Querida Escritura:

Es cierto, te he abandonado. No tengo excusa para ello, tampoco una sincera disculpa por haber dejado transcurrir tantos días sin escribirte. Puedo culpar al hastío del tiempo, que pasa sin que me dé cuenta, ¿qué estoy haciendo con él? Nada, la verdad es que no hago nada. Me sumerjo en la lectura, ¿eso cuenta como tenerte al menos en el pensamiento? Tú me dirás si al menos eso sirve como excusa. Mi intención no es que me perdones, pues no creo que el silencio cuente como una ofensa, más bien quiero que me comprendas, que este regreso nos sirva de reconciliación. Te he echado de menos. Estando lejos te pensaba cada día y, al despertarme o al irme a la cama vencido por el cansancio, he estado a punto de volver a ti. Pero me acobardaba, dejaba que la fatiga extinguiera esa pequeña llama que de a poco encendía los restos de una pasión hecha cenizas, y me recostaba para dejar paso a la nada. En ese momento me dormía sin pensar en ti, sin embargo, te soñaba. Con esto puedes estar segura de que te llevo tatuada en el subconsciente, que aunque el olvido borre mis recuerdos menos preciados éste siempre se detiene ante ti, pues hemos hecho un pacto, él y yo, en el que sacrifico el dulce olor de una mañana a cambio de un día más de ti en mi memoria. Es así como pasaban los días. Mis fuertes ganas de volver no desaparecían por completo. Pues, aunque te cueste creerlo, el mero hecho de pensar en ti me da vida. O más bien, me das esperanza. No he dejado de creer que eres la única que puede darle sentido a una existencia desgraciada, a un vivir sin aparente motivo. Con tu presencia continua haces que cada momento tenga sentido, incluso si ante la mirada ajena parezca un fracaso tú y yo sabemos que al final de día el habernos encontrado ha dejado la marca de algo digno de secreto aplauso. Porque al final esto que tenemos, —espero a este punto ya nos hayamos reconciliado— será siempre un misterio para el ojo ajeno. No significa que no quiera dar noticias de nuestra relación: sabes bien que al hacerlo seríamos incomprendidos.

¿Cuánto crees que me hace falta para volver a ti? Quizá no sea una cuestión de tiempo, quizá lo sea de palabras. ¿No he dicho lo necesario? Sé que para ti las palabras nunca son suficientes, pero sé que te hacen suspirar las ideas claras. Sé también que la narración de los recuerdos acelera tu pulso cardiaco, que las historias tristes te hacen llorar, y, al final, sonreír, siempre y cuando sean escritas de la forma más bella. Sé de igual manera que te gusta escucharme, saber cada vez un poco más de mí, y sé también que yo te escucho en este silencio de las seis de la tarde. Tú sonríes porque te alegras de verme de vuelta, y yo me voy satisfecho al final de estas quinientas palabras, que no son muchas, pero me han permitido volver a ti.

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