Una página más de ausente tragedia.

Escribo como afrenta contra la vida leve, insustancial, hecha de un pormenor ingente en su realización irreflexiva. Escribo y evado la lectura, la relectura, la reescritura. No termino nada. Comienzo siempre un nuevo texto que alimenta el sinfín de mi falta de disciplina, de mi incapacidad para los finales absolutos. Textos fragmentados: ya ni siquiera diarios, ahora semanales, cuando mis posibilidades rebeldes lo permiten

El Equilibrista

Ella no dudó en responder a los pocos minutos: sí, he recibido tu mensaje, me ha dado un vuelco al corazón. Repite esa palabra, la sabe suya; él nunca la utilizaría. Lo suyo se reduce al corazón que late a destiempo, al suspiro que corta la respiración y a los latidos salvajes del amor loco —o los imperceptibles del sosiego o la tristeza—. Pero Clara sintió un vuelco al corazón, se sintió desconcertada, y se hizo la pregunta: ¿para qué me ha escrito?

Saudade desplazada

No sé nada. Escribo porque ha sido mi promesa: escribir a pesar de mi incapacidad de escribir. Sería muy fácil abandonar la escritura para dedicarme a leer. No puedo, sin embargo, interrumpir estas dos actividades. Leer y escribir como condena gozosa, con vistas a la perpetuidad. El trabajo literario que no hace más que multiplicarse como el monstruo de las mil cabezas

Entre el sol y la página

Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.

El impulso y la nada

Comencé a escribir como método —no carente de dolor— para extraer la espina que tenía clavada en el corazón. No voy a negar que, a medida que escribía, sentía que la espina, en lugar de salir, se alojaba más hondo, provocándome un insomnio de ideas suicidas. La escritura no fue en sus inicios salvación, pero sí una catarsis lenta, de purgatorio: la única forma de no caer en el infierno tan temido de la desolación.

Aquí nos tocó vivir

—Papá, ¿cómo era la casa donde vivías cuando eras niño? Era una casa muy grande pero a la vez muy pequeña. Muy grande porque mis hermanos y yo teníamos espacio para correr y jugar. Muy pequeña porque ninguno tenía su propio cuarto. La sala era enorme y ahí pasaba casi toda nuestra vida: cenábamos viendo una televisión diminuta, cuyo sonido solo volvía cuando alguien le daba un golpe. Crecimos viendo la tele; no lo hicimos leyendo libros. Los libros llegarían más tarde. Sigo viviendo al día, como ellos. Solo que ahora soy yo quien mira hacia la puerta, esperando ver llegar a papá después del trabajo.

El día que no supe quién era

Leía por placer, no para crear. La imaginación me bastaba. Veía desfilar imágenes; sentía la felicidad y la tragedia. Vivía más allá de mi casa humilde, de ese pedazo de mundo donde me tocó nacer. Recorrí el mundo a través de páginas: los libros como mariposas de alas infinitas. Crucé fronteras, conocí países, mentes, personas. Hablé con los muertos: prestidigitador torpe, nigromante que dialogaba con otras almas.

De lo que nadie puede arrebatarme

He de salir airoso de los embates de la vida al saber que he cosechado, en las profundidades de mí mismo, memorias que nadie puede robarme. Nadie puede acceder —salvo la enfermedad del olvido— y quitarme lo que es sólo mío. No me pueden mutilar el pensamiento, tampoco intervenir lo vivido, tampoco todo lo que no he perdido porque ha pasado. ¿He salido entonces indemne de otro año? Mi cumpleaños me sabe agridulce, un andar sobre la tristeza con destellos en el horizonte. Me conformo, que es lo mismo que alegrarse, con lo que he conseguido. Si bien rozo la miseria, la he evadido. Como decía mi padre, hay que agradecer por tener un techo, una comida, trabajo y salud; sobre todo esta última, que sin salud no se puede hacer nada.

Lo que fue presente

Y hoy escribe palabras de arrullo, palabras dormidas, de ensueño, porque mañana se me vedan las horas, se terminan mis dos de insuficiente descanso, se lamenta a la vez que escribe, deja huella de su gran infortunio. En vano intentó concentrarse en las páginas de un libro sencillo, seguir el ritmo gradual de la lectura, dejarse ir poco a poco, entre líneas, para ya no estar consciente de estar leyendo. Estuvo, sin embargo, orgulloso de sus tres páginas memoriales, las de su diario que no termina, aquello que fue presente

Inerte forma de vida

“Quiero ir a todas partes, y en este deseo, tanto profundo como desesperado, termino por dar rodeos, no avanzar, quedarme en la encrucijada. He pasado años en el mismo lugar, reticente a la caída incesante, al cambio repentino en el que podría encontrar la dicha."

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