La vida luminosa

La enfermedad me sobrepasa, me debilita, pesada sombra el resfriado simple, la respiración dificultosa, el lagrimeo constante y el estornudo estertor del silencio. Al simple resfriado se le suma el dolor en las manos, la infiltración de antiinflamatorios que no ha funcionado, volver a las mismas, no curarme en salud. Me sobran pues razones para dejarme acompañar por el perro negro, sumirme en mi propia agonía, ahogarme en mi propio pozo de autodesprecio. La mañana que no respiro, el café que no me sabe a nada y el recuerdo de las calles de Oudewater que creía olvidadas. Me han vuelto los días soleados, el amor recurrente, la familia acogedora, lo amaneceres de ranas y canales. Un desayuno frugal, el andar en bicicleta por tierras planas, caminar entre el verdor naciente de la primavera. No sentirme como en casa, porque sentirme como en casa denota incomodidad, sino sentirme bienvenido, sosegado, invadido de sentimientos benevolentes. Todo resplandecía con el dulce fulgor de un día perfecto, respirar el aroma del cielo, sentir el viento que soplaba leve. Obviando los besos recurrentes de la mujer cuyo nombre no deseo volver a escribir, historia de calmar la nostalgia amorosa, lo mucho que la podría echar de menos si le doy su nombre preciso. Puedo decir que ya no se llama, que tan solo es un bello dejo de pasado, un recuerdo difuminado por las muchas veces rememorado. Recorrimos los caminos de su infancia, nos mirábamos a futuro, imaginábamos una familia precisa, el reflejo de dos que se aman. Ella estaba enamorada. Yo estaba enamorado. Creíamos en el amor como una lámpara de inagotable aceite. Yo era romántico, ella un poco menos, más hábil con el cuerpo que con las palabras. Mis palabras la abrumaban, yo no me daba cuenta, se sentiría atacada por un romanticismo incomprensible, no puede ser que ames así, no le entiendo. Para ella el amor no tenía palabras sino mucho sentir, mucho mirar. Pasaba largos minutos en contemplar mi rostro, enamorándose de cada línea, cada rasgo de imperfección que, según ella, me hacía único. Yo era distinto, siempre lo fui, su amor me llegaba traducido, nunca de primera fuente. Mi amor también le llegaba en otro idioma que no era el suyo, en un idioma que no era el mío pero que se volvió nuestro. Nos enamoramos juntos, nos desenamoramos por separado, primero ella y luego yo como consecuencia.

Me queda algo de amor, pero no debo engañarme, amo a la mujer pasada, la mujer de la memoria cuyo presente ya no existe, ya no es. Me llega el pasado como un agónico presente, se me mueren aquellos besos, los paseos, las calles, el helado que comíamos al borde de un canal, las bienvenidas y despedidas, esos hasta luego que nunca fueron adioses. Las noches en su cuarto, de acostumbrada pasión, se diluyen; ya no es el mismo cuerpo, el movimiento de su pelvis, sus orgasmos múltiples, cómo lo haces, dónde has aprendido, el sexo sucio tan solo porque se hacía bien. El despertar con la luz del amanecer, los grandes ventanales, el brillo incomparable y que no volverá a repetirse. Baja a desayunar, el pan untado de mantequilla, las chispas de chocolate, el vaso de leche fría. ¿Nos vamos? Nos íbamos a caminar, agotar caminos, besarnos en cualquier rincón. Era feliz, acaso también ella, y no nos dábamos cuenta. Es en ese lugar donde la recuerdo, su casa, porque aquí se ha desvanecido, he dejado de recorrer las mismas calles que juntos recorríamos, me propuse olvidar los lugares que visitamos juntos. El dolor de la separación se ha congelado en una imagen, los días solo en mi habitación, la escritura lacrimosa, el miedo a perderla porque con ella se iba una parte importante de mí mismo, pieza clave de mi aparente felicidad. Me viene un remordimiento, de nuevo la culpa. Yo tuve la culpa al ser como soy, como nunca he dejado de ser, un tanto desobligado, de lento andar, querer quedarme en casa en lugar de salir como a ella tanto le gustaba. Llevar la vida de un enfermo con plena salud, preferir la calma de cuatro paredes que lo inesperado fuera. Nos quedábamos con los cuerpos, con los besos interminables de sangre y fuego, de fulgorosas miradas, de inacabable pasión. Ella era el frío que anhelaba ser calor, yo era el calor que quería ser frío. Tantas veces dormimos en una habitación templada, el calor de dos cuerpos como única calefacción. Amanecía soleado, se enfundaba en su bata negra, y yo le seguía los pasos, sus piernas torneadas, el naciente deseo después de una noche de calma.

Todo por unas calles, una ciudad, un pueblo luminoso de calles de piedra. El aroma de las flores, el mercado, los quesos y la balanza de las brujas. La agonía de los días sin ella, mis infundados celos porque la creía perdida. Fue la mezcla dañina de mí mismo, mi comportamiento heredado de mi cultura, querer poseerla a perpetuidad. Ella era más libre que yo, tenía los años por delante. Hoy parece haber triunfado, alanzado la estabilidad que yo no he sabido encontrar. Yo todavía decadente, ella triunfante. Nunca debí haberle pedido dinero, la no relación se alargó hasta que se liquidó la deuda, desesperante deuda. Por problemas de dinero acaso el amor decayó, se convirtió en un intercambio monetario, el hombre que no controla sus finanzas, que lo debe todo, que le debe a ella. No guardar el dinero que no me pertenece. Sigo viviendo de la manera insostenible, más allá de mis posibilidades, gastando lo que no tengo, la deuda ahora adquirida con el banco. Cansado de la vida, abrumado por la enfermedad, buscador del silencio, de la calma cuando se duerme, anestesiar el dolor de espalda, encontrar la forma de que le fracaso no me visite de todas formas, aun haciendo hincapié en una idea sin fin, en el tiempo que no otorga ninguna tregua, la lenta separación de mi alegría, la renuncia, la partida.

17/04/2021

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