Sin ánimos tributarios, quisiera entregarme, sin más reserva que la de una intención abocada al fracaso, a la adoración de este hastío. No me hallo en lo insondable de mi escritura: soy de fácil devaneo, reiterado pesar de paso sosegado. Proclive a la locura, al impulso desmedido, a creer en cualquier cosa y luego desdecirme. Agnóstico confeso, escéptico, nihilista, apabullado por el mundo y sus acostumbradas formas. Este día no me conviene. Antes sí, cuando la tormenta cubría de gris el paisaje, cuando la garúa, incesante, componía su música de fondo. Yo era feliz con la lluvia, con el cielo nublado, no con este sol impiadoso que me recuerda una felicidad no pedida, sol de nostalgia, aroma de un pasado que no ha pasado nunca.
Ayer, en medio de una lectura, recordé a papá en sus peores momentos. No su rostro ni su voz, sino su aliento alcohólico: papá desvariando, tropezándose, tambaleante, primero desafiante, luego desvalido, como un niño abandonado, bañado en lágrimas. Papá se transformaba al beber, si bebe todavía, lo hace. Primero la euforia, pletórico de vida, diciendo sí a todo, mi aventurado padre, luego la agresividad, el insulto fácil contra su mujer y sus hijos, finalmente el derrumbe: un hombre arrepentido, hambriento de cariño, deseando morir. Yo lo escuchaba, incapaz de consolarlo, porque no podía fungir como el padre de mi padre. Sentía su aliento golpeándome la cara: un olor ácido, profundo, a punto del vómito. Luego se dormía enseguida, roncando bajo una sábana ligera, en ropa interior, olvidado de desvestirse. Llegaba la mañana del olvido: la cama empapada en sudor, el aire irrespirable, mamá abriendo cortinas y ventanas mientras papá se duchaba, jurando no recordar nada.
Eso era los domingos, casi como un rito, hasta que mamá le propuso un alto complaciente, puedes tomar aquí en la casa, no hace falta que vayas con tus hermanos, pero papá no aceptaba, tengo derecho a distraerme, decía, trabajo todos los días, es mi familia, son mis hermanos. Mamá, ya cansada, le recordaba cómo sus hermanos se habían aprovechado de él, acuérdate cómo nunca te ayudaron, cómo se aprovecharon de ti, y papá cerraba el asunto diciendo, eso ya quedó en el pasado, mujer.
Con el tiempo, dejó de beber en exceso. Ya no arriesgaba la vida al conducir ebrio. Llegaba sano y salvo, pero apenas cerraba la puerta de la camioneta, el alcohol le vencía. Se desplomaba en la cochera, incapaz de sostenerse en pie. De no ser por la piedad de mi madre, habría amanecido allí, ayúdame con tu padre, hijo, no puede levantarse, me pedía. A veces éramos nosotros, los hijos, quienes no podíamos dejarlo tirado, aunque mamá dijera, déjenlo ahí, que le dé vergüenza mañana. Pero no podíamos. Lo levantábamos, le quitábamos los zapatos, lo llevábamos a la cama, mientras mamá se iba a dormir a otro cuarto.
Quizá por esos episodios que decía no recordar, papá dejó de tomar los sábados. Después del trabajo venía a casa, tomaba una cerveza para abrir el apetito, comía con moderación, ponía una película y se quedaba dormido en el sillón, a mí también me pasa, o salía al patio a fumar. Ya no fumaba dentro de la casa, y también fumaba menos: una cajetilla le duraba dos o tres días, no como antes, cuando se consumía en horas. Quizá porque la nicotina le daba la calma necesaria para seguir diciéndose, así y aquí nos tocó vivir.
Padre solitario, todavía sigue partiendo cada mañana hacia el trabajo, unas horas nada más, por no perder la costumbre.
Y yo, sin trabajo, acumulando historias inconexas, refugiado en estas cuatro paredes de cementerio, a la espera de que pase la tormenta. Papá no estaría orgulloso, no es lo que yo te he enseñado, diría. Pero nunca me pide que regrese. Nunca. Es mamá quien insiste, ya regresa, hijo, qué haces tan lejos.
No puedo regresar. Uno elige su condena, sus fracasos y su muerte. Toda muerte es un suicidio; toda pena, premeditada. Soy el único responsable de esta desgracia que se me cuela por los huesos, de este tiempo que me agota y me envejece. Tantos años pasados, y sin lograr nada.
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