién quería ser. Esos tiernos años que no le tienen temor a la muerte, esos momentos de dicha que parecían no tener final, porque la vida misma no parecía tenerla. Sí, fui feliz hasta que tuve plena conciencia de mi muerte.

Vivía -si a eso se le puede llamar vivir- abatido pensando que mi muerte podía llegar en cualquier instante, que iba a morir joven, que mis días estaban contados y que eran pocos. Mi desventura continuó por largos años. Pasaba el tiempo, y la muerte parecía haberme perdido de vista. Evitaba en lo absoluto salir de casa, desdeñaba objetos y personas porque su utilización y presencia podían provocarme la muerte. Tomaba medicamentos ante cualquier síntoma de enfermedad y evitaba en lo posible cualquier movimiento que pudiera provocarme una caída y así comenzara el lento y certero proceso de la muerte. Vivía pensando cómo podría seguir vivo, mas había algo que no podía controlar: el paso del tiempo. Era una tortura escuchar en el absoluto silencio el tictac del reloj, su acompasado paso que me atravesaba los tímpanos por lo que decidí deshacerme de todo aparato que marcara el tiempo dentro de la casa. Al menos, si no estaba a salvo del paso del tiempo, no tendría un artefacto que me lo evocara segundo a segundo. Decidí vivir en un solo día, el 6 de agosto, mismo día y mismo año que nunca cambiaba en el calendario.

Temía por mi vida, estaba aterrorizado por la súbita llegada de la muerte y el sufrimiento que llegaba cuando la cuenta de tus días termina. Tenía sueños espeluznantes, donde me veía a mí mismo siendo asesinado por una serie de sombras y agonizar y morir lentamente ahogado en mi propia sangre. Comencé a delirar, sentía una extraña presencia por la noche que atravesaba los pasillos de mi casa dejándome paralizado, donde el miedo podría haberle hecho el trabajo fácil al asesino. No sé de dónde nació ese temor, vivía totalmente aislado, puertas y ventanas permanecían cerradas día y noche, y las compras semanales las hacía una persona de mi entera confianza, misma que se encargaba de cocinarme y mantener la casa limpia. Mi contacto humano estaba limitado a una sola persona, así que mis temores estaban ciertamente mal fundados. El miedo a la muerte me estaba volviendo paranoico, eso y la locura también podían causar la muerte.

Comencé a no tener conocimiento del tiempo, había cerrado todas las cortinas haciendo de mi casa un lugar de eterna oscuridad. Dejé también de encender las luces y a acostumbrarme a la penumbra, ahora yo, como la muerte, sería capaz de habitar en el infierno. Me había hecho con un cuchillo porque el momento estaba cerca y el terror era cada vez más insoportable. En la oscuridad las sombras no existen, y ahora yo también controlaba el tiempo. Esperaba y no lo hacía pacientemente. Estaba desesperado, como lo estoy por terminar estas líneas, por clavar mi cuchillo a la muerte en cualquiera que fuera su disfraz: yo sabría reconocerla en el instante. Me escondí en una de las habitaciones, a la espera, cuando por fin su hora y la mía habían llegado. Justo cuando atravesó el marco de la puerta la tomé del cuello y clave mi cuchillo en su pecho, un golpe certero y profundo. La muerte, mi muerte inhalaba su último aliento…

Hoy también es 6 de agosto, hoy tampoco el tiempo ha pasado. Sin embargo, no tengo más tiempo para seguir, dejé mi relato como dejo a mi vida: a medias. Éste era mi último deseo y con esto mi tiempo se acaba. La vida dura hasta que la condena de muerte llega, una muerte que no se elige, pero una muerte que termina siendo sólo nuestra.

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