Tengo ganas de estar libre de mi prisa, tengo prisa por acostarme y despertarme sin decirme: adiós, tengo prisa.
Si tan sólo I. pudiese saber las razones de mis descontento me entendería. Sabría por adelantado que me provoca un escozor de loco los mensajes que deja sin respuesta. Esos mensajes que escribo de noche, cuando acá es de día y ella duerme, donde me esfuerzo porque las palabras sean cristalinas para que la idea llegue entera, para que no se malinterprete. Me siento contrariado sin justificación, por mor de la indiferencia, por su insistencia a llamarme para asaltarme con su imagen, su desencantado buenos días y pasar a otra cosa, hacer de lado los mensajes que escribí. Me hace sentir sin mérito, mi tiempo echado a la basura como las páginas que yo he guardado en un lugar oculto de mi memoria. Me siento ofendido sin haber recibido ninguna ofensa, y no puedo hacerle el reclamo a I. así, de la nada, porque sí. Prefiero anteponer mi negativa a la conversación, a la videollamada que me frustra porque hay que decir todo sin la tregua que otorga la palabra escrita, de lenta reflexión, de escribir al vuelo para luego borrar aquello que desencajaba con el resto del texto. Quería que ella supiera que el filme Her, lejos de los aspectos técnicos del guion, la corrección color, la fotografía, fue como un martillazo que fracturó la espesa capa de hielo de mi sentir. Entendí que ninguna historia de amor es para siempre, que el otro, la persona amada, lleva una existencia separada del sentir del enamorado. Me hizo retroceder en el tiempo hasta dar con las tantas veces que he sido rechazado. Siempre con el mismo método: interponiendo la distancia, construyendo un muro infranqueable de silencio, de desviar la mirada, de ocultamiento que me deja tan sólo con un lugar oscuro. Quiero evitar las comparaciones, pero he contado en mi haber las rupturas amorosas que han terminado ora en la diferencia ora en el bloqueo doloroso. P., quien con justa razón, después de los incontables agravios de confianza, de desamor y de desprecio terminó por reducirme a difunto, aceptar que yo, o esa parte de mí que ella había querido, había muerto. S., quien cortó de tajo la compañía para dejarme extraviado en una soledad que desconocía, afecto a su presencia que en su momento fue mi todo. Por último D., que durante años me acarició con su amor itinerante hasta darlo por terminado el año más doloroso de mi vida, el año en que murió mi padre.
Para ellas guardo un rencor sin ánimos de venganza, más bien inclinado a la resignación. Se fueron por cuenta propia, muy a pesar de mis súplicas como destellos en una noche de bruma. E I. está a tan poco de hacer lo mismo. Me dice que su paciencia está fallando, que carece de ella, que no sabe hasta cuándo podrá con la abstinencia. Me pide que no me alarme, pero yo lo interpreto como advertencia. Es tormento, me dice, quererte tanto y no poder tenerte es casi como un castigo. Así me lo dice y yo enseguida pienso que lo nuestro, en lugar de darle fuerza, la lleva de la mano hacia el llanto, la desolación. ¿Te estoy haciendo tanto mal? Y ese hacer mal no lo entiendo, y ella me dice que no es mi culpa, y yo no dejo de disculparme, de sentirme como el verdugo de su vida. Es cuando resuena el agua del vertedero desamoroso del ayer. Evitando las comparaciones me llegan las voces de P., S., D., D.. Y vuelvo a la evocación de mis desgracias amorosas, al lamento de hombre solitario. I. ignora que puedo caer muy hondo en mi desesperanza. Es en ese lugar profundo de mí mismo donde nace un odio injustificado. En la oscuridad me esfuerzo por ver una entrada de luz, una forma de salir avante, de no darme por vencido. Y cuando salgo decido hacer daño con mi negativa a pronunciar una palabra. Me vuelvo parco, decido portarme de mala forma, ofendido por alguna reminiscencia del pasado reciente. Evito responder. He sentido ese mismo rechazo como cuando me rehúso a responderle la llamada a mi madre, adelantándome a lo que me va a preguntar, a esos lugares comunes de la charla entre madre e hijo.
¿Para qué? Me pregunto. ¿Cuál es ese motivo de mi desesperanza? Me nace una rabia primordial, harto de las advertencias: no soporto la soledad, es un tormento no tenerte, no sé vivir así, no sé hasta cuándo podré resistir. I. tiene una relación muy estrecha con su sexualidad, no puede dejarla de lado: es un tormento, no deja de repetírmelo. ¿Acaso no sabe que para mí también es tormento esta soledad de muchos años? Lo es, lo es tanto y no vengo a quejarme por lo que todavía no puedo prever. Yo no he buscado a nadie más para llenar este vacío de mortandad, falto de intereses, falto de suerte. I. no sabe que yo he renunciado desde hace años al amor, que ya ningún idilio me parece seducción. Es fatiga, I. Y creo que tú y yo no tendríamos un lugar en el porvenir. ¿Por qué? Porque desde que murió mi padre he cambiado la opinión que tenía respecto a la familia. Quiero tener descendencia, un hijo que me vea morir como yo vi morir a mi padre. Quiero dejar algo a mi paso, hacerles caso a las palabras de mi padre difunto. Él así lo hubiese querido, que yo criase a un hijo, que intentase ser mejor padre que él. Un hijo para que yo pueda hablarle del abuelo que nunca conoció, darle cuenta de la infancia que yo tuve a su lado, del apoyo incondicional que me dio y que yo a mi hijo, a él, nunca le negaré. Puede sonar egoísta, una especie de consuelo por todo aquello que no pude realizar. Tener un hijo para sentir que he cumplido algo importante en mi vida. ¿Tú me podrías dar ese hijo que tú no quieres? De qué sirve querernos tanto, alabar nuestros atributos sin poder crear vida a partir de lo que somos.
Deja un comentario