Vouloir être écrivain et ne pas savoir comment le devenir. Écrire, mais écrire ne suffit pas. Je dois prendre le chemin de la correction, de la relecture de mes textes oubliés.
Ya no sueño
Querer ser escritor y no saber cómo llegar a serlo. Escribir, pero escribir no basta. Debo recorrer el camino de la corrección, de la relectura de mis textos olvidados.
Nada serio
Entre el vaivén de Laura, la mano de Gloria y el ritmo de la música, Ronald imagina una vida distinta. Pero al amanecer, la honestidad llega tarde.
El misántropo con máscara
Una confesión sobre la misantropía, la máscara social y la escritura como refugio: entre la necesidad de aislamiento y la amistad silenciosa de los libros.
Las nubes amenazan con inminente lluvia
Entre la lluvia y la página, escribir se convierte en una carrera contra el tiempo: una forma de salvar del olvido los instantes, los amores pasados y la incertidumbre de llegar a ser escritor.
Libros mis maestros
Como tal, yo no tengo una máquina de escribir sino una computadora —ordenador, le llaman de este lado— a la que le he tomado cariño. La primera. Teclas que se desgastan poco a poco; lento a veces, rápido cuando quiere, menos ruidoso que el golpeteo de una máquina de escribir. Épocas distintas. Y no por... Leer más →
El cuaderno y el rostro
He agotado las páginas de mi cuaderno. Mi diario se ha cerrado: ha llegado al final de sus días, no así los míos. Un cuaderno sin más páginas ofrece el sosiego de haber dejado testimonio de lo vivido o lo pensado, pero también ofrece el porvenir: ese gozoso volver a comenzar con un cuaderno cuyas páginas se presentan indemnes, como el mañana que no puedo calcular
El halago del tiempo
No llegué a buen puerto. Olvidé, con alguna incomodidad, gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.
Ocupar el tiempo
¿Es ese el camino correcto? Cesar Aira aconseja —sin ánimos de dar consejos— que el escritor novel deje de lado el ideal de escribir buenos libros, de dedicar toda una vida a una obra y que mejor opte por escribir, sin intención premeditada, malos libros, pues los buenos libros son numerarios y están en todas partes. Optar por la vanguardia, pues ella es la que tiene el veredicto inapelable del futuro. Cesar Aira es entonces el escritor que ha cavado su propia tumba de eternidad y gloria, su propio reducto donde no cabe nadie más que él. Con persistente y desinteresado denuedo por no figurar como un gran y no menospreciable escritor, Aira ha entrado por la puerta grande en el marco contemporáneo de la literatura que vale la pena leerse.
Contra el encierro
Vi a un hombre llevar a dos pequeños: uno de la mano y otro en un coche de niño. Iban los tres camino a casa, el padre como único guía y alcoholizado a grandes luces. Minutos después, lo encontré aún en la misma calle, tambaleándose entre charlas de hombres de su mismo talante. Los niños, silenciosos, esperaban. Seguí mi camino, imaginando un futuro en que los hijos no repitieran el destino del padre.