El halago del tiempo

No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.

¿Qué soñó el tiempo?

El tiempo no soñó nada de esto, no soñó a este hombre que escribe un sábado a las seis de la tarde, ni este apartamento anclado a esta ciudad y que sirve de refugio para el hombre y sus libros. El tiempo soñó algo distinto, soñó a este mismo hombre menos solo, más enamorado y al roce de la felicidad

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