Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.
Donde hubo fuego silencio queda
¿La he perdido? Todavía creo, con la ingenuidad del amante abnegado, que volverá con un mensaje de añoranza inclinado a la disculpa. Me hablará —quiero creer— del amor todavía presente, a prueba del tiempo y la distancia. Quién sabe. Acaso lo mejor sería la resignación, festejar en silencio lo sucedido, y pasar de largo, dejar el amor de mi vida en ese pasado menesteroso, en el lugar de lo que pudo ser. Ya no volver a la semilla, rechazar todo intento de recuperar los años perdidos
No es el lugar
Sigue suspirando, resoplos de tristeza, no se le da expresarse con palabras. El llanto le viene como la locura, mezclado de risa, incomprensible. Hay algo profundo que no logra exteriorizar, la razón de su desdicha, de su entrega a la vida leve, ausente en la medida de lo posible
Los de allá
Reconciliarme con los muertos, escribirles lo que ya no podrán leer. Decirles que los quiero tanto, dondequiera que no estén. Y ellos diciéndome en una lengua muerta que los deje ir, que ya no hay cabida para el arrepentimiento, que lo hecho, hecho está
Desconocimiento
La mañana despejó la tristeza y el desasosiego. El día tenía una nueva razón de ser. Me llegó un libro de Borges, como un regalo especial hecho por alguien que conozco poco. Por eso he venido a estas páginas, para dar cuenta de que se es escritor escribiendo.
Flotar sin dudas
No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya... Leer más →
El que sueña
Fui testigo del fugaz desgaste de mi padre, de sus últimos días en terapía intensiva. Estuve cerca de él sin saber qué decir, con el miedo a perderlo de repente. Me dolía verlo inmóvil, sedado, impotente. No era sin embargo la imagen de un padre frágil, sino de un hombre incansable, que resistía con fuerza sobrehumana los embates inmisericordes de la muerte.
El río que no cesa
Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible.
Malogrado
Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene.
Insolación
Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia, si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir.