Me gustabas así

Me gustabas así, tu andar desacompasado, tus botas de piel bien ceñidas, libre de los atavíos de una sensualidad fingida, procesada con la parsimoniosa concepción de la belleza en boga; las gafas que te daban un aire distraído, esforzándote para ver a través de los cristales empañados por tu respiración jadeante después de subir decenas de escalones. Entre tú respiración y la mía, el retomo de fuerzas y de un poco de agua, me apuré a darte un beso agitado y sin simulacros. Tú reacción de sorpresa, incredulidad al inicio, se convirtió en un bésame más, en una tómame la mano mientras subíamos, besos de pausa, de acércame al cielo, donde termina y empieza la catedral de la ciudad. Te invité a mi cuarto, queda cerca, y te dejaste llevar por el juego de las miradas y las suposiciones. ¿Qué iba a pasar? Llegamos pronto, apurando el caminar para que no se hiciese muy tarde y, una vez en mi cuarto, a puertas cerradas, nos despojamos de las palabras y de la ropa. El sinuoso andar de mis labios de tu boca a tu cuello, mis manos en tu cintura, las tuyas desabotonado mi camisa. Una vez en la cama, medio desnudos y cohibidos, seguimos jugando a los abrazos y a los besos, mi mano entre tus piernas, la tuya entre las mías, la exploración mutua del cuerpo. Me dijiste que no era el momento, que estabas a poco de terminar tu periodo, el viernes como promesa. Era miércoles. Nos robó un poco el ánimo, pero no nos impidió improvisar, recorrer el cuerpo con las manos, jugar con tus sentidos más profundos. Me aboqué a tu sexo de pestañas nocturnas, el monte de venus, el roce que supo bien llevarte a un orgasmo superficial, distinto al de la penetración, la contracción de los músculos, tu vientre palpitante, tus piernas que bajaban y subían por contener los segundos de placer. Ya sin las gafas, tu mirada deformando la realidad, alababas mi habilidad con las manos, el músico capaz de tocar a la mujer como arpa, música del cuerpo. Sin reparos me comparaste con tu ex de manos atolondradas, incapaces de interpretar la música de tu sentir, de tocar las cuerdas profundas de tu ser de fuego. ¿Cuándo te separaste de mí, perdida mitad? Me decías, tus ojos perdidos en demasiados detalles, luces y sombras, una nostalgia por el tiempo que no pasamos juntos a causa de no conocernos. Normal para quien vive en las antípodas, llegaste como si yo estuviera esperándote durante todo este año, y bastó muy poco, encontrar el ánimo para salir de la cama, buscarte entre una multitud de rostros desconocidos, cruzar las primeras palabras y un poco de carisma, la promesa de vernos, de hablarnos. Cómo me gustaba dar cuenta de esa casualidad, asombrarme por las coincidencias, por cada decisión tomada o no tomada que me condujo hacia a ti, tú que nunca leerás esto, pero que resulta fácil escribirte como si me leyeras. Regreso a tu cama, poco cómoda para dos, pero el cielo para quienes, como nosotros, se querían hasta en los sueños. Contradicción presente, tanto calor en tu cuerpo que te gustaba dormir en invierno sintiendo el frío colarse entre las sábanas. Yo añorando el calor de mi tierra de antaño y encontrándolo en tu piel.

Llegó el viernes, llegaron más días, volvíamos a hacer música, una orquesta de dos instrumentos, cuerdas y vientos, percusiones. Noches después, con más calma, te recostaste en mi pecho y me pediste que te contara la historia de mi vida, la enumeración de mis encuentros y desencuentros amorosos, cuerpo y pasado al desnudo. Acariciando mi pecho hilvanabas las perlas de mi pasado en el collar de tu memoria, dibujabas el retrato de mi rostro, le dabas color a mi personalidad con más sombras que luces. No recuerdo haberte hecho la misma pregunta, buscar algo oculto en el pasado del que no fui parte. Me gustabas presente, sin lo mucho que el ayer hubiese podido cambiarte. Sin embargo, tenía miedo del porvenir, de que lo comenzado se acabase muy pronto, y de haberlo sabido.

Hoy, presente inevitable, me privó de tu cuerpo, de tu voz, culpa de mis errores, mi yo solitario y tendencioso, inclinado a la manipulación, a la desconfianza, a la poca valía por sí mismo. Poco me queda de aquel que fui yo mismo, el que ahora opta por evitar caer en sentimentalismos, en la flagelada memoria que intenta recuperar lo perdido. Me ha venido tu recuerdo, el regreso al primer día, como excusa para la escritura. Me ha llegado tu recuerdo febril, despojado del dolor, del equívoco saudade. Ese yo pasado todavía te quiere, todavía te busca, y todavía comete los mismos errores. Ese yo anclado en el puerto del ayer te sigue encontrando para perderte hasta la eternidad, se repite el infierno tan temido. Nos conocimos y en pasado volvemos a conocernos, volvemos a estar juntos. Esa es la condena, encontrar quizás la muerte y vernos castigados viviendo el primer día y el ultimo, uno después del otro. Tú eres mi castigo, en alguna parte te espera el tuyo, hecho a la medida de tus deseos y tus más terribles miedos. No es amenaza, sé que suelo ponerme trágico, me vuelvo como el otro que ya no soy. Ya he olvidado mucho, hay meses y libros de por medio, mi actitud distinta, tanto que te sorprenderías de conocer a otra persona.

Soy un escritor que se ahoga en mil palabras, que a veces llega fácil, a veces le toma más tiempo. Escritor de fragmentos, escribe para no arrepentirse de no escribir. Búsqueda del arte, ahondando en sus motivaciones, el viaje al centro de su universo interno: es ahí donde está lo que busca y no lo encuentra. Lee mucho, escribe mucho y rompe, tira mucho. Tanto dolor en estas manos, la postura inclinada, los huesos cada día más desgastados, memoria desgastada. Regresar a la época de las pocas distracciones, de un libro a la vez.

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