Se busca escritor

No quiero pensar, no todavía, en lo que haré con tanto tiempo en palabras sobre la pagina antes blanca. Pasajes de nada, de recuerdos, de ideas varias, que se acumulan sin tener un fin. Al menos no carecen de significado. Las páginas están llenas de mí en esta atmosfera del hogar displicente con la música clásica de fondo y el café de compañía unas veces, de accesorio otras tantas. Mentiría si dijera que necesito de cierta atmosfera para escribir. No siempre me hace falta el café o la música, pero de lo que sí requiero es del silencio cuando mi concentración es débil o del bullicio cuando las palabras me hablan con más fuerza, estridentes. A veces me cuesta escucharlas porque hablan entre susurros e intento descifrar, escuchar con atención lo que me dicen. Silencio, en ese momentos la música no me ayuda, se convierte en enemiga. Da placer cuando las palabras se apoderan de mí, de mi entera atención. Cuando las palabras ya no solo se escuchan sino que se saborean, se acaricias, se inhalan. Palabras como agua para calmar una sed obstinada; música para romper con el silencio embebecido; o para calmar un hambre caníbal; palabra como aroma, perfume de mujer satisfecha, con el sexo encendido, rememorando el orgasmo recién experimentado, uno entre muchos, remplazando los anteriores malos por los actuales buenos o los futuros todavía mejores. Inhalar el perfume de mil bellas mujeres como anhelo para el futuro. Sentir el vaivén de los suspiros de aquella última mujer que tuve muy cerca cuando bailábamos la imposibilidad de tenernos. Poseer a la mujer que todavía no se tiene, alcanzar la gloria de unos besos impúdicos, livianos, para una noche o dos, para el espejo infinito de la memoria. Si supiera que solo en sueños la tengo, que solo en sueños la tuve, y que ya no es mía, es de otro o de otra, porque el amor para algunas mujeres es muy libre. Qué mujer tan leve y tan profana, tan cerca de los placeres que da la cercanía al cielo y al pie de los pecados de la carne, de lo terrenal, de lo que es cualquiera.

Sucesión de recuerdos, de pecados, de arrepentimientos, de respuestas negativas y positivas a las afrentas de la vida. No haber logrado nada a mis 28 años y vivir aun de la caridad de mis padres, aunque no enteramente pues también soy artífice de un mísero salario que no me alcanza para vivir como yo quisiera. Vivo con deudas que, según mis predicciones, me llevaré hasta la muerte, pobre y sin suerte. Será por vivir de tanto pasado, de tanta angustia por lo bueno que se perdió y por todo lo malo. De todas formas no puedo quejarme, no he llevado una mala vida. Estoy entre los medianamente privilegiados, pero con la marca viva de la injusticia social. No se me ha dado lo que a los demás se les dio por derecho al nacer. He tenido que buscar las fuerzas, los sueños y las maneras de conseguirlos. He viajado más de lo que algún día podía soñar con lo que se me dio en casa. Aquel niño que fui no pensaba en viajes, la ciudad era un mundo infinito; mi casa un microcosmos que recorría en busca de secretos. Años con la mirada puesta en la pantalla, en el contenido que se me ofrecía sin una pizca de crítica. Es lo que hay, uno se acostumbra. Mamá en la cocina, el niño haciendo la terea frente a la tele. Nunca supo cómo pasó de la primaria a la secundaria y después a la preparatoria. No estaba listo para la universidad, le costó un poco más, a pesar de llevar un camino considerable de libros recorrido. Primero seguir el consejo de los padres, decir no a la medicina e ir a por algo más sencillo, donde pudiese encontrar un trabajo. Esa era y sigue siendo la máxima de mi madre para triunfar en la vida. Vivir como obrero, de nuestra mano de obra, o mente de obra si acaso hacemos un ínfimo esfuerzo mental. Le creí a mis padres, porque en aquellos años lo de ser escritor no figuraba en los caminos que tenía la vida para mí. Si acaso hubiera podido ejercer como lector, pero ese oficio no existe como tal, porque yo ya había leído muchos libros, y en lugar de que se me pagase por leerlos era yo el que gastaba todo futuro ahorro en comprarlos. Me decía que algún día aquel tiempo y dinero puestos en la lectura me iban a pagar. Y me han pagado, tuvieron que pasar más libros y más tiempo para que la herida fuera permanente, para que la inconformidad y mi enfado con la vida me llevaran a escribir. Cómo decirle a mamá o a papá que quiero ser escritor. Para ellos no es una profesión, es un oficio inexistente, nunca han visto una oferta de trabajo que diga que «se busca escritor con o sin experiencia, sexo indistinto, para trabajar de lunes a domingo, escribiendo best-sellers, sin horario fijo y con todas las prestaciones de ley. Interesados enviar solicitud elaborada, currículo y dos cartas de recomendación. Sueldo según desempeño». Si mis padres hubiesen sido testigos de un anuncio así de igual forma me aconsejarían dedicarme a otra cosa, con lo que pudiera vivir, comprarme un coche, una casita del Infonavit… lo que para mis padres era un plan de vida a mi me sigue pareciendo una condena. Su plan, por mucho que les parezca la mejor opción, no incluye lo más importante: vivir. Hay que trabajar, como buenos creyentes, penitentes, esperando que la vida que viene sea mejor que esta. A este mundo vino uno a trabajar, hijo. Frase cansina de mamá, y no la culpo, la vida para ella se quedó en otra parte. Para ella no hubo aspiraciones que se cumpliesen más allá de tener una casa y una familia, y vivir felices para siempre. Mis padres como el mejor ejemplo de lo que no quiero ser, o mejor dicho lo que no quiero hacer con mi vida. Me quedo con la garra de papá y mamá para trabajar sin descanso a tiempo completo. Pero me niego al buen trabajo, al carrito y a la casita, mejor la calle, mejor la muerte y esperar que la otra vida sea mejor que esta.

23 de diciembre 2020

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