Hablar solo

Le hubiese gustado dormir con ella, la manifestación clara de un deseo tan inconfesable como irreprimible. La tuvo tan cerca, compartiendo el sueño en la otra habitación donde los libros nunca duermen. Caminaron juntos, se contaron un poco de los mismo, fueron testigos de tres personas dolientes, recostadas sobre el asfalto después de un accidente inverosímil: dos bicicletas, una moto y un auto compacto. Ella lo tomó del brazo por unos segundos, impactada por el accidente, un joven que se retorcía de dolor, otros más sosegados, consientes de su suerte, pensando pudo haber sido peor, de la que nos salvamos. Siguieron el camino juntos, la conversación giró en torno de lo indecible, la manifestación metafísica de dioses en el pensamiento religiosos, el azar de la vida, los puentes flotantes que no conectan con nada. Todo dentro de su caótico orden, de preguntas que se responden fácil o que no se hacen. Su padre era bombero, ella quiso ser bombera pero su abuela le cambió las ideas, le decía estás lista para ver a un hombre ensangrentado, mujeres mutiladas, niños pegados a las paredes de casas presas del fuego. No estaba lista, no para ver cómo la masa encefálica de un hombre se ha pegado al casco luego de un accidente en moto, al borde de la muerte. No, no estaba lista, ella debería conocer otra cosa. Yo de niña nunca fui a los museos, no sabía que existían. Él le dijo que su familia era muy pobre, que las vacaciones se quedaron en un tierno recuerdo de infancia. Ella no entendía por qué él, estando en contra del sistema, seguía dentro del sistema y se empeñaba en quejarse sin mesura. No tiene nada de malo quejarse de lo que no se puede cambiar, lo peor sería no reaccionar, mantenerse callado o impasible frente a lo que sucede, dijo, a mí lo que me interesaba era la vida en Francia, no los estudios. Él no sabía lo que lo esperaba, pero cuando lo supo era ya muy tarde, sin posibilidades de regreso.

Juntos en la fiesta. Sus amigos pensaban que ella era su novia, le decían que es obvio, no te das cuenta cómo te mira, le encantas, se le nota en la mirada, en los gestos. Cómo saberlo, ella es así, efusiva, no me parece que intente algo más. Se abrazaba sin embargo a ella, le tomaba la mano en la medida de lo imposible, le daba besos a mansalva en las mejillas. Guarda un recuerdo desordenado de la noche, la llegada al departamento donde su novia dormía, le dijo pasa, necesitas algo más, estás cómoda y ella sí, no te preocupes, acariciándole la mandíbula, un nuevo abrazo, casi como el que se dieron en el elevador, ella posando su mano en su pecho, mirándole a los ojos, mirada que él trataba de evitar para no terminar de caer en el encanto. Le presentó sus libros al llegar a la casa, le leyó fragmentos de cada uno que tenía a la mano, una líneas de Piedra de Sol de Paz: voy por tu cuerpo como por el mundo, tu vientre es una plaza soleada, tus pechos dos iglesias donde oficia la sangre sus misterios paralelos. Cerró el libro y le dijo ya no te molesto, que descanses, nos vemos mañana temprano y fue a acostarse con su novia, enfadada porque no había sido invitada a la reunión a la que no quería ir. Discutieron, sacaron cartas pasadas del inventario de problemas para justificarse, uno y el otro, las penas a cuestas hasta el amanecer, cuando ella decidió dar un paseo. Se quedó solo en la cama y soñó que podía pasar a la otra habitación, recostarse a un lado de ella, darse a una pasión presa de las convenciones, ser un tanto más libres. Pero toda aspiración al entramado de cuerpos y almas entreveradas se quedó en una leve esperanza durante la duermevela, desechó la idea, imposible, se resignó al sueño, a la otra vida. Se conformó con el aroma de un día que dejaría sobre su almohada, por eso se la entregó a sabiendas de que así la tendría hasta la tarde del día siguiente, hasta desvanecerse entre tantos suspiros, entre un dolor como espina en el corazón por la tarde y su luz melancólica de domingo. Qué fácil se dejó llevar por el consuelo de una ensoñación, por los abrazos que duraban un segundo, un beso de labios lejanos. La vio partir como felicidad, le dio un libro para que no olvidase su nombre, para que cada palabra le sonara a él. Ha sido tantos hombres, menos aquel con quien ella ha desfallecido de amor.

El calor me agota, el ventilador no me concede la necesaria comodidad para proseguir con el hilvanado de oraciones en palabras que quieran decir algo. Se me invita a salir, repetir el domingo de la semana pasada, la música, la frecuentación de amigos sonrientes. Ayer la posibilidad de seducir a una mujer muy joven, de apenas veinte años y de baja autoestima, según Álvaro, presa fácil. No la encontré honesta, estaba de acuerdo con cada cosa que yo decía porque desconocía de lo que yo estaba hablando. A mí me sirvió como ejercicio memorístico, la ordenación lúdica de mis principios filosóficos, de lo leído hace muy poco, la conjugación del conocimiento del que me sentía poseedor legítimo. Usar lo que sabía con la intención de seducir, de halagar la belleza de una mujer a partir de su inteligencia, la sensiblería naciente con la mera ejecución de unas palabras ordenadas, de verdades, como toda, subjetivas. Nos casamos, como juego de niños. Anotó la fecha en su calendario para conmemorar nuestro aniversario de bodas. Yo me despedí de ella con un abrazo de hasta muy pronto, veámonos en cuento puedas, tomemos algo juntos. ¿Será tal cosa posible? Ella me regresó el mismo beso en la mejilla como reafirmación de la promesa. Una mujer joven, adelantarme a mi edad, como cuando lo hice con A. A.

13/junio/2021

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