Pasado recóndito y dulce

«Pasado recóndito y dulce, el ayer de los años que nos precedieron, los allegados que nos legaron un porvenir a partir de aquello que vivir tiene de trivial y fortuito. ¿A quién debo este río retumbante de ideas que tiende a desbordarse?»

La enfermedad del tiempo

Itinerario en pausa: la vida afuera durante un día y la sensación de que se me han escapado horas esenciales para la creación. No se puede vivir así, con esta angustia como una enfermedad que consume poco a poco hasta matarnos. Pensar que el llamado puede llegar en cualquier momento, justo cuando uno no pueda... Leer más →

La distancia que escribe

Lo vi por última vez hace tres años. Su voz era la misma, esa que no se me escapa de la memoria. Le compré con gusto un viaje al pasado a través de las papilas gustativas: el mismo sabor de la infancia, de la adolescencia y de la vida adulta. Le pagué de más por la admiración que le tenía, por su alegría imperecedera, fruto de años de fermentación del carácter, como la masa con la que se prepara la histórica bebida.

Dar cuenta de la vida

Pero la madre regresa a la infancia, a los miedos nunca superados. El miedo al agua, por ejemplo. El no haber aprendido a nadar. Cuenta que estuvo a punto de morir ahogada, y al hijo esa imagen le trae el eco de su propia inexistencia, la posibilidad de no haber sido si su madre no se hubiera salvado. Fue en Chapala, cuando uno todavía podía bañarse en la laguna, cuando estaba azul de bonita, el agua bien clarita y el sol bien fuerte. Tu abuelo nos llevó. Yo me metí sin saber nadar, o sin saber nadar muy bien, pero me fui muy lejos, como si el movimiento del agua me arrastrara cada vez más adentro. Cuando me di cuenta me ganó la desesperación. Quise regresar a la orilla, pero ya no tocaba el fondo. Empecé a gritar. Ya no me daba cuenta de lo que pasaba. Fue tu abuelo quien me sacó —y el hijo piensa que le debe por partida doble su existencia al abuelo— casi desmayada, jadeante, sin poder respirar del puro miedo.

Aquí nos tocó vivir

—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña. Muy grande porque mis hermanos y yo teníamos espacio para correr y jugar. Muy pequeña porque ninguno tenía su propio cuarto. La sala era enorme y ahí pasaba casi toda nuestra vida: cenábamos viendo una televisión diminuta, cuyo sonido solo volvía cuando alguien le daba un golpe. Crecimos viendo la tele; no lo hicimos leyendo libros. Los libros llegarían más tarde. Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.

Vidas que se parecen

La historia se me fue de las manos. Hablaba de vidas similares, de niños huérfanos, y la historia de mi abuela se abrió paso con su desgracia nunca compartida. Yo, tan solo testigo semanal de su sufrimiento. Si tan solo mi abuela hubiese escrito, contado su juventud, su vida adulta en cartas… Pero esta familia no deja nada para la posteridad, sino el caprichoso y cambiante recuerdo. Quizá por eso escribo: para que en esta familia alguien rompa el silencio que los unió.

Fuego con el juego

Esa era mi manera de jugar, mi descubrimiento primigenio del fuego. La relación estrecha con la eternidad que me precedía, con los primeros hombres que lo descubrieron —de algún modo alojados en mi ADN—, con el primer piromaníaco de la historia, un desconocido entre mis antepasados. Yo, heredero de su placer por ver arder las cosas, pero con el cuidado de que ese fuego no me consumiera.

Leyó libros. Agotó páginas.

Fui otro. Acaso más feliz. O menos melancólico. Pero siempre huidizo. Un niño buscando soledad en una azotea, un lugar para hablar solo. No se me dieron los libros, pero desde el inicio se me dio la nada. Los pocos juguetes. La imaginación propicia y a la altura de mi situación. Determinado a querer, desear ciertas cosas y no poder tenerlas. Querer tener lo que no tengo. La reparación del daño. Purgar los pecados de mis padres. Abocar mis fuerzas y mis años a completar la biblioteca que no hubo. Allí donde el niño pudo haber pasado las largas horas.

Fatigar los días

Papá se transformaba al beber, si bebe todavía, lo hace. Primero la euforia, pletórico de vida, diciendo sí a todo, mi aventurado padre, luego la agresividad, el insulto fácil contra su mujer y sus hijos, finalmente el derrumbe: un hombre arrepentido, hambriento de cariño, deseando morir. Yo lo escuchaba, incapaz de consolarlo, porque no podía fungir como el padre de mi padre.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑