Carta a un escritor que no escribe

Escribo desde la adversidad, desde mi fuero interno de no escritor, de escribidor de diarios sin forma, sin una notable prosa, con el denuedo irrisorio de quien escribe imaginando un futuro de triunfos y reconocimiento. No pocas veces la página escrita resulta una flagelación. Me declaro incapaz de escribir ficción, sin talento alguno para la escritura, un eterno principiante, de un éxito rampante para el mayor de los fracasos

El lugar de tu sueño

Cuando volví a entrar, ya lo peor había pasado. Ya no sufrías, papá, porque ya no podías sentir dolor, porque el dolor es algo terrenal y tú ya no pertenecías al reino de este mundo. Me encontré con lo que ya serían los restos de ti. Tan solo el cuerpo que ya no respira, que lento se cubre de un color amarillo que yo me empeñé en robarle la idea a Borges y decir que era el amarillo de los tigres, el oro de los tigres. Te tomé de la mano para que no cruzaras en solitario hacia el otro lado, papá, porque una parte de mí se iba contigo, te acompañaba en ese viaje a la otra vida como hizo Virgilio con Dante

Una promesa sin garantía

El vértigo no es el miedo al vacío sino el deseo de caer, que esa caída no se termine, que el vacío sea la caída incesante y no el final. He aceptado mi eterno retorno, la vida con sus virtudes y sus ofensas; sus recompensas y sus golpes. Si volviera a nacer tomaría las mismas decisiones para que me llevasen a la misma calle, a la misma noche de todos los tiempos

Lo que pudo haber sido

Puso algo de música clásica y las primeras palabras nacieron. Cuán grato le fue el placer provocado por una pieza alegre, lejana, que le hizo la noche luminosa. No era el triste y melancólico Chopin esta vez, era una música que saltaba de alegría, que bailaba al paso de su escritura. Tres minutos le duró el encanto, la embriaguez, esa dulce borrachera

Abrazarme a tu abrazo

Siempre celebré tu facilidad para evadirte del mundo que no te interesaba, reinventarlo y, cuando la noche y el clamor callado de la vida te daban tregua, te entregabas al devaneo de las ensoñaciones, repasabas el día y borrabas lo que no había valido la pena, reescribías tu propia historia, hacías retoques aquí y allá en las imágenes de tu memoria

Una pasión ya sin nombre

Esa debe ser tu idea, de una luminosidad que sana, que evita la caída en el abismo peligroso de lo ya vivido. Por eso huyes de mí, me lees desinteresada, como un descuido, como se lee un anuncio en la calle, como se escucha la voz que anuncia la estación del metro, o peor, no me lees, miras mi mensaje rápido, de soslayo, como se ignora a un menesteroso al que no se le quiere dar dinero, de soslayo porque su mirada esperanzada por una moneda da lástima, no caer en ese juego, porque se le volvería costumbre

Cartas y despedidas

Sus líneas carecían de confianza, se percibía el miedo a equivocarse, no estar a la altura —si así se puede decir— de lo que yo escribo. Parece que en el amor existe la competencia, la rivalidad decorosa entre los amantes por estar siempre a la altura del otro. Sus palabras dudaban de que no resultasen suficientes, me decía que mi voz se parecía a la de otro hombre, con nombre y apellido, y enseguida la describía como calma, educada, grave

Llegarás tarde

Ella era poesía, Ángel, me leía poesía todas la noches, después enarbolábamos besos infatigables, labios como peces desesperados, bocas que se decían tanto sin decir nada. La recuerdo quedándose un minuto más, todavía es muy pronto para que te vayas, quédate. Nunca dormimos juntos, nunca una noche hasta el amanecer

Me gustabas así

Llegó el viernes, llegaron más días, volvíamos a hacer música, una orquesta de dos instrumentos, cuerdas y vientos, percusiones. Noches después, con más calma, te recostaste en mi pecho y me pediste que te contara la historia de mi vida, la enumeración de mis encuentros y desencuentros amorosos, cuerpo y pasado al desnudo. Acariciando mi pecho hilvanabas las perlas de mi pasado en el collar de tu memoria, dibujabas el retrato de mi rostro, le dabas color a mi personalidad con más sombras que luces

Me gusta saber que estamos

Me dedico a la contemplación malsana del voyerista que observa a los demás caminantes seguros de la senda elegida. Yo espero la señal que no llega. Espero a que tú pases enfrente mío y, sin que me veas, seguirte a distancia, encontrarme contigo por falsa casualidad, el plan de toda una vida que siempre quiso ser y que se había resistido

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