Inerte forma de vida

“Quiero ir a todas partes, y en este deseo, tanto profundo como desesperado, termino por dar rodeos, no avanzar, quedarme en la encrucijada. He pasado años en el mismo lugar, reticente a la caída incesante, al cambio repentino en el que podría encontrar la dicha."

Leyó libros. Agotó páginas.

Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo. Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo. No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada. Los pocos juguetes. La imaginación propicia y a la altura de mi situación. Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas. Querer tener lo que no tengo. La reparación del daño. Purgar los pecados de mis padres. Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo. Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.

Mar de infelicidad

Y hoy, con la perspectiva de un día de ausencia, con la distancia, ahora virtual, que ha interpuesto entre los dos, siento una rotura leve en el corazón, acaso remendada por la sensación de alivio que da la ausencia de compromisos —sobre todo ese tener que dar tiempo para que todo funcionase, estar disponible, responder a los mensajes y las llamadas para mantener a flote la balsa de nuestro amor de juguete

El mar helado

Toda biblioteca es un cartografía personal, y los libros de Kundera forman parte de la isla de mí mismo. La insoportable levedad del ser fue para mí un libro faro, una guía para encontrar y a la vez definir mi identidad. De cierta forma yo sentía que tenía mucho en común con todos los personajes de la novela. Podía sentirme tanto Sabina como Teresa; Tomás, Franz o Simón; incluso la joven de las gruesas gafas que aparece en contadas ocasiones. Yo, a mis 20 años, necesitaba de modelos que reflejasen la pluralidad de lo que significaba ser como yo sentía ser, y en los personajes de Kundera yo encontré el refugio que necesitaba para sentirme parte de un todo

Leer para otros

Así que durante las horas juntos me vuelvo el anfitrión molesto que habla de libros sin que a nadie en la sala le interese lo que digo, les leo textos como tentativa inútil para llamar su atención. Después me sumo en el silencio, en una idea desesperada que dejé a medias durante el mediodía y que desarrollo como paliativo contra mi soledad rodeada de amigos. Vuelvo después, dolor de cabeza que me impide el disfrute, el compartir con el prójimo el tiempo como dadiva de aprecio, porque no hay mejor forma de mostrar a los amigos que se les quiere que con el tiempo que se comparte con ellos.

El que escribe

Otras veces estoy cansado de escribir, de acumular montañas de letras, bultos pesados de papel atestados en mi biblioteca, compartiendo el espacio con los libros a quienes tanto le deben su existencia. Escribir no pocas veces parece la condena de Sísifo, empezar algo para no terminarlo —más allá del límite que me impongo— y comenzar otro día con un folio nuevo.

Uso práctico del tiempo

El hijo de mi madre practicaba, desde muy corta edad, la egolatría como defensa del ser, el menosprecio a la otredad, una leve misantropía que le auspiciaba una fortuita soledad. No lo sabía, pero cada libro leído le otorgaba la experiencia lectora y no menos profunda que la de la vida real, de otras vidas. Comenzó siendo uno solo para multiplicarse, ser uno y ser distintos. Desde esa edad, en que la lectura se volvió su primicia de vida, ya nada humano, insustancial, le pareció digno de interés.

Medianoche

Pero ambos insisten, no dejan derruir el puente, refuerzan su estructura con palabras, por escuetas que sean. Al escritor no le queda más que soñarla, hacer esbozos de su rostro y su voz sobre la página en blanco. Ella es parte de otra vida, Diana y lejanía. No va a olvidarla, jugará con su recuerdo inmóvil y no actualizado. El día del destierro la buscará buscando consuelo, la encontrará cambiada, radiante todavía de alegría, sus ganas de vivir siempre renovadas, y él derrotado, de regreso porque allá no obtuvo, no encontró lo que buscaba. Me he equivocado, dirá, perdóname, y ella has cambiado, me cuesta reconocerte, ya no somos los mismos, ya no podemos traer de vuelta que el pasado ha enterrado.

Inútil llamado

Te he llamado con la malsana intención de desencadenar una emoción no resuelta. Tener la certeza de lo que ya sabía, que tu número sigue siendo el mismo, y que tu voz sigue teniendo ese tono de dulce vida. Te escuché responder, como si el ayer fuera hoy, y luego del «bueno» comenzaran las bellas... Leer más →

Ya no es lo mismo

La calma no llega, es la inquietud la que lo atraviesa. En eso ocupa el pensamiento, prisionero de su propia casa. «Esto nunca se va a terminar, la gente es indolente, caminando fuera, por las calles como si nada, cuando estamos en guerra. Sí, en guerra contra un enemigo común e invisible». Trata incluso de... Leer más →

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