Medianoche

Medianoche, suena la canción de la ausencia, notas de nostalgia que le invaden el recuerdo. Se pregunta si estará ahí para ella, si un escueto mensaje bastará para traerlo de vuelta. Toma el teléfono, mujer contradictoria, melancólica hasta la incomprensión. Escribe hola, tan solo un saludo como si estuviese de paso, como una forma de hacerse presente en la memoria del hombre ausente. Él ya duerme, no siente la vibración única que anuncia que alguien la ha escrito. Ve el mensaje solo cuando es de madrugada, la luz del teléfono que le lastima los ojos, y responde con el mismo hola que no dice nada. Regresa al ensueño, supo que ella vio el mensaje, pero no responde. Sueña que fue un mensaje por error, que no ha sido ella pues un hola sin más no es manera de comunicarse. La conclusión que se le revela es que le han robado el teléfono —o que lo ha perdido, poco importa—. También piensa que debe ser el otro, el hombre que lo ha remplazado hasta que él decida regresar.

Despierta sin respuesta, ve su foto en el teléfono, la encuentra más bella que hace cinco años, también más segura de sí misma, de su encanto imperecedero del que él vive enamorado. Es ella, el todo que la conforma. Vio el mismo mensaje, no le dio tiempo para decir nada más, mujer ocupada, y el hombre que ya había invadido la invitación. Viven juntos, desde hace tiempo. Se apoyan, llevan una vida compartida, hilvanada de proyectos económicos y artísticos. El hombre frente a la hoja en blanco teme lo peor, el adiós definitivo, el corte del hilo que los une a partir de un matrimonio o un hijo. Sabe que algo le falta, por eso escribe cuando caen las estrellas, cuando la vida en cierta forma se detiene. No obstante, él se molesta por su silencio injustificado, su ausencia todavía más pesada y él recitándole poesía, comparte lo que ha escrito. Nadie tiene la culpa. Él está consiente, sabe que con su partida la perdería poco a poco, que no hacía falta hacerse ilusiones, que él no regresaría pronto o nunca.

Pero ambos insisten, no dejan derruir el puente, refuerzan su estructura con palabras, por escuetas que sean. Al escritor no le queda más que soñarla, hacer esbozos de su rostro y su voz sobre la página en blanco. Ella es parte de otra vida, Diana y lejanía. No va a olvidarla, jugará con su recuerdo inmóvil y no actualizado. El día del destierro la buscará buscando consuelo, la encontrará cambiada, radiante todavía de alegría, sus ganas de vivir siempre renovadas, y él derrotado, de regreso porque allá no obtuvo, no encontró lo que buscaba. Me he equivocado, dirá, perdóname, y ella has cambiado, me cuesta reconocerte, ya no somos los mismos, ya no podemos traer de vuelta que el pasado ha enterrado.

Derrotado dos veces partirá en busca de consuelo, de la felicidad perdida, del tiempo perdido. Será el tipo de hombre anegado en su desgracia, pequeña y personal, fruto de una vida de repetidos lamentos. Se verá más joven en el espejo de la memoria, verá a Diana detrás suyo, cada vez más lejana. Se verá así mismo más alegre, sin saber bien por qué, caminando por las mismas calles, repitiendo un mismo día, una tarde de domingo aprisionado por la luz mortecina, la vida no vale nada, siempre a la espera de que todo cambien de una vez por todas. Esa vida de joven con pocas ambiciones, conforme con el rincón del mundo en el que le ha tocado vivir. No imaginará los grandes viajes que le esperan, las largas esperas en los aeropuertos, los cruces de un mundo a otro, de una vida a otra. Feliz con su medianía, con los pocos libros que puede comprarse, la música como primera musa, las mujeres con las que ha tenido la fortuna de coincidir. Pero le quedará Diana, el amor irreparable e inconcluso.

No quiere pensar más en ello, el mensaje ha venido a perturbar la calma, su íntima abulia, el resplandor de silencio se ha llenado de ruido. Ahora la sueña, se ha insertado de nuevo en su memoria, la ve por todas parte y no quiere abandonarla. No sería mejor estando cerca, piensa, yo no puedo arrebatarle la vida que se ha construido, la realidad necesaria para compaginar su vida y mi ausencia. De regreso ya no sería lo mismo, habría que recuperar el tiempo perdido, compaginar deseos, gustos, certezas. El presente creado los ha acorralado, les ha dado un hogar del que es difícil salir. Ya no somos los mismos, no podemos quebrantar los cimientos de nuestra realidad en apariencia plena y feliz. No podemos renunciar a lo que somos con la sola promesa de lo que podemos ser.

Será pasajero, su presencia será intermitente, rutilante en un recuerdo fijo, la ausencia de algo impreciso cuando es de noche. Pasarán los días, ausente de mi recuerdo, llegará la noche y, sin saber por qué, me escribirá un mensaje tímido, sin poder incitar la charla entre dos amantes que cada día se conocen menos. El tiempo los borra, rostros y personalidades difusos. Ya no somos, qué gran tristeza. Ninguna certeza, nos iremos lento por senderos distintos, esperando la justa bifurcación que nos permita encontrarnos de nuevo.

Ya es tarde, ella se ha despertado con resaca, el tipo de angustia por no encontrar lo que le hace falta. Él tan lejos y ella tan cerca de lo que lleva su nombre, las calles, los libros, las cartas, los besos no resueltos. Él tiene el rostro de lo que amo, de lo que me hace falta. Y él desolado, imposible recuperarla, esa es su condena, tenerla y no tenerla. Él es también fruto de la contradicción.

Ya no escribo, algo se ha marchado. El flujo de la conciencia empieza a marchitarse, el camino antes florido ahora se encuentra desierto. Yo soy desierto, sed de ti, sed de otra vida, sed de mujer ausente.

23 de febrero 2021

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