El desasosiego de no saber

Debe ser a cierta edad en la vida, cuando se ha vivido la pasión del amor, en su pico más alto y en su decadencia, cuando el no saberse correspondido, en lugar de ser un agravio resulta un alivio. Saber que lo que se siente no es recíproco deshace todas las inquietudes, desvanece todas las ficciones que no son más que esperanzas infundadas. No resulta doloroso saberlo, pues amar así, con tantas dudas y sobrentendidos resulta agotador, y lo que fatiga resulta indeseable. Uno debe pasar al acto, hacer la confesión para desvelar si es verdad o tan sólo es una ilusión. Así uno puede pasar a otra obsesión, al devaneo más sencillo, en solitario. Basta con dar el salto para saber que el agua moja, o meter la mano al fuego para sentir cómo quema. Decirlo basta para obtener respuestas. Enseguida se instalará un ambiente de unánime amistad, de convivencia sin contratiempos, sin la exigencia de llenar el tiempo con uno mismo.

No pensé que hablar claro me iba a curar del desasosiego. Estaba evadiendo el tema con el temor de que el ambiente se viciara. Pasé incluso a tener celos, cosa que detesto, por la mujer que nunca ha sido mía. Me volví entonces su esclavo por llevarla atada a la fuerza a mi pensamiento, cuando debería de dejarla en libertad. A veces imagino, para mi escarnio, que debí actuar distinto, ser otro personaje, más serio, distanciado, sin mucho que decir. Sin embargo caí de golpe en el que resulta ser un galimatías, de un discurso enredado, abocado a impresionarla, a forzar las afinidades, entablando una simpatía incluso forzada, a la que uno se ve orillado por mera cortesía.

Puedo dar un respiro ahora que sé que todo este tiempo mi imaginación se desbordaba en un engaño. Sus acciones, sus gestos no querían decir nada, eran tan sólo forma del entretenimiento, de un humor compartido. Ahora que lo sé de cierto, que mis pensamientos eran tan solo elucubraciones de lo falso, todo se vuelve más sencillo. Puedo prescindir del esfuerzo por agradar, que acaso fue lo que debí hacer desde el inicio. Debo proponerme, sin ningún tipo de hesitación, a llevar una nueva máscara, no muy distinta a la que he llevado siempre pero sí distante con un mínimo de simpatía. Podré guardarme mis libros, mi desaforada escritura, mis pasatiempos más privados y los comentarios que apuntaban a lo locuaz. De mi no saldrá una conversación no pedida, ni un caminar juntos hacia algún lugar para luego partir con el peso de la despedida. Ya no tendré que preocuparme por su sino, pues será libre de la opresión del amante obstinado.

Le dije felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor. Por fin puedo poner un punto final, pasar a otra cosa, aceptar que hay romances que son más afines a la literatura que a la vida real. Antes, el adolescente que fui hubiese sufrido por la no reciprocidad. Pero este adulto, inclinado desde hace tiempo a la vejez, no puede dolerse porque el amor no le ha faltado. Lo ganado ha sido mayor a lo perdido, y en mi memoria conservo tantas batallas ganadas que no puedo hundirme en la tristeza de una derrota. Me siento liberado de un peso que comenzaba a ser insoportable. Me siento también libre de toda culpa, libre también de todo sentimiento dañino como los celos, y más cuando estos están injustificados.

Años antes su franqueza habría desencadenado en mí rabia, desdén, tanto que le hubiese pedido distancia, que dejase de ser como seguía siendo conmigo, porque eso me causaba mal. Sin embargo cuando me ha dicho que será la misma, que en nada cambiará lo acepté como una ganancia, porque me gusta que sea como es, y que por fin, después de las confesiones, nada quede entrelineas. Ya no será, de eso no tengo dudas, pero he aprendido con el paso de mis pocos años que el amor no es una palanca que se puede forzar, no es una puerta que se puede franquear sin más, porque ésta se encontraba desde siempre cerrada a cal y canto. La verdad nos hará libres, le dije, y era porque yo necesitaba de deshacerme de la duda para poder poner punto final o comenzar un segundo capítulo. Y qué bien se siente saber que este capítulo de mi vida no se prolongará, que ya no tengo que escribirlo, que ya no tengo que escribirme. No echaré lo escrito a la basura, pero sí puedo marcar el fin de la historia. Aceptar que fue una ilusión que no se prolongó demasiado, que fue en realidad llevadera. Mi angustia por lo que no sabía por fin ha quedado atrás. He sido rechazado y no puedo expresar más que agradecimiento. No puedo renegar que fui una persona más alegre, más emotiva, que la ilusión fue impulso que hoy no tengo razones para desdeñar.

Tengo que trabajar en mi próximo personaje, ser un hombre blindado, ajeno a las emociones pero nunca esquivo ni tampoco altanero o patán. Ella sentirá la diferencia y la sabrá consecuencia natural. Claro debe quedar que no me resulta doloroso, que sí lo fue pero que una vez las palabras dichas, sin ningún rastro de duda, el mar tempestuoso que fue mi desvarío amoroso por fin está en calma. Vuelvo a ser un día soleado y un cielo nocturno con todas sus estrellas visibles, sin ninguna bruma en mi entendimiento, dueño todavía de mi mismo y de la certidumbre de saberme sin ninguna atadura. No hay ningún hilo que nos una, y esto resulta liberador. Puedo seguir el sendero que me tenía fijado, o quedarme en la encrucijada si resulta lo más conveniente. Qué bien se siente estar enamorado de la certeza del rechazo, de esa imposibilidad resignada y por ello feliz. Mejor estar aquí, con la grata compañía de mí mismo, sin pretensiones, libre de preguntas, ajeno ya a toda respuesta. Este amor —fallido, inventado— es sólo digno de la literatura.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑