Festejo

Dos días de vedada escritura, la leve lectura de los libros que no cesan de rondar por las salas de mi deseo. Dos días imperfectos, como los pasados y los futuros, pero inclinados a un abandono deliberado, echar el tiempo por la ventana, desperdiciarme, dejarme envejecer por las navajas impunes de los años. Ayer, un yo más joven, imaginaba cómo iba hacer este hoy, cómo un cumpleaños es también arrasado por la corriente de la eternidad, el tiempo que apremia menos que perdona. El tiempo no perdona porque no hay nada que perdonar. Esta no siempre evidente maldición se nos ha dado de nacimiento, heredada de padres a hijos, de ayer a hoy. Entonces el ser se encierra es su melancolía, denostándola tanto como bendiciéndola. Tiempo en vano, a veces creo que no, pero vanos momentos de alegría colorean de rojo el paisaje negro de la tristeza. Si hemos llegado para ser felices o andar en busca de la felicidad, no ha sido sin su obligada dicotomía. Si la búsqueda de felicidad se afirma como razón de vida es porque su antítesis, la infelicidad, es un estado constante durante toda esta búsqueda. Infelices somos todos los que buscamos ser felices. Entonces, ¿por qué andar en búsqueda de lo inalcanzable o lo efímero? Sufrimos, sufrimos todos. Se nos da algo, luego queremos más, y sufrimos cuando ya no hay más. Como el tiempo, concepción personal, humana, de la eternidad, no se nos da a caudales sino a cuentagotas. Un cumpleaños no es un año más sino un año menos. Falsa sensación de festejo, un engaño bien elaborado para no tomar el paso del tiempo como lo que en realidad es, una daga fría que se introduce lenta en el pecho. Consciente del paso de los días, consecuencia de su medición memoriosa, veo a un yo distinto en el espejo, un yo antes joven y que ahora toma la imagen del progenitor. Tiempo a martillazos, tiempo a bocajarro, tiempo presente y ausente, irrecuperable.

No hay gran festejo sino un año menos para mí. Las felicitaciones llueven, amigos y desconocidos, cuánto valor tiene una felicitación cuando para mí ha dejado de tener el peso que tienen los años. Se me desea larga vida cuando no tengo la juventud de antaño, larga vida para quien se vuelve cada vez más viejo, más lento, con suerte más sabio. Tantos años y no he logrado cosechar mucho. Textos revueltos desde hace casi dos años; la venganza lenta de la literatura, el sueño aún no realizado. Tomar al tiempo como compañero, la movilidad de la eternidad que hace posible la lectura y la escritura. Tiempo es lo que sobra. Mañana lo tengo prometido, el futuro también, pero solo como promesa no irrompible. La vida que se puede acabar hoy mismo, el corazón a contratiempo que me lo recordaba esta madrugada, mi alteración del sueño.

He vuelto a las felicitaciones, los mensajes hasta ahora recibidos, todos simples, casi impersonales, menos el de mi padre. Lo ha escrito de madrugada, sin comas, pero con una prosa confiada, profunda, como nunca lo he escuchado de viva voz. Mi padre ha encontrado en lo escrito una manera de decir lo que no le sale espontáneo, del habla. Me escribe que me quiere, me desea que Dios, en quien yo no creo, me colme de bendiciones y de buena salud. Como sabe de mi soledad inminente, ha deseado que tenga quien me acompañe y me ame durante muchos años, cuando ellos, papá y mamá, ya no estén ahí para mí. Me desea amor eterno, que quien esté presente llegue a amarme tanto como ellos.

Pienso en mi padre, pienso en su muerte y enseguida un dolor impreciso me atraviesa el pecho, lo he imaginado ausente, su rostro como el mío en el ataúd. Hoy me ha deseado una vida larga, yo le compartiría unos cuentos de mis años con tal de prolongar su partida, tenerlo muchos años más para que, los días de mi cumpleaños, me escriba desde el corazón lo que su voz no alcanza a pronunciar.

27/03/2021

3 comentarios sobre “Festejo

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  1. Cada día es un día menos, por eso nunca hay que dejar cosas pendientes para el mañana. El mañana no existe, o si… Nunca se sabe. Cada día que veas amanecer vívelo como si fuera el último.

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