Todo me cansa, incluso lo que no me cansa. Mi alegría es tan dolorosa como mi dolor. Si pudiera cambiar esta vida con el solo chasquido de unos dedos la cambiaría por este mismo instante, el departamento en la rue Du Dauphiné. Decir que cambiaria todo, como si no fuese imposible, para no cambiar en absoluto nada. No cambiaría este día nublado, tampoco la lenta garúa que moja los cristales, ni siquiera el incipiente hastío, tampoco la precariedad al acecho, a muy poco de saltarme encima como león hambriento. Qué paradoja, querer un cambio sin querer que nada se mueva de lugar. Esta silla, mis pies envueltos en una sábana, el rumor de la música, los árboles casi inmóviles. Dejar que una frase larga, sedienta de consuelo, se deje llevar por el ritmo de mi desacostumbrado sentir. No he estado presente, prisionero de cuatro paredes. Ayer, como una felicidad no pedida, he viajado, recorrido calles oscuras, apenas iluminadas por una farola, guiado por la voz incomprensible de una mujer sin rostro. He agotado el viaje hasta lo imprevisible, mezclado fuentes, edificios, plazas, todo en un mismo lugar, ciudades en un mismo espacio, retenidas en el inasible presente de la rememoración. Fue la saudade, tristeza y alegre nostalgia juntas. Me volví a enamorar, y enseguida sufrí por la separación. Caminé calles desiertas, saludé con un abrazo a una vieja amiga, vi venir a una joven enamorada hacia mí, su mirada ilusionada, enamorada hasta la médula, cuánto me quería y cuánto terminé despreciándola.
Fue mi culpa, apareció otra mujer de mirada distraída, de un andar encantador de torpe, y me enamoré hasta lo indescifrable. Ella lo fue todo hasta que su presencia fue intermitente, luego vino una mujer de piel tan blanca, de pasado escabroso, tocó una música con un instrumento que me era desconocido, me contó mi padre murió cuando era niña, se suicidó. ¿Qué dije? Acaso que lo sentía, cómo dar un pésame cuando ya no es tiempo. Me dejó una carta, me dijo, una carta de despedida. Y yo la besé como diciendo gracias por la confianza. Me dejó porque yo la dejé, porque no podía ser el hombre de su vida, ya no, no puedo estar con alguien como tú, no te tengo confianza. Trato de retener las noches juntos, la luna desacostumbrada, de un abrazo de frío, la difícil despedida por la mañana. La quise en mi vida cuando ya era tarde, cuando me había quedado de verdad solo, cuando de verdad la necesitaba. El pecho se me oprime al traerla, de nuevo juntos en el teatro, felices de la mano, nadie me había tomado de la mano antes, así como tú lo haces, me gusta que me quieras, que no te ocultes. De ese día guardó la fecha como souvenir en un boleto de metro, y yo no guardé nada material, tan solo su imagen, sentada a la espera en una esquina de la inmensa plaza, leyendo un libro, su pelo negro. Le gustaba caminar, lo hacía sin importar el tiempo, la distancia que fuera, el tiempo que tomase, y yo nunca la acompañé hasta el abismo. Nos vimos una segunda vez como tentativa de recuperar el tiempo perdido, para darnos cuenta si la pasión prevalecía, si no había sido un juego de niños. Ambos descubrimos, primero ella, que ya nada quedaba de la pareja de antaño, los besos ya no sabían igual; me dio un libro como regalo de cumpleaños y de despedida. Luego ya no nos vimos, nos intercambiamos silencio por silencio, mi último mensaje de agonía y ella de indiferencia.
Ya no es.
Y ya no somos.
Me he detenido en ella cuando ya nada importa, cuando me he inventado otra vida. Construir de nuevo la frase larga donde la intención no sea la misma, hacerla mía como nunca lo fue. Ella fue el fuego que nunca quise y, como si fuese una prueba del azar que muchos se empeñan en llamar destino, se me apagó lento para volverse cenizas. Vino el arrepentimiento, he traicionado la confianza por no haberme negado a vivir. Y qué bueno que lo hice, pues aquello no duró más de lo que estaba previsto: un amor de temporada, hasta que la vida tomase su acostumbrado rumbo. Y yo tomé el rumbo de la desgracia, de los remordimientos aunados a un recuerdo vacío, el llanto desprevenido, al ahogo de la pena, la primera vez del no querer vivir, para qué, y mi obstinación ridícula, para cuando ya no hacía falta. Sin embargo, el viaje no se detiene, estoy ahora sentado solo frente a un canal, el sol en alto, un frío agradable. Estaba con ella, pero ahora estoy solo, incluso en las fotos juntos aparezco solo, ella se ha borrado. No por venganza, siempre he estado solo, es la consecuencia natural de vivir para mí mismo. Vago por mis recuerdos como si no me pertenecieran, como si fueran de otro: fui otro. No logro escribir la frase deseada, una frase que, de tan poco escrita, no viene como natural reiteración. Todo se construye de ideas inconexas, de sinsentidos frugales, de mi antipatía inherente. Mi alegría es dolorosa porque ya no es. Levántate y anda, me pide el cuerpo, y yo todavía no es hora, no he completado las mil palabras. Sigo, ahora viajo solo, se me ha obligado a regresar antes de tiempo, dejarla sola, qué rabia me da el no haberme quedado, todo porque el trabajo obligaba, cuando el trabajo podía irse al carajo, y no dejarla sola, que era nuestro viaje juntos. Ella me ve partir, yo le doy una adiós tímido desde la ventana, queriendo no irme. Y regreso solo, espero solo en la sala de espera, la voz de autómata que anuncia las salidas y las llegadas, el vuelo tiene retraso, más horas perdidas y la espera solo mientras ella hace turismo sola, me comparte lo que ve, me haces falta, me dice, y yo apesadumbrado quiero estar con ella, al carajo el trabajo, pero ya es demasiado tarde
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