La vida está en otra parte.

Durante estos años, a tan solo unas semanas de mi vigesimosexto aniversario, no había reparado en que la vida para mí siempre ha estado en otra parte. Soy un prófugo que evade a su familia, a sus amigos, a su país de nacimiento y, no pocas veces, me entrego a la huida fortuita de mí mismo. Tengo la certeza de no ser yo mismo. Habito de manera oscilante entre distintos mundos hilvanados a mi pasado, mi presente y mi circunstancia. Si creemos que somos los protagonistas de nuestra vida, entonces no actuamos como uno solo sino a manera de muchos. Vivo en otra parte desde que mi imaginación, a partir de los libros, me llevaba a las antípodas, a ese mundo que en un inicio se me presentaba irreconocible, ajeno y difícilmente habitable pero que, al final de cada historia yo, como uno de los personajes, pasaba a ser un visitante asiduo con la posibilidad de seguir dando forma a ese mundo antes invisible. Se habita en otra parte a partir de que se tiene conciencia de que nuestra realidad es una ficción, que nuestra memoria guarda las imágenes de muy distinta forma a la de aquellos que también vivieron el mismo instante. Se vive en otra parte cuando se descubre y se aprende un nuevo idioma, un conjunto de palabras con la carga cultural suficiente para en un principio deformar nuestra percepción de lo real, para representar nuevas y diversas tonalidades que se habían ocultado en la siempre deleznable ignorancia.

Vivo ya en otra parte, aun así, no dejo de pensar en que la vida está ahí donde nunca he estado, esos lugares que ya no existen o que están por desaparecer; ese tiempo en el que no me tocó vivir y aquel tiempo en el que seguramente no estaré presente. El mundo real resulta insuficiente, vacío, injusto y deprimente. Por fortuna, tenemos acceso a un mundo distinto, todavía basado en el nuestro, más apasionante y llevadero. La vida está en otra parte cuando sentimos que el tiempo no pasa, que vivimos atrapados en la insoportable monotonía donde fingimos no ser nosotros mismos para encajar en el engranaje que mueve todo lo demás. Quizás en un momento determinado podamos dejar de lado las máscaras, dejar de ser parte de la dicotomía de los que dan órdenes y de quienes las obedecen. No hablo por todos nosotros, hablo por mí, porque la náusea llega al darme cuenta de que estoy siendo quien nunca quise ser y que mi libertad es sin remedio pasajera. Estas palabras demuestran lo que significa independencia, vuelver a ser yo mismo cuando puedo estar por fin solo.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑