Carta a un escritor que no escribe

Último recurso del día: renunciar a la lectura por unos minutos de sucinta escritura.

Alex dice que no siempre tiene ganas de escribir. ¿De verdad hay que tener ganas? Escribir es una necesidad, querido Alex, una gozosa maldición, la bella e irremediable condena de traducirse a sí mismo en palabras, fatigar otra página en blanco porque sí.

Tú te has dado con gusto a la renuncia, ¿sabes por qué? Porque no escribir es sencillo, cosa fácil para quien no lo tiene como propósito abocado a la eternidad. ¿Quieres ser escritor sin escribir? No se puede ser un ágrafo por mucho tiempo so pena de estropear los avances conseguidos con las páginas ya escritas. Hay que escribir sin tener motivos, como yo ahora, amanuense por azar, porque el tiempo se me ha dado.

Estaba por leer a García Márquez y de repente pensé en un cuento guardado. Pensé: debería publicarlo ahora mismo, ya corregido, hacerlo texto a través de la lectura del lector ajeno, invisible amigo. Y lo he hecho, Alex, y es así como he venido a la página en blanco a decir lo que pienso, como si estuviese conversando contigo sin que tú lo sepas, sin una posible respuesta.

No recurriré a la deshonestidad sosegadora que salva amistades. Te diré sin rodeos que tu bloqueo me parece injustificable, que has dejado ir días valiosos de escritura. Te has condenado al silencio por el temor a no ser bueno. Has puesto tu talento en entredicho. Has dejado que el crítico se apodere de ti, encarcelando tu ser creativo, negándote al canto consolador de las musas.

Me has dicho que no es tan sencillo, que para mí es más fácil gracias a mi vida estable: tienes un lugar fijo donde vivir, libros en casa, una novia, yo no tengo nada de eso. ¿Pero por qué no escribir sobre esa nada que te falta? Te lamentas por lo que no tienes, por tu innegable tristeza consecuencia de la desolación fortuita, y lo refuerzas con la negativa de no escribir desde esa oscuridad que te bloquea.

No es verdad tu suposición: no escribo con deseos de hacerlo. Cada día pospongo la escritura para el momento inopinado de lucidez, de inspiración necesaria. No son pocos los días en que la inspiración, el canto de las musas, no llega. La desesperación llega de noche por no haber escrito una sola página, y entonces, muy a pesar mío y de mi fatiga, tomo mi cuaderno y pluma y comienzo con una frase simple, no desatinada pero sí de lamento por el día que se me ha ido sin pena ni gloria.

Escribo desde la adversidad, desde mi fuero interno de no escritor, de escribidor de diarios sin forma, sin una notable prosa, con el denuedo irrisorio de quien escribe imaginando un futuro de triunfos y reconocimiento. No pocas veces la página escrita resulta una flagelación. Me declaro incapaz de escribir ficción, sin talento alguno para la escritura, un eterno principiante, de un éxito rampante para el mayor de los fracasos.

No soy sobresaliente, Alex, soy el escritor entre las sombras, oculto a perpetuidad, acaso publicable post mortem, cuando ya nada importe. No me interesa la gloria irredimible del futuro donde yo estoy ausente, ese futuro que no se puede recordar. Quisiera, no sin una innegable egolatría, ser el escritor de mi tiempo, no del mañana; alcanzar ese éxito como malentendido de escritor, figurar en vida en el panorama literario, no vivir entre las sombras, la inocuidad desoladora de los que no existen, sino ser sobresaliente, con una cantidad considerable de lectores.

Pero como puedes ver no soy nadie, no soy nada, soy apenas el fenómeno del hombre que escribe, las esperanzas puestas en el porvenir, en la creencia de que cada página escrita me conduce, paso a paso, por el buen sendero. Escribir para mí es no quedarme en la encrucijada, andar por el camino de los que creen tener la razón, aquellos que no dudan de que el camino seguido sea el equivocado.

Sin embargo, la derrota no me es ajena; el flagelo innecesario contra mí mismo no es infrecuente, tampoco el miedo que me impide, me veda, todo sosiego. Hoy me siento derrotado, sin el ímpetu necesario para dejar de ser llevado por el viento salvaje del fracaso. Soy la frágil mariposa dirigida por una ventisca determinista, sin posibilidades de tomar otra ruta que esta: la calma entre los libros que no me son indiferentes, mi medianía de todos los días.

Pero soy el escritor rebelde que, sin ser escritor, se rehúsa al silencio de la página en blanco de todos los días. Escribo como protesta contra mi incapacidad de sobresalir. Dudo del porvenir, pero no rehúyo del presente, de esta página que se ha llenado con la conversación que nunca tendremos.

No me resigno al silencio, a ser el escritor que no escribe, un ágrafo conforme, un Bartleby que prefiere no hacerlo, el silencio como protesta. Sin embargo, no puedo juzgar tu renuncia. Sé que cada escritor, o quien pretende serlo, afronta una lucha pírrica contra sí mismo. Si has dejado de escribir porque es cosa fácil, supongo que la escritura no es un fuego que te consume lento si no la llevas a cabo.

No escribir es cosa fácil para quien lo considera infructuoso, para quien ha renunciado. Yo no encuentro justificación alguna, tan solo creo, no sin reservas, que escribir para ti no es una necesidad ineludible sino una actividad con propósito, acaso comprometida con lo práctico, con lo que resulte útil. No para mí. La escritura es la inutilidad, representa todo aquello contenido en la nada, lo innecesario y vacío.

Te equivocas en tus fines prácticos, en la escritura con claros designios, y al no considerarla tan fútil como todo arte. También has romantizado la actividad literaria. Hablas de crear el momento, el aura ideal para dar paso al río de las palabras y los sentimientos. El momento, sin embargo, es impuntual, salvaje, dotado del dinamismo del azar.

Hoy no era momento, y heme aquí escribiendo sandeces.

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