Aquel día de marzo ausente, por la mañana, Gloria se despertó antes de las seis de la mañana, minutos antes de que el despertador le indicara la hora en que debía interrumpir su sueño y levantarse de la cama. La noche tardaba en desvanecerse, el día jugando a ser tinieblas. El aroma matinal de rocío sobre hojas verdes entraba por la ventana de la habitación, abierta siempre durante el verano. Contraria a la costumbre, Gloria no se levantó de un salto de la cama para luego dirigirse a la regadera, sino que se quedó pensativa, con una sensación de abatimiento y desencanto por la rutina que la debilitaba, que le quitaba las ganas de vivir, cada día un poco más. Pensaba que, de seguir así, se moriría en cualquier momento, de manera ridícula, como al ser atropellada por el autobus escolar, el rojo de su sangre manchando el amarillo, y el retraso de los niños en su primer día de clases como la más grave consecuencia. No es que Gloria tuviera miedo a una muerte repentina, sino que lo que de verdad temía era sentir dolor, poco importaba si era poco antes de pasar a mejor o peor vida. Ese miedo constante al dolor no le impidía llevar una existencia plena.
Después de esperar a que el despertador sonase Gloria se levantó de la cama, dirección a la sala de baño. Encendió la luz, se miró al espejo. Se miraba de cuerpo entero, remarcaba los defectos de su vientre, sus piernas, sus brazos y los dedos de sus pies que consideraba poco uniformes. Tampoco es que Gloria fuera insegura de sí misma, sino que estaba condicionada a la opinión de los hombres con los que tenía fugaces, pocas veces relaciones de más de una semana; parejas de amor furtivo quienes creían que la belleza de una mujer estaba basada en su masculina y subjetiva concepción de lo bello. El podrá suponer que Gloria era hermosa, y ella muy en el fondo lo consideraba cierto.
Después de tomar la ducha, vestirse y preparar su cosas para partir, Gloria se tomó el tiempo necesario, como siempre, para desayunar escuchando la misma emisión de radio que todos los días, a partir de las seis y hasta las ocho de la mañana, daba las noticias. Sin prestar mucha atención, escuchó que la gente en Cataluña y en Alemania se manifestaba en contra del arresto de Puigdemont, lo que reaviva la tensión política en Cataluña. Gloria pensó que ese tipo de acciones acotaban la libertad individual de cada ciudadano para elegir lo que, a su uso de razón, le convenía. Ella tampoco se sentía libre, pero nadie iba a salir a las calles para manifestarse en contra de la vida y la rutina que la aprisionaban. Después de desayunar y lavar los platos, Gloria sintió cómo un vacío se le alojaba en el pecho y se dejó llevar por la tristeza.
Al salir de casa, Gloria respiró profundo para llenar de aire ese vacío y así evitar un llanto que pudiese arruinarle el maquillaje. Qué es lo que estoy haciendo mal, pensó de camino al trabajo, sé que mi carácter puede resultar frío, pero no es mi culpa, es mi forma de protegerme, quizás mi manera de vengarme contra las ofensas y desaires de la vida. Al llegar al trabajo y atravesar el umbral, se deshizo de sus cavilaciones, saludó a sus colegas con el buenos días fugaz y desinteresado de las mujeres que llevan a la tristeza de la mano. Cerró la puerta de su oficina, se sentó frente al ordenador y, el vacío todavía aclado en el pecho, se entregó a la rutina.
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