Me acecha el temor por lo que todavía no sucede, por aquello carente de certezas, que puede o no tener lugar. Me atenaza la probabilidad, a tal punto que me he ocultado en mi buhardilla desde la semana pasada, cuando decidí enviar un mensaje a ciegas, sin prever las consecuencias de mi descaro, de que venga Noémie a interpelarme ofendida por mi mensaje de mal gusto.
No iba a tardar en darme cuenta de mi error impulsivo, el acosar por mensaje a quien no conozco, todo por la obsesión de inventarme una vida que no tengo. Me juzgo sin conmiseración porque sé que ya lo he hecho con extraños. Sé cómo funciona ese acoso sistemático de los tímidos y posibles lunáticos. Yo no quise sin embargo caer en la misma casilla, que me considerasen de su calaña. Yo no escribí un simple mensaje con un hola-como-estás-?, esperando desencadenar una banal conversación. En mi defensa puedo decir que fui más puntual, manipulé las palabras, me inventé una disculpa de antemano para interceder a favor de mi eventual gallardía. Hice dos preguntas que hubiesen sido de fácil articulación frente a frente, pero que realicé de la manera acaso incorrecta, por medio de la palabra escrita, un correo electrónico.
¿Esperaba respuesta? Sí, estuve revisando mi celular con exagerada manía, sintiéndome miserable con cada hora que pasaba ausente, sin la notificación de un nuevo mensaje, su mensaje. Conforme fueron pasando los días mi esperanza se redujo a una lacerante ignominia personal, el insulto frecuente hacia mí mismo, la tortura de ser yo y de no poder mirarme al espejo sin el remordimiento que causa una afrenta no dicha, la vergüenza de haber cedido a la euforia de una noche de desahucio. Las cavilaciones de angustia no fueron infrecuentes, me ardía el pecho de un arrobo cobarde, el típico trágame tierra cuando se hace algo que en principio nos parecía buena idea, pero que luego queda fulminado por el escarnio de un tercero. Así me veo contrariado en mi pretérito propósito de entablar una conversación, tender un puente con una mujer que se me presentaba como harto interesante.
Aceptar la derrota, ese desdén conminatorio, ineludible, y armarme del cinismo que no conoce de vergüenza de ser como es. Salir de mi cueva, mostrarme a la luz condenatoria, afrontar las consecuencias o la ausencia de éstas por lo ya irremediable. Acaso mi miedo sea mayor que la realidad. Imagino, para consuelo fugaz, que Noémie me recibe con una sonrisa, se disculpa por no haberme respondido pues le gusta más hacerlo de frente con la posibilidad de ahondar en los detalles. En ese caso el que se juzga con dura vara soy yo mismo, ufanado como gran inquisidor, mi propio juez y verdugo, con el afán de los peores flagelos a fin de que la realidad no me dé un golpe mayor. Así, uno se imagina las peores desgracias como entrenamiento a las que están por suceder. El porvenir se vuelve entonces de mínima desgracia si nuestra imaginación ya ha maquinado de antemano lo peor. Si se carece sin embargo de una imaginación desbordante de trágica, se tiende a imaginar desgracias menores que terminan por sobrepasarnos. ¿Qué mala vida me he imaginado para que esta realidad me parezca de mínimo fracaso? El final que es la muerte todavía no llega. Cada mañana soy consciente de mi respiración, del placer de unos minutos más de sueño, sensible al frío del amanecer que se cuela por la ventana. Los ruidos del día anuncian que la vida todavía no termina.
Hoy, como ayer, me levanté afecto a huir de mis obligaciones, con el propósito de evadirme toda esta semana porque no quiero afrontar mis errores. Solo un día más, pensaba, pasar esta semana fuera antes de la próxima que se anuncia más cargada. No puedo renunciar a mis clases por ese solo error. Me comporto como un párvulo, el niño que fui reencarna en el adulto que soy que huye por el miedo no ilógico, pero sí posible de ser señalado en público. Debo hacer frente al problema armado de cinismo e indiferencia. Presentarme en clase como hasta la semana pasada lo había hecho, afecto al desánimo general, no hablar con nadie, quedarme solo entre la multitud. ¿Qué me impide seguir esa senda? Se pregunta mi yo irredento, a quien nada le importa. No he perdido una amistad, acaso solo la probabilidad de entablar una conversación no falta de interés por comunes denominadores. Nada cambia si esa probabilidad ahora pasa a ser parte del vacío que nunca va a suceder.
No soy el forjador de destinos improbables, tampoco poseo la fuerza, ni la posición económica y social, para aspirar a forzar la senda que una persona se ha obstinado en seguir. Me he convertido, por un risible instante, en el psicópata que no quiero ser. Me he vuelto, en poco tiempo, el tímido patológico, el hombre infecto, falto del encanto de los gallardos, de aquellos que ha cosechado la autoestima como fruto inagotable. Yo soy más bien, y sin ánimo flagelantes, un simple escribidor de lo cotidiano, lejos de lo que vale como literatura y más cerca del acumulador compulsivo de textos sin un fin previsto. ¿A dónde va todo esto? A la carpeta de lo que está por corregir, mi entrenamiento para cuando tenga que encarar la novela, una carrera de largo y no de corto. Estoy en las vías imprecisas que me intentan conducir hacia la estación final de mí mismo, donde se muestra quién soy, quién he sido. Escribo para dejar huella, mi único patrimonio, mi herencia para el porvenir. Viviré hasta que el placer se termine, con los años acumulados de sabiduría. ¿Acaso es tarde? No lo es cuando apenas se comienza, cuando la campana de salida ha sonado hace muy poco. El vicio de escribir no ha sido tardío, a mí me está consumiendo a esta edad, porque antes estaba muy ocupado con la vida. ¿Cuánto queda de aquel joven enamoradizo hasta lo trágico?
Dónde estaré…
Deja un comentario