El abismo tendrá que consumarse

01/06/2024

S:

Pensar en escribir es más fácil que llevarlo a cabo. Las palabras me llegan fácil durante la duermevela, como canción de cuna en prosa. Sin embargo, una vez frente a la página en blanco, me sobreviene la abulia, un sentimiento de renuncia vil que se pone en mi contra, contra mi inventiva y que me invita a dejarlo para otro momento, para cuando las ideas y los sentimientos fluyan como ríos. No obstante estoy aquí, fatigando a la página en blanco, tomándome en serio la afrenta contra lo desconocido, el no saber qué frase seguirá a la siguiente y qué será de esta carta que escribo temeroso. Quizás las mejores palabras nacen de lo intempestivo, de un impulso —impulsivo como tu carácter— creativo. Acaso esta carta tiene que ser así, presa ya de lo fortuito, como mis planes de salir un miércoles rumbo a Puerto Vallarta, publicar mi viaje en un aplicación y aceptar las solicitudes de personas que no conocía y que ni siquiera tenía la certeza de que fuesen reales. ¿Eres todavía real, S.? Ya no he de suponerlo: eres real porque ahora te escribo. Lo real irrumpió como lo mágico en mi vida calma, de lento andar, y de golpe me supe preso de las circunstancias y de las probabilidades. El viaje salió bien, la conversación aceleró el paso del tiempo y, días después de lo que había pensado que era una despedida para siempre, volviste intempestiva como yo ahora escribo. Esta carta tiene mucho de palabras al vuelo y otro tanto de deseo de volverse texto.

La lectura —no sólo en el natural paso de querer ser escritor— antecede siempre a la escritura. Mi jornada de lento escribidor comienza con un libro al azar entre tantos que ahora desbordan en sillas y mesas. Da gusto ver cómo los libros se van apropiando del departamento, no por mor de un lector descuidado sino por su instinto libresco de permanecer, de acechar discreto. También hacen del apartamento un hogar, un refugio. Durante el confinamiento, cuando todo hablaba de pandemias, decía que mi apartamento era tanto mi cárcel como mi guarida. Una cárcel gozosa de paredes mortecinas —por blancas— donde yo me encerraba feliz de la compañía de soledad y silencio que me son tan necesarios para encontrar y escuchar a un yo que se me escapa cuando paso mucho tiempo fuera y finjo no ser el que lee y escribe.

Y volviendo a lo de la lectura, vengo de leer El invencible verano de Liliana, el libro del que hablamos breve ese miércoles por la mañana, cuya autora, Cristina Rivera Garza, acababa de ganar el premio Pulitzer. En la novela que no es novela sino crónica de la muerte de la única hermana de Cristina, sabemos mucho de Liliana gracias a lo que había dejado escrito. Cristina puede reconstruir varios años de la vida de su hermana, a quien llama la verdadera escritora de la familia, a partir de un archivo personal que nunca se escribió para tales propósitos. ¿Quién le iba a decir a Liliana que sus textos, entre cartas y poemas, iba a ser la materia prima para que su hermana le otorgase la vida eterna? De ahí lo valioso que tiene lo escrito. Los textos sobreviven a quien los escribe. El tiempo nos borrará del porvenir, apagará nuestras voces pero lo escrito permanecerá obstinado siempre y cuando haya un lector dispuesto y presente.

Ayer, minutos antes de salir hacia el trabajo, ordené frenético mis cuadernos. Por fin pude contarlos, darles un número, saber que en 22 cuadernos está la prueba de que he vivido. Ya me he lamentado tanto por no tener registro antes del 2019, pero he aprendido a no menospreciar el empeño de llevar un recuento de los días desde entonces, aunque haya sido tarde. Me sobreviene la alegría del que ha cumplido fiel a su promesa, no dejar pasar un día sin escribir. Pero justo ahora —por ello el deseo de escribirte— me asalta el miedo a la muerte. Sé que, como a Liliana, la novela de mi vida estará terminada con mi muerte. Que escribiré hasta que ya no haya más vida, y que entonces alguien más podrá poner ese punto final, al menos dejarlo claro, a todo lo que me llevó una vida —quién sabe si corta o larga— escribirlo. Mi padre murió sin dejar nada escrito. He soñado, como consuelo, que se me hereda su memoria a falta de sus textos. Mi padre sobrevive en mí superficial, una de sus tantas facetas. Con lo escrito espero, sin pretensiones, permanecer para quien quiera leerme, que pueda encontrar mi pensamiento, dar con mi subconsciente: no borrarme. Ya no lo supongo, sé que todo escritor aspira a la eternidad, y en esa eternidad los nombres se borran. Yo aspiro a ser un autor anónimo a cambio de que lo escrito sobreviva.  

Hay una frase de Borges que me da un tanto de consuelo:

Todos los hechos pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio. No hay consuelo más hábil que el pensamiento de que hemos elegido nuestras desdichas.

¿Crees que hemos elegido nuestras desdichas, que toda muerte es un suicidio? Si uno lo piensa, haciendo el cálculo de todas las probables vidas que dejamos ir por una nimia decisión, como un día salir más tarde o más temprano de casa, caemos en ese lamento por todo aquello que dejamos ir, que perdimos por algo en apariencia sin importancia.

¿No da para pensar qué decisiones nimias nos llevaron a algo tan trascendental como habernos encontrado y haber coincidido en una conversación tan estimulante?

Qué tremendas las cosas no vividas, dice lo que anoche me enviste. Pienso en ese trago que nos prometimos, que de no tener la distancia de por medio hubiésemos tenido ya la alegría de despejar dudas —existenciales— al encontrarnos. ¿Pero no nos hemos encontrado ya de otra forma acaso más profunda por textual? Nuestra conversación giró en torno a las letras y ahora nos escribimos palabras como homenaje y también como promesa. Si la sombra se aparta vagabunda, el abismo tendrá que consumarse. Yo sé que esa sombra son los muchos kilómetros lejos, que se apartará el día alegre que volvamos a vernos. En ese momento, desde el saludo temeroso, el abismo tendrá que consumarse.

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