¿Qué soñó el tiempo?

Las palomas, aquellas que se encuentran en cada ciudad, en cada pueblo del mundo, me han acompañado desde pequeño. Sé de ellas porque no pocas veces mamá compraba algo de pan y me llevaba a alimentarlas en alguna plaza del centro histórico de la ciudad de Guadalajara. Tirábamos migajas de pan o a veces granos al suelo y una bandada de palomas grises descendía precipitada y hambrienta. El juego consistía en atraerlas y verlas comer; otros niños solo las atraían para intentar capturarlas, para correr hacia ellas y hacerlas volar y repetir hasta el cansancio aquel acto. No menos de una vez fui blanco por azar de sus excreciones, substancia caliente, corrosiva y olorosa en la cabeza o en el hombro, incluso a veces en pleno rostro. Sin embargo, siempre sentí aprecio por esas dóciles aves posadas en los arboles y en los altas cúpulas de las iglesias, donde esculturas de santos y cruces eran las eternas victimas del excremento de las palomas. Acabo de leer, y de cierta manera lo sabía, que en capitales italianas las palomas se han convertido en un problema mayor que atenta contra el patrimonio cultural e histórico. Cuestión debatible, cuestión de preguntar quién llegó primero.

No sé por qué ahora las palomas han pasado a darme asco, a mirarlas con desdén, siempre hambrientas y al acecho, con su plumaje sucio, sus patas mutiladas por los cabellos humanos que se enredan en sus patas y su andar por todas partes. Creo que puede ser la culpa de un recuerdo, de aquella vez que S. y yo fuimos a Paris, tan solo de ida y vuelta, y caminamos hasta la catedral de Nuestra Señora. Allí las palomas se concentraban como fieles católicos, y había una mujer que, por el precio de dos euros, te ponía alimento para pájaros en la cabeza, entre los cabellos, y en ese momento todas las palomas venían y se nutrían de ti, del alimento que se escondía en el cuero cabelludo. La mujer, como buena comerciante, no te consultaba si querías vivir aquella experiencia, sino que te ponía los granos en la cabeza y te cobraba después. Está táctica, si bien era eficaz, no impedía que algunos paseantes distraídos insultaran a la mujer por tal atrevimiento. Tengo la imagen guardada de un hombre calvo, que molesto, y con justa razón, insultaba a la señora y se sacudía la cabeza de granos y aves. A S. y a mí nos encantó ese momento, y tomamos algunas fotos donde se nos ve riendo mucho, como dos niños que acaban de descubrir que las palomas existen, dos enamorados dejándose sorprender por cualquier cosa que se vive juntos. Sin embargo, ahora pienso en las palomas como ratas que vuelan, las veo como una amenaza, como si su cercanía me pusiera en riesgo de muerte por alguna enfermedad caprichosa. ¿Qué culpa tiene ese grato recuerdo de mi aversión presente? Será porque ya no he amado tanto como aquella vez, porque ya no he reído tanto y porque ya no me dejó sorprender como un niño. Ahora también sonrío menos. S. me increpaba mi rostro serio, reservado en las fotos y me animaba a sonreír, y yo sonreía para hacerla sentir feliz, que supiera que la sonrisa la tenía guardada para cuando ella la pidiera. Así, a partir de las sonrías pedidas por S., comencé a ser más feliz sin darme cuenta.

¿Qué habrá soñado el tiempo de este día? El tiempo que también desea un futuro, que añora con nostalgia el pasado y que ve en el futuro una rendija de esperanza. El tiempo no soñó nada de esto, no soñó a este hombre que escribe un sábado a las seis de la tarde, ni este apartamento anclado a esta ciudad y que sirve de refugio para el hombre y sus libros. El tiempo soñó algo distinto, soñó a este mismo hombre menos solo, más enamorado y al roce de la felicidad. Lo soñó trescientas noches, envuelto entre las sabanas y las piernas de una mujer cuyo nombre no se reveló en el sueño. Soñó con una casa y no este apartamento, un perro en lugar de un gato y una gran jardín en lugar de esta ventana con vistas a los árboles en verano y a la catedral en invierno. Soñó con días más soleados y tormentas, con un aire más limpio y con el rio de Heráclito. Soñó también con paisajes maravillosos vistos desde la terraza del segundo piso de su casa; soñó a un hombre satisfecho, contemplativo, vigilado por muy pocos libros, los necesarios, porque no lee sino que relee, él es un gran relector, y se conforma con las metáforas aceptadas por todos, las que le son naturales: la vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. El tiempo soñó con una vida muy larga, para aquel hombre y para todo el que le era querido, una familia igual de feliz que él, sus padres con una vejez sana, abatidos por el tiempo y no por la enfermedad.  El tiempo soñó con ella, y solo ella, la mujer como representación de todas la mujeres, distinta cada día, eterna e infinita. El hombre vivía una monogamia plena con la ayuda del olvido, de las cosas que no se dicen, del descubrimiento de otra mujer en los ojos de su compañera eterna.

El tiempo quiso soñar que el hombre en ese lugar también escribía, pero aquel hombre no tiene tiempo de escribir, ese hombre es más feliz que este que escribe, porque la escritura nace de la inconformidad, como venganza ante las ofensas de la vida, como dejó escrito Cesare Pavese. El tiempo no soñó que el hombre escribe hasta mil palabras al día, que ya no son las seis de la tarde, que son las siete y que se la hace tarde, que tiene que irse, apagar la música y dejar las palabras en pausa para el mañana maldito, el día cuando el hombre se censura, cuando tiene que ser otro.

Diciembre 2020

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