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¿De dónde nace el cuento? Las ideas no brotan, anegadas en el alma impía del bloqueo, de la no vida, del no ser escritor. Soliloquio confesional, redundante, impaciente. No hay trabajo, no tengo proyectos, no tengo ninguna simpatía por una idea, por llevarla a cabo, convertirla en personaje, darle un pasado y encaminarlo de la manos hacia un avenir quizás trágico. Entrar al proceso mágico, de naturaleza antropófaga, andar por el camino de la sinrazón, el desazón presente a cada caso, la desolación, la indolencia; yo reprimido y ausente, yo la nada. Desahogo lacrimoso de mis desdichas. ¿Hay alguien? ¿Quién vive? No hay nadie, silencio, el aire enajenado del abandono reciente. Sal, me dice, sal de estas cuatro paredes que ya son mucha prisión, mucha ausencia, mucha lejanía con los otros. Esto no te ayuda, no al aislamiento que te queda mucho por vivir. ¿Dónde encontrar los temas sino en la calle? La fila de la que ayer fuiste parte, doce personas antes de ti, doce ancianos. ¿Tienen el periódico? Porque si no para qué estoy haciendo la fila. Chapeados a la antigua: lectura dominical obligada, el día en que todos se informan. Yo no, yo vengo por dos baguettes, dos pains aux chocolat, y de regreso al encierro, como si yo fuese un viejo retirado, mi casa y mi mundo, que no se me moleste con lo que pasa fuera.

Es ese el personaje de mi cuento, un viejo que lo ha perdido todo, incluso las ganas de vivir. Habla con los muertos, dos tazas de café, una para él y otra para su mujer ausente que está más presente que nunca. Ya vendrá a tomárselo, ella es así, viene cuando le da la gana, siempre fue obstinada, yo no tengo nada que reprocharle. Y el viejo espera, se dirige al salón con su taza todavía caliente de café. ¿Margarita? Ya debe haber venido, al menos para sentir el olor del café con leche, a ella siempre le gustaba poner un poquito de leche en su café. El viejo está conforme, ella ha venido, fugaz visita, el café necesario para comenzar el día. Ya no la tiene, pero ella es el fantasma, él y el departamento son el lugar de las apariciones. Yo no tengo a nadie, yo espero. Quizás soñé con ella y no lo recuerdo, su pelo castaño, sus grandes ojos, sus labios alucinantes. Sigo tomando su mano, repitiendo el beso, llamándole de noche para dar cuenta de lo que había sentido. Amor juvenil, ya no la tengo, ya no suspiro, ya no me enamoro de la misma forma. Ahora es la abulia lo que prevalece, ver a una mujer hermosa y darme cuenta de que me despierta poco. Es compañera más que amante. No me molesta, pero hace que mi corazón aguarde en la penumbra, la fácil atracción por otras mujeres, otras pasiones. Ya no la tengo, ya no es mía, la escribo porque me hace falta, no escribo lo que tengo, no escribo lo que hago. No tengo ningún proyecto y, cómo decirlo sin gritarlo, mi cabeza de cristal que se rompe con ese aullido desesperado, inconforme, bestial, impotente.

Guardo antipatía, el odio contra las formas que no me son comunes, no naturales, el «en efecto» me provoca nauseas, falta de comprensión de la lengua, así no es. Y luego el bloqueo, el ya no ser, ya no buscar. Un recuerdo, dónde, uno solo, cuándo. No, ya no soy, me avergüenza el encuentro con aquel que forma parte de mí pero que es ajeno, ya no parte de mi presente, personalidad que he guardado para no volverla a traer. No soy solitario, vivía de encuentros constantes, la otredad siempre presente, la mujer como posibilidad de encuentro, de deseo, de magnificación de los sentidos. Ya no la hay, he perdido a toda mujer. Dejé también al seductor en el pasado. Ya no me sirves, le dije, ya no te necesito, escóndete, ya llegará el día —o no— cuando me hagas falta. Ya no busco el amor porque —en apariencia— está presente. Así que ahora me dedico el lento cultivo de las aficiones vanas, el rodeo sepulcral de mi deseo.

Mejor dedicarme a la lectura, al lento flujo de las ideas, de los sueños ajenos. De algo podré apropiarme, de esa quintaesencia, ese respiro falaz, profundo, de la ficción encadenada a los monstruos de mi pasado. Algo saldrá, vana esperanza, la búsqueda incierta, el no sé que pasará pero me atengo a las consecuencias de mi necio esperar. Todo vendrá de repente, como la muerte, sin esperarlo. ¿El éxito no puede llegar de la misma forma? A la espera de que todo se me resuelva con el solo chasquido de los dedos. Aquí nada pasa, tan solo mi inconsecuente forma de ser, mi deseo ínfimo que se desvanece con el caer del mediodía. La noche parece el momento perfecto para soñar la vida, las energías renovadas, el mañana me levanto temprano para escribir. ¿Pero escribir qué? Maldita desidia inoportuna, no me la quito de encima, me visita, y al final descubro que ha venido para quedarse. Salta de un tema a otro, yo salto de un tema a otro, capítulos inconexos de mi vida, experimentación con el lenguaje, con la cadencia de las palabras. Este es mi ritmo, mi contratiempo, mi retroceso al lugar, a aquel momento en que todo se fue al carajo, todo se jodió. ¿Y para qué? Para que se me legara la nada, el deseo fijo en el éxito no alcanzado. Me quedé abajo, no puedo seguirle la rutina a Sísifo, no puedo empujar la piedra para dejarla caer. Así escribo, páginas guardadas, páginas monstruosas, mi delirio, mi nunca ordenarlas; folios que nunca verán la luz, los lectores, páginas de sueños no realizados, guardadas para luego, para cuando maduren solas, ingentes de genialidad, todas ellas como parte de un todo, la herencia que le he dejado a la mujer que ya no me habla. ¿Eres tú la correcta? ¿A quién más? Cada día estoy más solo, desierto de vida, oasis frugal, ilusión que no alcanzo. Ese es el éxito en esta tierra seca. 

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