Sed

Por años, la botella fue como un crucifijo que pendía entre el deseo de vivir y el temor de la muerte. Cada noche volvían las pesadillas: la escena de aquel día fatal se repetía como aviso. Se despertaba sediento, deseando el agua con un fervor casi religioso. Lo veía vaciar el contenido, rellenarla, beber un vaso tras otro hasta que el cuerpo (agotado, insistente) decía basta, aunque la sed latiera todavía, molesta y débil

Medusa de oro sobre la almohada

Me dice no te detengas, sigue, sigue, como esa voz que anuncia el final de un todo. Y me seguirá siempre porque la pienso y la enumero, y me he vuelto su esclavo por no dejarla ir. Y qué cómoda es esta prisión de cuatro paredes. Ella toma de nuevo un libro y grave me dice que no hay ningún dibujo, ninguna imagen, tan sólo letras, me dice riendo, como tú

Inferior

Simón había intentado defenderse, con la otra mano busca el punto exacto del corazón y le atraviesa el pecho hasta la muerte. La escena del crimen fue manipulada de tal manera que pareciese un suicidio, nadie sospecharía de él.

Soslayar

Pero ella sabe que la traición tiene un sabor dulce cuando se es el ejecutante y no la víctima, sabe que se deja llevar por un deseo desde hace años contenido, y que la mejor forma de librarse de esa espinita —como ella le dice— es rozándola, sangrar un poco por su culpa.

Flotar sin dudas

No se hablará en las noticias, será acaso una nota roja, en esos periódicos que mi padre gustaba llamar con desdén amarillistas, más inclinados al morbo que a la nota seria. Ahí resaltará el encabezado estridente, de doble sentido, se ahoga mujer en la piscina de su propia casa. Se mostrará mi cuerpo lívido, ya... Leer más →

De rutina

Escribo como paliativo contra el olvido, para curarme del mal de no recordar el ayer, para no sentir que un año se ha pasado en un día. La escritura como mejor aliado de la memoria, insustituible e imperfecto. Así el día de ayer no se diluye en el líquido viscoso y corrosivo, del pasado que todo lo borra, lo toma entre sus manos implacables y lo guarda en su baúl de irrevocable olvido.

Un mirar desolado

Samantha le había enseñado a rescatar los sonidos de la tarde, las voces entre las angostas calles de barrios paupérrimos, pasadas y presentes, a partir de su voz de entrañable pureza. No olvidaría lo mucho de sorprendente y maravilloso que tenía la casa de Samantha entre dos terrenos baldíos, como una casita de juguete que hace poco había abandonado el techo de lámina por uno de concreto, donde ella y su madre vivían en un cuarto con ventana a la calle esperpéntica, rescoldo de una alegría antigua.

Esteban y el olvido

Unos venían porque los llamaba la vocación, servir a Cristo y a su Iglesia, jóvenes fervientes, dispuestos a seguir el camino de la mano del Señor; los había también motivados por la familia, el tío que fue sacerdote, el primo que estaba por terminar los estudios en el seminario. Lo más numerosos eran aquellos jóvenes perdidos, no muy seguros de lo que querían, pero que los estudios en el seminario significaban el natural paso del hospicio, internado u orfanato.

Resucitar

Me desperté con el ritmo cardiaco a contrapaso, la sensación de que estaba en otra parte, mi propia tumba, a donde era llevado inconsciente entre sueños, el momento en que mi atroz asesinato tenía lugar. Me levanté con miedo, me dirigí a oscuras hacia la cocina contando los pasos, uno, dos, tres… doce en total, rozando la pared con las manos hasta llegar al marco de la puerta que me indica que mis pasos siempre son precisos.

Diáfana esperanza

Martha y yo compramos una lata de conservas. La compramos porque la lata, sí, una simple lata de chícharos nos vio pasar por el pasillo de las conservas. Sí, sabíamos que las cosas por sí solas no tienen vida propia, pero consideramos que aquella lata, con chícharos —o algo más y misterioso en su interior—... Leer más →

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