¿Es ese el camino correcto? Cesar Aira aconseja —sin ánimos de dar consejos— que el escritor novel deje de lado el ideal de escribir buenos libros, de dedicar toda una vida a una obra y que mejor opte por escribir, sin intención premeditada, malos libros, pues los buenos libros son numerarios y están en todas partes. Optar por la vanguardia, pues ella es la que tiene el veredicto inapelable del futuro. Cesar Aira es entonces el escritor que ha cavado su propia tumba de eternidad y gloria, su propio reducto donde no cabe nadie más que él. Con persistente y desinteresado denuedo por no figurar como un gran y no menospreciable escritor, Aira ha entrado por la puerta grande en el marco contemporáneo de la literatura que vale la pena leerse.
Preferiría no hacerlo
¿Quieres ser escritor? Preferiría no hacerlo. Como Bartlebly, o acaso contrario a él, como el hombre rebelde de Camus, me rehúso a dejar de escribir aun a sabiendas de que escribir no tiene sentido como la vida. No habrá un lector que llegue hasta esta línea de esta página fatigada por un obstinado escritor que nada quiere decir
Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco
Hablando de Borges, recuerdo que él seguía el consejo que le había dado su padre: «Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco». Escribir cuando la necesidad orille al escritor a escribir, y qué mejor cuando esa necesidad nunca cesa. Esto de escribir es una condena, sí, pero una condena gozosa, una forma de afrenta. Pavese decía: «La Literatura es mi venganza contra las ofensas de la vida». Así que no nos queda más que aceptar esto también como una bendición maldita
Dos cuentos
Me quedo con la imagen del apartamento de Borges, donde vivía con su madre y su mucama, y con su modesta biblioteca que nunca guardó los libros escritos por él, porque a esos libros no hacía falta leerlos sino tan solo recordarlos. Me digo que entonces mi biblioteca es más numeraria que la de Borges, pero mi memoria no es ni un ápice como la suya. No recuerdo todo, en realidad olvido mucho y no hago listas; tampoco memorizo poemas o algún capítulo de un libro. No pasa nada fuera de este sillón y esta taza de café de la mañana que tiende a repetirse, si no es muy tarde, hacia el atardecer
El escritor tumbado
Entonces me pasa que yo también quiero darme a la bebida, a las novelas policiacas, a la vida crapulosa, de errante que niega la parte de la realidad que no le interesa y se aboca en cuerpo y en alma a las mentiras de los libros, los suyos y de los demás. Quiero ser el escritor rumiante de otra época, no de la mía, tampoco la decimonónica. Ser escritor a mi manera en el siglo XX se me antoja más fácil, más accesible, como escribir el Quijote es más sencillo en la época de Cervantes, si la memoria no me falla al recordar a Pierre Menard.
Escribir bien
A partir de una idea o una frase me dedicaba a hilvanar una oración tras otra, un recuerdo lacerante o gozoso, todos con un mínimo asomo de arrepentimiento. Había textos con temas recurrentes: la vida, la muerte, el suicidio, el amor, el fracaso, la nada. Venía tantas veces vacío, hastiado del mundo y sus cosas que todo me daba nausea. Han sido contadas las veces que me resultaba sencilla la tarea de escribir, en las que nacía un cuento de mil palabras, otras la continuación del final de una novela que me dejó inconforme
Un cuaderno
D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia
Dar forma
Dividir la vida entre leer, escribir, releer, corregir, romper, reescribir. Pequeños pasos, crónica mínima de mi esfuerzo, una razón de ser, del sueño realizado para ya morir en paz, para dejar algo, para dejarme a mí en el recoveco de la eternidad, en un libro perdido, de muy pocos ejemplares que nadie va a comprar
Hablar solo
Qué fácil se dejó llevar por el consuelo de una ensoñación, por los abrazos que duraban un segundo, un beso de labios lejanos. La vio partir como felicidad, le dio un libro para que no olvidase su nombre, para que cada palabra le sonara a él. Ha sido tantos hombres, menos aquel con quien ella ha desfallecido de amor
De lo que no se escribe
Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices