Me llegará como un dejo de olvido, mi yo saudade, su piel morena con las marcas del tiempo y de tatuajes de significados imprecisos, símbolos que la definen; inscripciones ilegibles en las manos, a lo largo de los dedos, el corazón rojo y religioso en el pecho, labios negros que ocultan una sonrisa y su mirada cansada y distraída. Vendrá con mucha ausencia, el deseo egoísta de regresar el tiempo, de borrarle los dibujos de la piel cada vez más tersa a medida que mi memoria la rejuvenece. Ella a sus quince años y yo a mis trece; ella con el olvido del tiempo que ya es presente y yo con el recuerdo absoluto del tiempo transcurrido. Es ella la que me interesa, no la B. presente que ya no escucha. Reclamará su derecho a la réplica y me dirá que siempre ha sido así; no obstante, no puede contradecir a mi memoria adolescente, a mi recuerdo preciso de una mujer que escucha atenta, que no se deja llevar por las distracciones del momento. La veo a través de la cámara y puedo entrever en su mirada el oculto y atestado reproche, la pérdida de la magia como ella lo ha dicho, sin saber que yo sé guardarme las palabras, que conforme pasa el tiempo la prefiero en pasado, más viva y sin tanta medianía; sin sus creencias de que la mente es poderosa, su prodigiosa falta de cultura, de sensibilidad, del gusto por la palabra circunscrita en la infinita y gozosa charla. De haberse detenido el tiempo habría sido capaz de moldearla a mis deseos, mostrarle una senda distinta a cada paso, fácil de bifurcarse al mínimo signo de inconformidad. Fuimos por caminos separados, muy distintos: ella con el olvido a cada paso y yo marcado por la tragedia de haber tenido y perdido a mi primer amor. Ella seguiría su vida con muy poco de mí en su recuerdo, el niño con el que alguna vez quiso salir, sus ojos, las cejas que le encantaban con la suma de su voz grave a tan pronto entrar en la adolescencia. Dejará una carta que él guardará como un tesoro, papel de color que todavía conserva el olor de sus manos, su perfume difuminado por una pieza del olvido. El adolescente herido de amor la guardará en su memoria poética, se volverá un tanto obsesivo, su nombre recitado durante las noches, sus paseos frente a su casa cuya ubicación se ha aprendido a partir del primer trayecto hecho juntos. Ella vivirá leve, sin la carga del amor ausente, mientras él se atormenta, sueña con recuperarla cuando de verdad crezca. El olvido siempre logra su cometido. De esa manera el joven vivió otros amores que remplazaron mientras duraron al primero. Ya no la recordaba, ya no lo obsesionaba su pérdida. Sin embargo, en un ejercicio de retrospectiva, un día a muchos años y distancias, la trajo de vuelta, se decidió a buscarla con las herramientas del futuro ya presentes, cosa fácil porque su nombre todavía resonaba. La encontró, todavía presa del flujo de la eternidad, reencuentro inminente, unas palabras como método infalible para traerla de vuelta.
Esa magia de la que ella habla se mantuvo durante unas semanas, dulce reencuentro con el primer amor. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para recordarme, la memoria oxidada, yo pieza no clave dada al olvido. Le tomó tiempo para traer un poco de aquellos años al presente, tomando lo poco que de mí quedaba y ampliándolo a su gusto. Todo este juego nos llevó a una cita, lugar improbable en la ciudad que ya no era mía. Al principio reticente, sin deseos de mostrarse emocionada, escondía su irresoluble alegría en una plática leve, el vino a sorbos, la comida abundante. Poco a poco bajó su escudo, me sigues gustando después de tantos años, me dijo, mientras yo tomaba su mano que en un principio se resistía. La noche larga se nos hizo corta, el primer beso de despedida, explosión de recuerdos, pasado y presente conjugados en minutos hacia el futuro. Beso cada vez más largo, cuerpos agitados, latidos a destiempo, suspiros del primer amor quebradizo. Nos miramos palpitantes, trastocadas por el mañana imposible, esta noche no, pero ¿entonces cuándo? Después bajó la mirada arrepentida, esto no está bien pero qué bien se siente, hace mucho que no me sentía así, la génesis del amor. Yo me sentía sin embargo impune, me iría en pocos días, no tenía tiempo para el arrepentimiento, libre de culpas le propuse pasar la noche juntos. Imposible, me dijo, tengo que arreglar unas cosas primero.
Tiempo después supe que su larga relación había terminado; ayer me dijo que hubo un regreso que llevó a la inevitable ruptura—todo se repite en nuestras conductas. Aprender a vivir sin el otro, cosa más difícil para su paraje que para ella. No quiero hacerle mal, me dijo, es todavía alguien importante para mí. Pero no hay otra manera, tiene que resignarse, vivir el duelo a su manera, saber que lo que una vez existió ya no es, darse cuenta de que todo tiene un final, un ciclo que se cierra.
La magia se apagó entre nosotros, ella lo dijo. Sabe bien que yo no he terminado mi relación, que nos llevamos más bien que mal para dar todo por terminado. Saqué la excusa del apartamento para no decirle que soy lo más feliz que se puede en este momento con ella, que vivo una vida por fin en calma, sin las ansias insufribles de la búsqueda. No sabe que, viviendo de esta forma, sigo encontrando la belleza en otras mujeres y en otras artes, que cuanto más me muestra como es más me aleja, como ya lo hice con sus cartas que no me dicen nada, donde todo son cosas difíciles, montañas rusas de emociones, muchos cambios… no se da el tiempo de buscar en sí misma, de describir lo que siente, algo tan normal que no debería sorprenderme, es ella hija de su entorno, nada puedo hacer para cambiar lo que no me gusta.
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