Yo creo que la vida avanza fugaz, siempre, de la mano del tiempo que siempre resulta inexorable. El tiempo es el asesino serial más desapercibido y por lo tanto impune, quien tantas vidas ha quitado y que por ser la medida de la eternidad resulta imposible castigarlo, encerrarlo en una prisión para luego condenarlo a muerte y que nos deje en paz de una vez por todas. Tú y yo hemos salido indemnes, C., sorteado el paso fatal del tiempo. No sólo estamos vivos sino que seguimos sintiendo el mismo cariño de hace años, cuando a partir de las palabras construimos un puente indestructible, con un mirador a mitad del camino que nos separa para poder contemplar, de lado a lado, el paisaje de lo que nos resta de eternidad.
Cuesta recordar, reconocernos en los pasos del ayer, en aquellos yos pretéritos que fuimos. Yo me desconozco en mis diarios, me considero un extraño en mis textos hasta creer que fue otro quien los escribió, o que de haber sido yo hoy sería incapaz de reescribirlos. Hay mucho miedo a la pérdida de la memoria, la herramienta primordial de todo escritor, que no pocas veces me digo que he perdido la práctica, que no tengo talento o que si lo tuve ya lo he perdido. Escribiendo esto creo lo segundo, que ya no soy capaz de las bellas frases, del encadenamiento de palabras que dan como resultado una prosa decente, digna de mis años de formación.
Aunque parezca ser que todo en mi es resignación, que doy lo perdido por perdido, sin ánimos de recuperarlo, creo que seguimos siendo, en cierta medida, los que fuimos. No es que hayamos dejado de ser, sino que el porvenir, desde ese pasado divergente, nos dio otros yos. Nos multiplicamos en uno sólo, acaso por eso nos cuesta reconocernos porque hemos pasado a ser multitudes. Ese espíritu libre y revolucionario, que trataba de hacer del mundo un lugar mejor no se ha disipado. Yo creo que se dio a otro mundo, acaso uno más abarcable, al que podía de verdad cambiar con muy poco esfuerzo. El amor resulta indescriptible, y está bien que sea una experiencia más allá del texto, inefable, porque al describirlo pierde todo ese valor. No pongo en duda que el amor, así, fuera del texto, pueda todavía atravesar las barreras del tiempo y el espacio, y para prueba aquí tienes a un escribidor que, a las pocas horas de la madrugada te escribe el día de su cumpleaños porque se ha obstinado en no dejar que pase como un día cualquiera aunque sí pasó como un día común y corriente.
Hay una frase de Juan José Arreola que dice: «La mujer que amé se ha convertido en fantasma y yo soy el lugar de las apariciones». Esa voz vibrante de mujer ilusionada, con los ideales a flor de piel, a mí todavía me habla entre líneas; la entreveo en la carta que me has enviado. C., la de ayer en conjunto con la de hoy sigue presente, se me aparece como dulce ilusión, como representación de lo inmutable. ¿No crees, al releerte, que C., la joven e ilusionada, la del amor como fuerza imparable, capaz de todo, sigue más presente que nunca?
La novela de Mario Vargas Llosa tiene un lugar especial en mi memoria poética. Ricardo Somocurcio tiene mucho de mí, acaso mucho también de todos los que hemos sido heridos de literatura: letraheridos. Como Somocurcio yo sigo creyendo en el amor a perpetuidad, incluso sin contacto ni frecuentación, como una lámpara de inagotable aceite, como dice Sabines en su poema. Amores que no se agotan, que perviven incluso prescindiendo de los enamorados. Dos que un día se encuentran y que con besos y palabras hacen nacer mundos. Tú y yo podríamos encontrarnos, en un lugar y tiempo imprecisos, y sentir el mismo cariño sin tiempo.
Nos dimos con palabras, C., el amor —que por pudor nos empeñamos en llamar cariño— nació como poesía en prosa, en lo que parecía una simple y constante conversación. Fueron palabras, meras palabras para los que creen que la presencia física es importante, lo que nos hirió con gozo en el alma. No estaríamos aquí, tan cerca en la distancia de no haber tocado muy dentro, el uno en el otro y viceversa.
¿No crees que la joven C. sigue siendo joven porque sigues siendo tú? Sigues inspirando palabras, encadenando oraciones en raudales de prosa acompasada por un corazón que late porque sigue vivo. Hablas de la luna y el sol. Allá el día todavía no se agota. Allá no cae esta noche que aquí me agrega un día más de vida al año que acabo de pasar. Allá eres mi sol y aquí eres mi luna. Y brillas, y resplandeces y alumbras y me quemas dulce en la piel.
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