El último viaje

Me sorprenden las asociaciones inconscientes de la memoria, el hilvanado de recuerdos no percibidos, la asimilación de un todo que se aloja muy dentro y que se impregna en algo que creía idea propia. Todo un entramado de historias que no recuerdo y que un día relucen por su presencia, entre las líneas de un cuento o una frase, prueba suficiente de que en literatura todo es un gran plagio, lo escrito en base a lo ya hecho como una puesta en abismo, una imagen desfigurada por una hilera imprecisa de espejos que se miran. Yo escribí un cuento, la historia breve de un traficante de almas que, sin precisar motivo, conduce en su barco a personas sin más deseos de vivir, dispuestas a todo por encontrar la muerte o el olvido hacia una isla sin nombre, de la que nadie vuelve. Esa isla imaginaria que recibe a todo naufrago con el regalo tan infame como sobrecogedor del olvido. El capitán del barco aparenta ser un hombre solitario, el rostro escondido detrás de una máscara, la mirada perdida de los hombres que cumplen su trabajo al pie de la letra, sin más interés que la buena paga y la satisfacción de sus clientes. Lo hace una o dos veces al mes, a medida que las solicitudes se acumulan. El capitán lleva un diario, cuenta su historia en primera persona, dejando claro lo que hace, sin decir por qué, pero con una curiosidad incesante por saber qué es lo que sucede en esa isla de la que tanto se habla, a la que se accede solo nadando, invisible a los ojos de cualquier navegante. Todo va bien hasta que, sin dar cuenta antes de que tenía mujer, la ve formada en la larga fila de pasajeros. No sabe cómo reaccionar, no devela su identidad, cumple con el recorrido hasta que no puede más y salta junto con el grupo, persiguiéndola. Como es natural su cuaderno se pierde, la historia se termina porque la memoria de todos la que la conocían es fulminada por el olvido, gente e isla desaparecen, y se trama una búsqueda que nunca se realiza porque nadie reclama a los posibles muertos o desaparecidos. Mi cuento, más o menos bien logrado, se quedó en el cajón a la espera de una relectura. Lo corregí una vez, dos veces, una vez más hace muy poco. Me pareció decente, mas impreciso como todo lo que escribo, y sobre todo corto, menos de mil palabras, el límite de mi impulso. Sin embargo tamaña sorpresa iba a llevarme —culpa de mi ignorancia— al darme cuenta de que mi cuento se parece al mito griego del viaje de las almas hacia el infierno. Desconocedor la extensa mitología, la única explicación posible es que de alguna forma el mito está presente en la caverna de las ideas, un sueño atemporal, de naturaleza eterna, y que da cuenta del natural viaje al otro mundo, cielo o inferno. En ese caso el capitán del barco de mi cuento bien puede tener el nombre de Hermes. No es solo a la muerte hacia donde los conduce mi ahora mítico capitán enmascarado, también los conduce al olvido. No obstante, el capitán de mi barco de almas es seducido por esa muerte o ese olvido a partir de un dolor profundo, hombre al fin de cuentas, preso de la mujer que ama, la sigue hasta ese final difuso y consolador.

La mitología parece encarnada en la psique humana, reproducida en todos los modelos del mundo occidental y oriental contemporáneo como un eco, un lazo indestructible aunado a la antigüedad. Mitos fundacionales le dan forma a la realidad que se vive, formas deliberadas o no de arte se basan siempre en algo, en un modelo inalterable en su ser pero que cambia de forma o de atavíos. Lo sé, he descubierto algo que no es nuevo, pero que ha llegado a mí a través de la experiencia, de la asociación de recuerdos a partir de muchos años de irreflexión. Soy una feliz víctima de la construcción mítica de la consciencia, de los sueños en serie, preocupaciones universales. Nada humano me es ajeno, decía un hombre cuyo nombre se borra de mi memoria y que poco importa ir a la búsqueda de su nombre ya que es anónimo. Yo soy ese hombre, todos los hombres, los del pasado y los del porvenir, nada me es ajeno por se miembro de la raza de bronce, del abigarrado pensamiento occidental, soldado de la lengua española a quien le debo mi forma de pensar y percibir la realidad siempre difusa, ambigua. Soy el vasto mundo de los ayeres, tiempo no vivido sino reconstruido con las columnas del presente. Soy la lucha contra el olvido, se me ha dado la herencia invaluable de la cultura, de los libros, del tiempo necesario para dar cuenta de que he vivido. Escritor, invento de nuestro tiempo, oficio no reconocido individual hasta hace muy poco. El escritor se compromete a su arte, no al reconocimiento, no a la alabanza sino a su lucha contra una memoria fortuita, al paso no desprevenido del tiempo, la captura del instante. Ser escritor cuando se sea solicitado, darse el momento para releer lo escrito, para reunir los textos en algo publicable, pero no demasiado pronto, darle el lugar que se merece a la espera, a la madurez que se adquiere con la práctica y los años. Construir el castillo piedra por piedra, construcción resistente, tumba para la posteridad, al mausoleo de letras ajeno al desgaste de las arenas del tiempo. Quizás ese sea mi recinto, el final de mi vida sobre los laureles, el sueño del necio por fin realizado, la muerte como eterna realización de la vida, el lugar donde se estará mucho tiempo.

Impulso que decae, que se agota. Llega la noche que desfallece con el día. Un poco de olvido, mañana poco sabré de lo escrito, misterio de la memoria, quizás su eterno capricho. No habrá un regreso, no de inmediato. Texto que también se duerme en la gloria, su cama de laurel.

3 de febrero 2021

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