Quiere dar cuenta de la vida de su madre, darle una voz, pasearse por aquel pasado de niña ausente e incomprendida, por la infancia arrebatada, por la búsqueda de una libertad que quizá empezó mucho antes de tener nombre. No logra dar con ese pasado impreciso. Le ha hecho preguntas a su madre, pero ella responde dando continuos saltos en el tiempo. Se recuerda niña, cumpliendo ya su labor de mujer dentro de la familia: sirviendo al padre y a los hermanos, lavando ropa, limpiando la casa, preparando la comida. Éramos tantos, dice, doce en total, luego los dos hijos que adoptó tu abuela. Hace la cuenta, sabe que son doce, los nombra, pero el hijo no conoce el orden cronológico: Patricia, Silvia, Guadalupe, Mina, Marcelina, Dora, Martha —la madre—; falta una, al hijo se le ha olvidado el nombre. Del lado de los hombres recuerda a Benjamín, Miguel Ángel, Getsemaní, Juan Carlos, Manuel, Pepe, Ney. Una familia numerosa, demasiado grande quizá para que todos recibieran la atención que merecían.
La madre estudió hasta la primaria. O ella no quiso seguir, o sus padres no le vieron futuro en los estudios; ya no lo recuerda. Aprendió lo esencial: leer, escribir, matemáticas básicas. Como no podía quedarse sin oficio, la inscribieron —no sabe si por iniciativa propia o por decisión ajena— a clases de costura y confección. La madre ya sabía lo indispensable del hogar. Aprendió luego a coser, a hacerse su propia ropa, a remendar las prendas por si la falta de dinero obligaba. No aprendió mucho más. Al hacerse mayor, sintió que debía dar el siguiente paso.
Le cuenta al hijo que trabajaba en la recepción de un consultorio dental. Un dentista era su jefe, y ahí conoció al que sería su esposo. Tu papá venía seguido para tratarse los dientes, ya sabes que él siempre tuvo problemas. Al hijo le sorprende imaginar a su padre ocupado de su salud, independiente, responsable. Ahí se conocieron. Mamá dice que él le hacía piropos de hombre seductor, galante, e incluso iba más allá, jugueteando con la idea de casarse: ¿cuándo nos casamos, preciosa? De ahí la madre salta otra vez. Viene la vida conyugal, la primera casa que habitaron, los primeros años de renta mientras el padre terminaba de construir lo que sería la casa para toda la vida. Nacieron dos hijos, luego el tercero, y quizá los dos últimos ya en la nueva casa. Papá trabajaba, tenía un buen salario: clase media sin grandes problemas económicos, además con casa propia, tan jóvenes y ya con su propio patrimonio.
Pero la madre regresa a la infancia, a los miedos nunca superados. El miedo al agua, por ejemplo. El no haber aprendido a nadar. Cuenta que estuvo a punto de morir ahogada, y al hijo esa imagen le trae el eco de su propia inexistencia, la posibilidad de no haber sido si su madre no se hubiera salvado. Fue en Chapala, cuando uno todavía podía bañarse en la laguna, cuando estaba azul de bonita, el agua bien clarita y el sol bien fuerte. Tu abuelo nos llevó. Yo me metí sin saber nadar, o sin saber nadar muy bien, pero me fui muy lejos, como si el movimiento del agua me arrastrara cada vez más adentro. Cuando me di cuenta me ganó la desesperación. Quise regresar a la orilla, pero ya no tocaba el fondo. Empecé a gritar. Ya no me daba cuenta de lo que pasaba. Fue tu abuelo quien me sacó —y el hijo piensa que le debe por partida doble su existencia al abuelo— casi desmayada, jadeante, sin poder respirar del puro miedo.
La madre salta a otra época, a los recuerdos que no se le borran. En la casa no había televisión; no se tenía dinero para esas cosas. Por eso tu abuelo era fanático del senderismo, pero nunca nos llevaba. De niñas, tus tías y yo íbamos con la vecina para ver la tele —el hijo sabe que en ese recuerdo la madre no era ya una niña, sino casi una mujer—. Nos cobraba cinco centavos y ahí nos pasábamos un rato por la tarde, después de haber terminado las tareas, las obligaciones de la casa.
Habla de lo estricta que era su madre, de la presión que le imponía, de su contribución obligatoria a la vida doméstica. Se sentía, de algún modo, prisionera. Las hermanas mayores trabajaban; ellas sí habían continuado los estudios. Eso la madre lo dice todavía con molestia, como quien conserva intacta una pequeña injusticia. A ella también le habría gustado ser independiente. Pero se consuela pensando en la suerte de sus hermanas, que no se realizaron ni como buenas madres ni como buenas profesionistas. Ahí está tu tía Lupe, la pobre nunca se casó. El licenciado con el que salía siempre le dio largas y nunca tuvo hijos. Se volvió, en cambio, la tía adorada de todos los sobrinos. Y tu tía Patricia, la pobre, se casó ya mayor con un hombre que la quería poco, que no se hizo cargo de ella en sus últimos días. Y ella tan inteligente, con una carrera, buenísima para las matemáticas.
El hijo la recuerda. Un día vino a la casa y se ofreció a ayudarle con su tarea de matemáticas, pero ya no era la misma. Se le veía extraviada, como si ya no recordara aquello que antes había sabido tan bien. Él notaba cómo cada año su salud se deterioraba. La tía Paty sufría ataques epilépticos; los últimos, cada vez más intensos, le habían paralizado la mitad del rostro. Las tías culparon de negligencia al hospital. Según ellas, le dieron un medicamento que la puso peor. La pobre se nos fue muy pronto.
En el funeral, la madre de todos, la abuela, no lloraba. Se tomaba la muerte muy a pecho. No quería que la gente se compadeciera de ella ni de su dolor. Ni una lágrima, por ninguno de sus hijos muertos. En cambio sus hijas, las tías y la madre del que ahora intenta dar cuenta de la historia familiar, lloraban desconsoladas, sabiendo que la vida se agota, que pudo haberles tocado a ellas. El hijo, el más joven de los cuatro, no quiere pensar en el fin de la vida de alguno de sus hermanos. Con ellos no hace simulacros. No obstante, a la madre ya la ha matado más de una vez, como parte del inevitable duelo del porvenir.
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