Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

Amarillo

Hay una leve tristeza con la intención de volverse profunda, de alojarse muy dentro del corazón y hacerlo latir a contratiempo. El día es amarillo porque me ha traicionado, porque no he despertado a buena hora, y no supe cómo comenzar de buena forma. Me he traicionado, no hay más culpable que yo mismo. Me siento desamparado como si alguna vez hubiese gozado del acojo de un tercero. Esto no iba a plasmarse en la página en blanco, esto no tenía razón de ser, sin embargo ha nacido como respuesta al desasosiego, a la desazón que me carcome el alma, el buen ánimo que creía perdurar a lo largo del día.

Otra afrenta

No obstante, lo asaltarán otras ideas, llegarán a brincos, conejos de tiempo y de espacio empecinados en quitarle el libro de las manos para darle otro, o para que tome su cuaderno y escriba, o para que no haga nada, para que se deja llevar por lo que le muestra el espejo negro, dejar que pase el tiempo, que se le escurra de las manos hacia la eternidad. Hará muy poco, nada de lo que se propuso, infamia contra la vida misma, contra sí mismo. Escuchará las voces del más allá que le dirán que deje de hacerse el imbécil, que deje de jugar a la inmortalidad, que si no sabe vivir pueden intercambiar de lugares, de este lado puedes hacer lo mismo, entregarse a la eternidad insípida y no al instante glorioso y efímero de la vida

Un malentendido

Escribo para sentirme parte de un gran círculo de amigos invisibles. Sin embargo no ocultaré que también escribo por vanidad, como venganza no infalible contra las ofensas de la vida, para que se me quiera más, para que se me lea, para invadir otras mentes, para quedarme, para enamorar a la mujer deseada

El cazador

Lúgubre existencia la de este hombre apesadumbrado por el pasado que no puede cambiar y por el hombre que no pudo ser. Hombre sin atributos al que se le va la vida como el espectáculo silencioso del mundo a través de una ventana

De lo que no se escribe

Vana es la búsqueda fuera, todo está dentro del escritor, el abismo vertiginoso, la gloria incandescente, la medianía resistente y disparatada. Es adentro donde la búsqueda debe tener lugar, perderse por estrechos laberintos, el espejo de recuerdos y lejanías, de amores y desencuentros. Todo está entreverado en el lento sentir del escritor, en su memoria maldita y azarosa, presa del deseo de guardarlo todo. Se trabaja con la inimaginable piedra de la memoria, con el cincel de tiempo, las manos dolorosas y la vista cansada. El oficio del escritor tiene como propósito la traducción abigarrada del alfabeto que compone una realidad difusa, no dada, intercambiable. Se tiene el regalo de la memoria, pero esta es egoísta cuando pretende guardarse en olvido los momentos más felices

Dejar de lado

Ser el autor decadente, sin complejos, el escritor obstinado con su labor de escritura diaria, el más disciplinado de los inconsecuentes, de los desordenados. Mezclar mi irresponsabilidad con la más férrea de las disciplinas, llevar a cabo el proyecto de escritura que corre el riesgo de empolvarse en el cajón de la indecisión

Desmemoria

Hoy, además de ser lector, he podido ser escritor. Nadie puede arrebatarme este triunfo, esto formará parte de la infinita corrección de mi vida, de la retrospección, de un pasado que por escribirse se vuelve olvido. De esto no me voy a acordar en una semana, esto pasará como la lluvia, como el atardecer, como la música de piano de fondo. Guardo aquí lo que mi memoria se dispone a borrar

Miradas

La mujer, a la que no quiero darle nombre, evoca una locura subrepticia. Su discurso anda en un vaivén entre la extrema lucidez de los locos y la agonía sincera de los que aprecian la vida hasta su fin.

En ninguna otra parte

Retomando a Padura, yo soy un escritor más bien gracias a la distancia, a todo lo que me separa del lugar que me vio nacer. Amo más a mi país cuando me encuentro lejos, cuando me propongo a recordarlo con la dosis necesaria de nostalgia que lo embellece.

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