Eso que tú llamas —con el afán amoroso de la riña cariñosa— «la cocina de mi brazo» es el lugar donde he vivido desde hace dos o tres meses. He vagado por las calles de la pesadumbre de quien se sabe incapaz de escribir una sola línea valiosa. Hace más de dos meses que abandoné el ordenador, que dejé de escribir las mil palabras diarias que me propuse como trastienda de la escritura: mis años de formación. Hoy, libre de horarios, día de tregua, declaro mi regreso —espero permanente— a la página intempestiva. ¿Por qué mi tatuaje es ese lugar? Porque durante todos estos días me he entregado sin más a la negación, a la vida sonámbula de quien trabaja con horarios fijos, ausente e irreflexivo, movido —no motivado— por algo más bajo que el instinto de supervivencia. Schopenhauer lo definía como la voluntad, esa fuerza primigenia que nos mueve pese a nuestra necesidad de inmovilidad. Incluso el suicida es impulsado por esa voluntad de vivir: el suicida da fin a su vida no porque ya no quiera vivir sino porque esta vida se le ha vuelto castigo y se defenestra en busca de una realidad mejor. Pero volvamos al tatuaje. El personaje inmemorial, estático en su escritorio repleto de páginas en blanco, con la mirada perdida en el infinito de la venta, el escritor del No, o del preferiría no hacerlo, Bartlebly, es la representación de mis días de agrafía, de escritor silencioso, dubitativo y falto de confianza.
He vuelto sin embargo motivado por ti, B., no por la promesa —que podría ser vana— de responderte. Vuelvo al ordenador con tu mensaje que me ha sonado como dulce música en la caja caprichosa de la memoria. Lo he copiado y pegado en un documento aparte, y lo tengo presente mientras escribo, como apoyo para traducir lo que sentí, en todos sus tiempos.
Tú me gustas, dice el inicio de tu mensaje, y ambos sabemos que el tiempo no ha hecho mella en la atracción. Tú me gustas, dice el yo de ayer y el yo de hoy, y ese deseo de tenerte provoca una caída en el ayer, en las primeras líneas del idilio amoroso que, tristeza aparte, no pudimos culminar.
Quiero corregir que mi alegría estaba entre la sobriedad y la embriaguez, ese punto álgido en el que conviven la razón y la sin razón. Me gustó tu disposición indiscutible, nacida de la casualidad. Cómo me atrae lo fortuito, lo que carece de planes y se produce. Cuando me dijiste que venías yo empecé a contar los minutos sin contar los tragos. Yo sabía lo que iba a pasar, en mi mente cabía la posibilidad de lo imposible, de lo no realizado. Yo me sentía dueño de mi libertad, así que en cuanto te vi te abracé como si fuese la última vez. ¿Me perdonarías la insensatez, casi el cinismo, de que ese día los límites no me importasen?
No voy a ocultar que al día siguiente me preocupó lo que pensarías de mí, por aquello que Ortega y Gasset dice de yo soy yo y mi circunstancia. Sin embargo la no mesurable alegría del encuentro me hizo imaginar, en el plano de lo real, que yo era otro o que podía encaminar mi porvenir hacia otra forma de vida. Lo único que pesaba en mí era el instante. Renuncié a todo por un día. Tampoco voy a ocultar que en mí no caben todavía juicios moralistas, ni recriminaciones por lo hecho o dejado de hacer. Descreo de esas reglas de no hacer lo que no quieres que te hagan y me porto como un cínico cuando se trata de conseguir lo que quiero. Temo todavía que esta forma de pensar haga mella en ti, a sabiendas de todo lo que has tenido que pasar.
Qué alegría el que hayas bajado tus defensas, que esa muralla de piedra se haya convertido en un franqueable paño de seda. Por primera vez en mucho tiempo estaba viviendo como si fuese el último día o, como tú lo dices, que a ambos nos valiera todo a cambio de la realización de todas las promesas incumplidas del ayer. Fue como un volver a empezar, si bien los recuerdos iban y venían yo te sentí renovada.
Yo no pensé que el tiempo nos concedería tan sólo una noche. No pensé que partiría con la pesadumbre del abandono, de la falta, del no tenerte. Ese día lo pensé como eternidad, deseé tener a la mano la invención de Morell para repetirlo hasta la eternidad, de la misma forma, con la falta de certidumbre de que se reprodujera pronto. En ese momento tú fuiste mi eterno retorno.
Bailo lo mínimo, y canto lo poco que mi valentía me lo permite. En ese momento se confirmó que de cierta manera éramos otros, que a pesar de los años de conocernos —muy poco— podíamos todavía descubrirnos. Supe que eras aun una isla cuyas profundidades desconocía, y cuánto encendió en mí la empresa de explorarte.
No estuvieron ausentes los nervios, como ya lo sabes. Sentía tanta intriga como temor. Deseo de tenerte como miedo a decepcionarte, a que todo culminará en el error, la confirmación del desastre. Sin embargo todo se volvió sosiego al poder compartir tu sueño, mi mano derecha sobre tu seno izquierdo y el perfume de tu cuello como canción de cuna. Tu cuento se había mejorado en la escritura de la vida, habías trasgredido los límites de la ficción y te volviste real, latente, un suspiro de satisfacción. Dormí imaginando la vida juntos al amanecer, el irracional pero dulce caminar a tu lado, y en un instante maquiné el resto de la eternidad juntos, con sus necesarias alegrías y vicisitudes, y todo era bello como el reflejo rutilante de la luna en el agua.
Me basta pensar —para un futuro posible— que las circunstancias fueron favorables un solo día para no prescindir del optimismo. No obstante el tiempo corre, y yo temo del irremediable día en que encuentres al hombre de tu vida, aquel que no seré yo porque nadie puede vivir en eterna pausa.
Me pesa decirte, B., que lo que nosotros tenemos nos impide la amistad. La amistad es para los que no se desean, para los que no esperan, para los que quieren sin ser queridos. Lo nuestro va acaso más allá, cercano al amor fou, a lo irracional, al enfrentamiento eterno con las circunstancias que no nos permiten la vida juntos. Yo no quiero ser tu amigo, yo quiero ser siempre la posibilidad insensata del amor.
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