El escritor tumbado

Entonces me pasa que yo también quiero darme a la bebida, a las novelas policiacas, a la vida crapulosa, de errante que niega la parte de la realidad que no le interesa y se aboca en cuerpo y en alma a las mentiras de los libros, los suyos y de los demás. Quiero ser el escritor rumiante de otra época, no de la mía, tampoco la decimonónica. Ser escritor a mi manera en el siglo XX se me antoja más fácil, más accesible, como escribir el Quijote es más sencillo en la época de Cervantes, si la memoria no me falla al recordar a Pierre Menard.

Diáfana

Mis manos que ya no te dibujan, que ya no tocan el borde de tu boca. ¿Jugamos al cíclope? Sentencia pasada y presente. Qué es hoy sino la acumulación de los ayeres, la substancia del ayer. Tiempo, se nos debe tiempo, representación móvil de la eternidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que me decida a ventilar la casa del tufo amargo y dulzón de nuestro amor con miras a lo eterno.

Escribir bien

A partir de una idea o una frase me dedicaba a hilvanar una oración tras otra, un recuerdo lacerante o gozoso, todos con un mínimo asomo de arrepentimiento. Había textos con temas recurrentes: la vida, la muerte, el suicidio, el amor, el fracaso, la nada. Venía tantas veces vacío, hastiado del mundo y sus cosas que todo me daba nausea. Han sido contadas las veces que me resultaba sencilla la tarea de escribir, en las que nacía un cuento de mil palabras, otras la continuación del final de una novela que me dejó inconforme

Víctimas felices

Por primera vez sentí la aguja de la ausencia clavada en el corazón. I. no me dijo que no me fuera, ella lo sabía irremediable, pero me dijo me vas a hacer tanta falta, quiero que vuelvas, que en el porvenir esté inscrito dos que se unen, que caminan de la mano por la playa, que se quieren al calor del mediodía, frente al mar, víctimas felices de la brisa y de la infinita arena

Silencio

Esta máscara incluso me engaña a mí mismo, me hace pensar que no todo está tan mal, que el día ha valido la pena porque he visto el esbozo de algunas sonrisas, porque esto es contagioso y yo quisiera responder de la misma manera pero no puedo, un cubrebocas me oculta el rostro, imposible el pago de la misma forma

Abrazarme a tu abrazo

Siempre celebré tu facilidad para evadirte del mundo que no te interesaba, reinventarlo y, cuando la noche y el clamor callado de la vida te daban tregua, te entregabas al devaneo de las ensoñaciones, repasabas el día y borrabas lo que no había valido la pena, reescribías tu propia historia, hacías retoques aquí y allá en las imágenes de tu memoria

Un cuaderno

D. me miró a los ojos luego de mi beso de adelantada despedida. Sacó de su bolso un cuaderno de cuero, dentro una carta que leí al instante, una declaración de amor sin fronteras, un amor de puentes colgantes entre países, su infinita confianza en mí para que agotara las páginas de ese cuaderno, para que cumpliese mi inseguro propósito de ser escritor, ella como mi primera lectora. No lloré porque no era momento de llorar, porque nos íbamos a volver a ver, porque no era exagerado decir que la pasión iba a prevalecer, que la renovaríamos con el fuego encendido de tanta ausencia

Su recuerdo

No recuerdo los proemios de la conquista, sin embargo, los imagino espontáneos, fruto de mi exceso de confianza que se apoyaba en mi juventud. Fue un acercamiento gradual, de conversaciones diáfanas y de coquetería subrepticia. Como no recuerdo los inicios tampoco tengo idea clara del final. Todo esto son elucubraciones mías, estratagemas de las que se sirve la inventiva para reconstruir un pasado borroso, de difícil recuperación

Lo falible

Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto

Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑