Ocho horas de trazos y de una conversación que, sin afán, logró darle vuelta a todo. Sé que hay sueños que parecen revelación, que tienen la fuerza para conectar con la vida de este lado para volverse letra escrita y letra muerta. Yo ya sabía que las palabras tienen la fuerza para sublevar deseos y también para volverlos fuego fatuo: disiparlos. A la pregunta de si lo de ella y yo se inclinaba hacia algo romántico dije que no sabía, que empezó como una promesa, un veámonos para ver qué pasa y que luego giró hacia las cartas que no tuvieron continuación, pero que ya habían puesto en acción la máquina infatigable del amor. Como toda persona con una educación sentimental que lleva al cuestionamiento natural del actuar humano, tenía mis dudas, pero que en nada tergiversaban lo que sentía y pensaba. Mi actuar ya estaba inclinado hacia el encuentro, a pesar de las advertencias que para mí, desde siempre, habían resultado vanas.
Sí, los sueños, al menos los míos, encarnan sospechas de este lado, a veces miedos. ¿Que si los sueños se cumplen? Sí, al menos los míos, cuando se tratan de una trama bien hilvanada, que tiene razón de ser de ambos lados de la vida, ambos sueños. Y se cumplió con el mensaje de S. que no me supo a sorpresa sino a Déjà-vu: no volveremos a vernos, no el lunes, no nunca, si tenías dudas de mi vida privada me lo hubieses preguntado a mí. En mi sueño todo se disolvía, ya no tenía razón de ser, y era culpa mía: la sospecha que me parecía en un principio nimia se volvió el temblor que desmorona dos ciudades. El hecho de volverla palabra fungió como la espada que decapita, que atraviesa, que corta anhelos y deseos.
Qué mas daba si lo sabía o no, para efectos prácticos daba lo mismo. ¿He de lamentarme por la promesa que no se cumplió? Ya he perdido tantas veces que la resignación me parece senda fácil de recorrer. Como si la resignación fuese mi encrucijada, el lugar donde he preferido quedarme porque lo que se pierde no puede recuperarse. Me quedo con la extrañeza, con mi incredulidad derrotada por un pensamiento que ayer me parecía mágico. ¿Existen fuerzas oscuras que dan luz, que dan razón? Acaso debo dejar que me muestren el camino que temo recorrer. ¿Debo dar el salto? El vértigo no es el miedo al vacío sino el deseo de caer, que esa caída no se termine, que el vacío sea la caída incesante y no el final. He aceptado mi eterno retorno, la vida con sus virtudes y sus ofensas; sus recompensas y sus golpes. Si volviera a nacer tomaría las mismas decisiones para que me llevasen a la misma calle, a la misma noche de todos los tiempos. No me consuela el por algo pasan las cosas, no reprocho el natural paso del tiempo, no me obstino con lo que pudo haber pasado, y tampoco me interesa reparar los errores que todavía no sé si de verdad lo fueron.
Ah, de la vida, nadie me responde. Aquí de los antaños que he vivido, la fortuna mis tiempos ha mordido, las horas mi locura las esconde. Falta la vida, asiste lo vivido, y no hay calamidad que no me ronde. ¿Qué sabía Quevedo de mi vida que entonces no era vida? Sabía que me iré sin nada, que hay mucho perdido, poco lo ganado pero que consuela. No habrá pasiones que desatan destellos de locura, no tendré la vida leve y breve de Larsen en Santa María. Que digan nombres, ninguno es mío. ¿Se sufre de soledad? Rilke decía que es bueno estar solo porque la soledad es difícil, y si algo es difícil, uno debe intentarlo. Estar solo mientras la soledad no se vuelva en mi contra, mientras no se me torne en desolación. Me quedaré con una parte del ayer, con mi nostalgia que siempre es recompensa. Dentro de unos días partiré no sin haber vivido con aciertos y errores. Dejaré este lugar y esta noche que ya no me pertenecen, que me miran con la sospecha que merece todo extraño, todo extranjero. No soy bienvenido, estoy de paso mientras pueda, hasta que pronuncien el nombre que sí es el mío.
Me quedo con la extrañeza de lo que creí que ya no podía ser posible, pues los sueños ya no me sabían a augurio, tan solo a las reminiscencias diáfanas de lo no vivido. Pensé que lo onírico ya no tenía cabida en el reino de este mundo. Acepté que no era dueño de ninguna clarividencia, que no había conexión alguna con la vida del lado de allá y el de acá. Sin embargo ayer esa sospecha dejó de serlo: los sueños y los números tienen algo de subversivo y abominable, tiene algo de espejo: reflejan. Ya no hay calamidad que no me ronde, como decía Quevedo, ya nada tiene el don de sorprenderme, de tomarme sin previsiones. Acaso me he vuelto el abúlico, no insensible, pero sí displicente. Acepto lo vivido, soy un fue y un será y un es cansado. Si me dieran un boleto hacia cualquier lugar elegiría esta misma desdicha amarga, como mi corazón.
El viento de la noche tal vez pueda
no entregarme mi nombre
decir sólo que tuve
una vez en la luna de la infancia
un nombre que era mío
como lo eran
las manos y los ojos.
Ya no tengo la rebeldía de ayer, ya no me obstino, soy un desganado. Me quedo con el desconcierto de los sueños y los números, pero ¿qué voy a hacer con ellos? Los seguiré soñando, seguiré contando misteriosas coincidencias, inexplicables señales. Serán acaso luz en mi oscuridad. Y me quedaré también con la biblioteca de infinitos libros, con alguno de arena entre ellos. Me quedaré con el otro e indagaré en las sucesiones de difunto en que me he convertido. ¿Quién fui y cuántos?
Es una despedida adelantada. Fue todo una promesa sin garantía.
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