Libros mis maestros

Como tal, yo no tengo una máquina de escribir sino una computadora —ordenador, le llaman de este lado— a la que le he tomado cariño. La primera. Teclas que se desgastan poco a poco; lento a veces, rápido cuando quiere, menos ruidoso que el golpeteo de una máquina de escribir. Épocas distintas. Y no por... Leer más →

Ser otro

Ya somos el olvido que seremos: las cenizas de un fuego lento, el morirse cada día de a poco para poder vivir. La vida como desgaste, como muerte pequeña. Morir lentamente para no morirse al instante. Conservar la vida para los años que vienen. Ser cuerpo y no ser mente. La vida sin conciencia no... Leer más →

La enfermedad del tiempo

Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda... Leer más →

La eterna compañía

Vacío hasta lo inusual, presa de los muros de mi pensamiento blanco, ausente de color. He perdido el flujo de las ideas; no logro atraparlas cuando vienen y no sé hacia qué eternidad se dirigen. No lo sabía. Acabo de descubrir que la mayor parte de mi escritura nace del impulso, de esa escritura automática... Leer más →

Ya somos el olvido que él temía.

¿Por qué no terminar todo de tajo? Tenía que maquinarlo, hilvanar los hilos sueltos de sus ideas, encontrar la forma menos dolorosa. No hoy, tampoco mañana, no ahora que él duerme después del vuelo de once horas. Pero lo tenía claro: aquello debía terminarse. Faltaba tiempo, reflexión, andarse con cuidado, no por las ramas de la conmiseración

Lo que fue presente

Y hoy escribe palabras de arrullo, palabras dormidas, de ensueño, porque mañana se me vedan las horas, se terminan mis dos de insuficiente descanso, se lamenta a la vez que escribe, deja huella de su gran infortunio. En vano intentó concentrarse en las páginas de un libro sencillo, seguir el ritmo gradual de la lectura, dejarse ir poco a poco, entre líneas, para ya no estar consciente de estar leyendo. Estuvo, sin embargo, orgulloso de sus tres páginas memoriales, las de su diario que no termina, aquello que fue presente

Fragmentos de un escritor

Ese ha sido siempre el problema: me cuesta ordenar mis ideas y darles una salida coherente. Por eso mi blog se llama Fragmentos de un escritor: porque soy un experto en el arte de no terminar nada de lo que escribo. No doy continuidad a ningún fragmento publicado. Todo lo dejo como sale de la imprenta virtual. Ya no me interesa cambiar nada, salvo alguna falta de ortografía o de sintaxis.

El halago del tiempo

No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.

Un boleto de ida

El otro lado de mí sopesa el porvenir al que he renunciado, la vida del otro lado del espejo, ese hiriente hubiera, el qué habría pasado, qué vida tendría si no tuviese esta. Encontré una vez el consuelo en una cita de Pessoa: si me dieran un boleto de ida a cualquier lugar elegiría esta misma calle, esta misma vista y, en mi caso, la misma luz que anuncia el final de todo

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