El cuaderno y el rostro

He agotado las páginas de mi cuaderno. Mi diario se ha cerrado: ha llegado al final de sus días, no así los míos. Un cuaderno sin más páginas ofrece el sosiego de haber dejado testimonio de lo vivido o lo pensado, pero también ofrece el porvenir: ese gozoso volver a comenzar con un cuaderno cuyas páginas se presentan indemnes, como el mañana que no puedo calcular

Ser otro

Ya somos el olvido que seremos: las cenizas de un fuego lento, el morirse cada día de a poco para poder vivir. La vida como desgaste, como muerte pequeña. Morir lentamente para no morirse al instante. Conservar la vida para los años que vienen. Ser cuerpo y no ser mente. La vida sin conciencia no... Leer más →

La música que escribe

Estas palabras no son dictadas por una musa. Vaya, ni siquiera parecen dictadas por mí. Es la música de fondo la que escribe. Mis manos se han vuelto notas sobre la partitura de esta hoja blanca. Yo me he vuelto instrumento e interpreto aquí otra de mis conocidas melodías

La enfermedad del tiempo

Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda... Leer más →

Me moriré un jueves

No es un bloqueo creativo; tampoco un miedo a la página en blanco, sino más bien una náusea profunda, un desánimo exacerbado, una ingente desazón por haber escrito con el ímpetu del ingenuo ilusionado y no poder escribir hoy, en presente, de la misma forma que ayer. Sentir que me he vaciado, que he dicho... Leer más →

Pues qué tantas palabras puedo decir

Mi padre, sin proponérselo, una noche de fin de año, nos dejó un mensaje para nuestro consuelo. A más de un año de su muerte corporal se ha vuelto recuerdo imperecedero. En el video se le ve feliz, el ánimo alebrestado por unos cuantos tragos de cerveza, y mi hermano le pide —sin saber que ese video sería hoy una reliquia invaluable— que diga unas palabras. Y papá dice, con esa timidez suya: pues qué tantas palabras puedo decir si ya han dicho todo. Yo lo que quiero es que, así como estamos ahorita, estemos siempre unidos; que Dios nos preste vida y que la paz, la felicidad y el amor mutuo nos brinde con toda su misericordia. Y que seamos todos muy felices: ¡feliz año nuevo!

Quedará escrito

Así escribí un cuento hace mucho: el de un hombre moribundo, un remedo de Artemio Cruz, que ve a la muerte y habla con ella. Le dice que está listo, que la esperaba incluso antes de la llegada del dolor, antes de contar los minutos que le quedaban antes del último aliento. Un hombre sin miedo, que durante años se dedicó a negarla, a vilipendiarla y evitarla, pero que ahora ahí estaba, como amiga, como acompañante hasta donde sea que llevase el camino. La muerte como última guía por calles desconocidas, hasta el destino final, el lugar de donde venimos, donde todo es silencio y oscuridad, donde el yo se esfuma porque ya no tiene nadie en quien reflejarse.

Ocupar el tiempo

¿Es ese el camino correcto? Cesar Aira aconseja —sin ánimos de dar consejos— que el escritor novel deje de lado el ideal de escribir buenos libros, de dedicar toda una vida a una obra y que mejor opte por escribir, sin intención premeditada, malos libros, pues los buenos libros son numerarios y están en todas partes. Optar por la vanguardia, pues ella es la que tiene el veredicto inapelable del futuro. Cesar Aira es entonces el escritor que ha cavado su propia tumba de eternidad y gloria, su propio reducto donde no cabe nadie más que él. Con persistente y desinteresado denuedo por no figurar como un gran y no menospreciable escritor, Aira ha entrado por la puerta grande en el marco contemporáneo de la literatura que vale la pena leerse.

Escribir bien

A partir de una idea o una frase me dedicaba a hilvanar una oración tras otra, un recuerdo lacerante o gozoso, todos con un mínimo asomo de arrepentimiento. Había textos con temas recurrentes: la vida, la muerte, el suicidio, el amor, el fracaso, la nada. Venía tantas veces vacío, hastiado del mundo y sus cosas que todo me daba nausea. Han sido contadas las veces que me resultaba sencilla la tarea de escribir, en las que nacía un cuento de mil palabras, otras la continuación del final de una novela que me dejó inconforme

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