El éxito es un malentendido

Dicen que ya no encuentra el tiempo —consideración metafísica—, que su búsqueda se ha mermado, que lo mejor es renunciar, venderse al mejor postor, trabajar por una promesa, por un porvenir sin la melancolía como condena. Está dispuesto a venderse por dinero, unos cuantos euros con tal de salir de esta adelantada miseria. Joven promesa no cumplida, de antemano echada al olvido, y ese deseo ínfimo pero no menos grave de sobresalir, de ser reconocido. Se dice que dejará el arte, que no es exagerado dejar de leer un día y luego dos; puede demitir, o volverse un escritor tan solo en sus tiempos libres. Vivir sin embargo libre de los embustes de la vida, sacar la cabeza del hoyo, respirar el aire tibio de la medianía, regresar cansado a casa. Y luego tomarse unas largas vacaciones, vivir los años que le quedan con mínimas angustias, las de todo hombre de mediano fracaso, de lento proceder en la vida. Aspirar a lo que se le ha dado, esta oportunidad y no otra, porque ya se le ha rechazado en otras partes. No tiene la vida comprada, no ha sabido hacia donde dirigir su vida, nació en una familia con lo mínimo, un trabajo estable, no grandes cosas. El talento es lo de menos, se nace en la leve miseria y se supera de a poco, no repetir el mismo destino de los padres que nos dieron todo. Está determinado, negará que el pobre es pobre porque no trabaja, frase de la clase privilegiada a la que no guarda ningún rencor. Se acostumbrará a su vida sombría, portando la máscara del empeño y la condescendencia, compartiendo la alegría no sentida, embajador de la felicidad ajena. Piensa en un futuro brillante, menos problemas, la vida sosegada que a sus años ya debería haber conseguido. No se le motiva, se le dice que lo que él hace no tiene futuro, que sus lecturas tienen el carácter de lo indispensable, a nadie le interesa. Perseverancia, le dirá una voz lejana en sus sueños, continuará la búsqueda, intentará vivir con su pasión guardada en el cajón de lo realizable durante su tiempo libre. Perfecto actor de su época, presente desgraciado, lo que sea con tal de que se le permita continuar aquí, renunciar a la vaca, llevar su proyecto personal hasta lo enigmático, oculto. Nunca confesar lo que de verdad se es, no dejara entrever que durante las noches escribe, que se inventa un mundo aparte, quizás una ciudad con puerto como Santa María, con una plaza rodeada de árboles, un quiosco siempre animado, el ir y venir de habitantes y turista. Vivir del otro lado, crear esa muy suya realidad que le sirva como consuelo, publicar desde el anonimato, por amor a la ficción.

No llegará muy lejos en lo que preveía, seguirá leyendo, guardando su pasión para las pausas. Dirá que es escritor tan solo por escrito, de pasión disimulada, sin la intención de triunfo. Vivirá y escribirá la novela de su vida, será alegremente infeliz; la vejez llegará y su consuelo serán las palabras acumuladas y la seguridad que otorga el dinero. Te cambio mis aspiraciones literarias por un salario fijo, eso es lo que me hace falta, dirá sin decirlo, mentira a propósito de todas la cosas. Es impulsivo, fácil de convencer, sobre todo ahora que la desesperación le nubla la razón. Ha dicho que llamará el miércoles pero ahora dice que lo hará el martes, debe dar una respuesta pronto, comenzar desde ya, no dejar que el tiempo corra y la oportunidad se aleje. O quizás deba —y esto se lo dice la conciencia— entregarse a la no precipitación, cuidar las formas, no mostrar la bandera de la urgencia. Teme que la oferta de trabajo caduque, un no con consecuencias funestas, otro rechazo para la larga lista, qué más da. Siente la vida como una yaga fría, le atraviesa el pecho como negación. Sus días se envuelven en una abulia no pedida, la abulia en compañía del perro negro de su melancolía. La abulia le habla al oído, le dice frases gastadas de esperanza; mentiras, el lo sabe bien, pero la abulia lo regocija con la pena, la vida cada vez más sombría.

Ella le dice que la situación presente no va a terminarse, él piensa lo mismo, ya son casi seis años de no tener nada, no puedo seguir así, viviendo en una caverna donde el tiempo parece no pasar pero que desgasta sin clemencia. Ya me veo las marcas de la edad en el rostro, mi padre en el espejo diciéndome la juventud se te va y con ella la salud. Nada puedo cambiar, no puedo dar vuelta atrás, estoy en la encrucijada, atrapado en un inmenso mar sin olas. Al menos veo tierra del otro lado, pero atrás se ha borrado la línea, no veo nada.

Así ha nadado sin rumbo en mares desiertos. Sus fuerzas que decaen, flotando para descansar los años que hagan falta. No sabe lo que quiere, nunca lo ha sabido. Se le ha atribulado con una camino definido: terminar una carrera, tener una trabajo —bueno o malo— comprarse un auto, casarse, comprarse una casa, tener hijos, formar un familia y morir en el intento por ser feliz, para cuando sea muy tarde. Mamá le dijo que así es la vida, este valle de lágrimas, uno está aquí de paso, hijo, uno no se va a llevar nada. Rechaza las convenciones, hay otros caminos, formas de sortearlos, el denuedo con el que debe afrontar lo que no se puede tener. Ha perdido la idea, ya no la encuentra. Renunciar es fácil, tan solo hay que dejar de hacer, hasta mañana o hasta siempre. Él será el vivo reflejo de lo que fue presente, la esperanza puesta en un ramo de flores para el que acaba de morir, el cuerpo libre, el que ha sorteado la desgracia presente y futura. Hace un mal clima, pero al menos eso se tiene, testigo de un día gris.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑