D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia
Dar forma
Dividir la vida entre leer, escribir, releer, corregir, romper, reescribir. Pequeños pasos, crónica mínima de mi esfuerzo, una razón de ser, del sueño realizado para ya morir en paz, para dejar algo, para dejarme a mí en el recoveco de la eternidad, en un libro perdido, de muy pocos ejemplares que nadie va a comprar
Hablar solo
Qué fácil se dejó llevar por el consuelo de una ensoñación, por los abrazos que duraban un segundo, un beso de labios lejanos. La vio partir como felicidad, le dio un libro para que no olvidase su nombre, para que cada palabra le sonara a él. Ha sido tantos hombres, menos aquel con quien ella ha desfallecido de amor
De lo que no se escribe
Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices
Contar qué
Es ese el personaje de mi cuento, un viejo que lo ha perdido todo, incluso las ganas de vivir. Habla con los muertos, dos tazas de café, una para él y otra para su mujer ausente que está más presente que nunca. Ya vendrá a tomárselo, ella es así, viene cuando le da la gana, siempre fue obstinada, yo no tengo nada que reprocharle
Exorcizar los días
No hablo, en este trabajo el habla queda suprimida, no es necesaria, tan solo cuando se necesita confirmar algo, para pedir ayuda, para dar cuenta de un error. Para lo demás todo es silencio
El que escribe
Otras veces estoy cansado de escribir, de acumular montañas de letras, bultos pesados de papel atestados en mi biblioteca, compartiendo el espacio con los libros a quienes tanto le deben su existencia. Escribir no pocas veces parece la condena de Sísifo, empezar algo para no terminarlo —más allá del límite que me impongo— y comenzar otro día con un folio nuevo.
Se busca escritor
Pasajes de nada, de recuerdos, de ideas varias, que se acumulan sin tener un fin. Al menos no carecen de significado. Las páginas están llenas de mí en esta atmosfera del hogar displicente con la música clásica de fondo y el café de compañía unas veces, de accesorio otras tantas. Mentiría si dijera que necesito de cierta atmosfera para escribir. No siempre me hace falta el café o la música, pero de lo que sí requiero es del silencio cuando mi concentración es débil o del bullicio cuando las palabras me hablan con más fuerza, estridentes.
No tengo certezas
Qué puede nacer de mí, de mi vida pública, privada y secreta. Qué puedo extraer de mi mundo literario. Qué puedo obtener de esta soledad omnipresente que no me ha permitido conocer ningún compañero de oficio. Los escritores que no se encuentran en todas partes porque cuando no vivimos entre las sombras lo hacemos entre cuatro paredes. Unos temerosos del mundo que los rodea y otros ávidos por experimentar la vida al límite.
El olvido de escribir
Dos autores distantes y con sendos libros a la mano coinciden en la importancia del olvido. El primero, Pessoa, habla de la literatura como un arte para desprenderse de sí mismo, olvidarse, distraerse con la tan falsa como verdadera sensación de sentirse otros, pensar en otras mentes. La literatura entonces es un dulce enajenamiento, un viaje como el que se hace cuando se sueña, la elevación del ser más allá de sí mismo: ser otredad. El segundo, Cesar Aira, está conforme con el olvido, despertarse seguro de haber soñado, como sensación física, pero con un gran hueco en la memoria.