Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

La afrenta

Naturaleza frágil la del ser humano, buscador fehaciente de sentido, adolece de confianza en sí mismo. No se puede ser tan egoísta, debe cavilar, por lo que se inventa un Dios, el ser supremo que lo puede todo, que venga a eximirlo de la culpa. Así, el hombre, abocado en sí, confía su día a... Leer más →

12 de mayo

Te respondo sin tener la certeza de terminar en los poco más de treinta minutos que me quedan libres antes de tener que partir al trabajo donde, desafortunadamente, tú no estarás. Leo tu respuesta justo después de terminar el capitulo de un libro que, de manera obsesiva, he estado leyendo. El libro es de un... Leer más →

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