Hablando de Borges, recuerdo que él seguía el consejo que le había dado su padre: «Leer mucho, escribir mucho y publicar muy poco». Escribir cuando la necesidad orille al escritor a escribir, y qué mejor cuando esa necesidad nunca cesa. Esto de escribir es una condena, sí, pero una condena gozosa, una forma de afrenta. Pavese decía: «La Literatura es mi venganza contra las ofensas de la vida». Así que no nos queda más que aceptar esto también como una bendición maldita
Dos cuentos
Me quedo con la imagen del apartamento de Borges, donde vivía con su madre y su mucama, y con su modesta biblioteca que nunca guardó los libros escritos por él, porque a esos libros no hacía falta leerlos sino tan solo recordarlos. Me digo que entonces mi biblioteca es más numeraria que la de Borges, pero mi memoria no es ni un ápice como la suya. No recuerdo todo, en realidad olvido mucho y no hago listas; tampoco memorizo poemas o algún capítulo de un libro. No pasa nada fuera de este sillón y esta taza de café de la mañana que tiende a repetirse, si no es muy tarde, hacia el atardecer
El lugar de mi fortuna
Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.
La maldición de los libros
Sueña con las bibliotecas que se unen, las del lado de allá y el lado de acá, las imagina por fin reunidas, poblando la soledad del apartamento. Libros que dan vida, que conforman el mapa, el itinerario del lector. Mi vida en unos cuantos libros, muy pocos en comparación a la biblioteca del universo, pero mínimos, abordables, el esbozo más cercano de su dueño. Una biblioteca definida, retrato asimismo de mi deseo, de su caos consensuado.
Saber que se sabe
Qué hubiera dicho Onetti de las escuelas de escritura creativa, vaya engaño para los idiotas, perro de la desdicha, hombres y mujeres sin talento para la mentira. Sé que Cortázar me golpearía con una silla al pedirle consejo, porque el verdadero escritor no pide consejos ajenos, sabe ya, dentro de sí, cuál es el camino que seguir. Dos herramientas fundamentales: la soledad y los libros, al que se le suma como intrusa la escritura. Tiempo para leer, tiempo para escribir y tiempo para corregir lo escrito. Tomar esa rutina como eterno retorno personal, tiempo para regresar y empezar de nuevo.
Nada sé de cierto
Vuelvo a la imagen conjetural de la próxima vejez, del laberíntico andar por hospitales de paredes blancas, secretarias indolentes, médicos cansados y enfermeras de falsa cortesía. Se me verá distinto, se me hablará más fuerte, la presunta idea de que el señor ya no escucha bien. Andaré solo, pues no tendré hijos, mi mujer nunca quiso tenerlos, y yo me acostumbré a la vida de dos que se aman
El éxito es un malentendido
Perfecto actor de su época, presente desgraciado, lo que sea con tal de que se le permita continuar aquí, renunciar a la vaca, llevar su proyecto personal hasta lo enigmático, oculto. Nunca confesar lo que de verdad se es, no dejara entrever que durante las noches escribe, que se inventa un mundo aparte, quizás una ciudad con puerto como Santa María, con una plaza rodeada de árboles, un quiosco siempre animado, el ir y venir de habitantes y turista. Vivir del otro lado, crear esa muy suya realidad que le sirva como consuelo, publicar desde el anonimato, por amor a la ficción
El escritor tumbado
Entonces me pasa que yo también quiero darme a la bebida, a las novelas policiacas, a la vida crapulosa, de errante que niega la parte de la realidad que no le interesa y se aboca en cuerpo y en alma a las mentiras de los libros, los suyos y de los demás. Quiero ser el escritor rumiante de otra época, no de la mía, tampoco la decimonónica. Ser escritor a mi manera en el siglo XX se me antoja más fácil, más accesible, como escribir el Quijote es más sencillo en la época de Cervantes, si la memoria no me falla al recordar a Pierre Menard.
Escribir bien
A partir de una idea o una frase me dedicaba a hilvanar una oración tras otra, un recuerdo lacerante o gozoso, todos con un mínimo asomo de arrepentimiento. Había textos con temas recurrentes: la vida, la muerte, el suicidio, el amor, el fracaso, la nada. Venía tantas veces vacío, hastiado del mundo y sus cosas que todo me daba nausea. Han sido contadas las veces que me resultaba sencilla la tarea de escribir, en las que nacía un cuento de mil palabras, otras la continuación del final de una novela que me dejó inconforme
Lo falible
Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto