Tiempo futuro

Queda claro: todo recuerdo tiene su propio itinerario hacia el olvido. Así, con pequeñas lagunas en la memoria, la vida es mas llevadera, menos castigo y más recompensa. Olvidamos a personas, olvidamos muchas veces la alegría y otras pocas el dolor o la tristeza. Recuerdos que se atenúan, que ya no se resienten de la misma forma. Están ahí, pero hemos olvidado con precisión lo que nos hicieron sentir. Lo que es más molesto es olvidar libros que tanto placer nos dieron. Libros que nos hicieron vivir y sentir tanto. Por qué la memoria nos hace olvidar vidas tan bellas, con tantos matices. Me vuelvo viejo cuando me empiezan a faltar los recuerdos, cuando me doy cuenta de que los he olvidado en algún bar, un café o en las últimas páginas de un libro leído. Una especie de demencia temprana. Recuerdo algo que no recuerdo. Acudo desesperado a los libros para releer el final y recordar a grandes trazos de lo que trata. Los libros que también envejecen junto conmigo. Nos estamos volviendo viejos. 2666 de Bolaño comienza a envejecer con el amarillo en sus páginas. Una edición que no sé cuando se escribió pero que está conmigo desde 2015. Libro compañero de viaje. Libro que me acompañó en la noche de mi primer vuelo trasatlántico. Me veo leyendo en la total oscuridad en el avión con tan solo una pequeña luz alumbrando las páginas. Me acuerdo de que lo leí durante aquel periplo y no recuerdo qué páginas leí. No recordaba el final. Tuve que acudir a un resumen en internet y después a las últimas páginas del libro. Y me llegó una brisa de tristeza, la misma que sentí al terminar la novela en el pequeño cuarto donde viví al inicio. Novela póstuma e inacabada de Bolaño. Como si al final de la novela me enterase súbitamente de la muerte del autor. Novela que se quedó incompleta. Un viaje a México que ya no se hizo. El personaje se quedó como un eterno adorno en el aeropuerto, esperando para que Bolaño lo llevara hasta su destino. Se quedó tan solo con la historia del helado. Mejor en inverno que en verano porque resulta muy dulce o muy pesado el helado de leche, mejor los de agua. La espera sin fin también de sus lectores. Para mí fue como sentir un profundo hueco en el pecho, el lamento por la muerte de un ser querido que nunca conocí. Bolaño que dejó también mi vida incompleta con las novelas que no pudo terminar porque la muerte es muy injusta, o quizá fue la vida quien nos lo arrebató. Terminé de leer 2666 de noche, dedicándole varios minutos de silencio. Por qué tuvo que morir antes de tiempo. Escribí la fecha al final del libro, que solo coincidía con dos veces el numero 6: el 26 de febrero del 2016. No voy a sobrevivir a esos últimos números. No podré saber en qué se ha convertido la novela en el año de aniversario de su título. Veo las ediciones conmemorativas, cientos o miles de lectores futuros leyendo una novela que se titula como el año en el que viven. 01 de enero de 2666… tendrán que seguirme seis generaciones si algún día tengo una familia que conserve este pasado que es mi presente. Escribir una carta al futuro, para familiares que nunca conocí pero que ellos me conocerán un poco si lo que escribo todos los días se conserva. Guarden bien ese libro, no dejen que el tiempo lo deteriore, guárdenlo como reliquia de una familiar muy lejano que, a más de quinientos años de distancia, piensa en ustedes.

Mi actual compañera no quiere hijos pero yo sí los quiero. No quiero partir sin dejar un camino hacia el futuro. No quiero que todo muera conmigo. No es el momento, eso es seguro, pero los años me pueden hacer entrar en razón y hacerlo también con ella. Tener un hijo como la carta en una botella echada al mar. Para que siga por un camino incierto y distinto al mío. Una generación futura que enmiende mis errores o que los empeore. Será decisión suya, yo intervendré en la generación que me toque, en los hijos que aún no están y los nietos que son menos probables.

Sepan bien que no he logrado mucho a mis 28 años. Que no tengo nada. Bueno, tengo algunas cosas, algunos libros, un gato y un techo temporal donde vivir. Sepan que dejé el país donde nací por Francia. Sepan que tengo dudas. Que siento una gran añoranza por el país de mi infancia. No sé dónde sentaré cabeza. No sé en que país me veré envejecer frente al espejo. Lo que más deseo es no tener una vida tan corta. Que la muerte me permita terminar una pagina más. Que no me castigue por haber comenzado demasiado tarde. Qué le puedo hacer a esta desidia que no me hizo escribir cuando era joven, más joven. Soy un viejo viviendo en un cuerpo no tan desgastado. Cruzaré más fronteras y viviré en otros lugares. Aprenderé otros idiomas, no puedo reducirme a tres formas de ver el mundo. Tres idiomas y en el único en que sé escribir bien es en español. No, medianamente bien. Mediocre en casi todo lo que hago o lo que escribo. Sepan bien gentes del futuro que hasta hoy no he podido terminar nada. Me gusta conformarme con mil palabras. Creo, con ingenuidad, que la vida se acabará pronto. Sin embargo deseo lo contrario, y debería poner de mi parte para que así suceda. La música eterna me dejará escribir hasta donde la muerte me lo permita. Y sentir alegría de que la vida aun no se acabe. Dueños del tiempo futuro. Dueños de un poco del azar que nos gusta llamar, no pocas veces, destino. Escribir como si acabara de nacer. Un antes y un después de escribir todos los días. Sortear los obstáculos de la rutina salvaje que me será impuesta en los meses que vienen.

23 de diciembre 2020

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