Era para pensárselo dos veces, prever lo que iba a pasar, no dejar que el impulso saudoso lo controlara y le arrancara un mensaje añorante: vuelve.
Ella no dudó en responder a los pocos minutos: sí, he recibido tu mensaje, me ha dado un vuelco al corazón. Repite esa palabra, la sabe suya; él nunca la utilizaría. Lo suyo se reduce al corazón que late a destiempo, al suspiro que corta la respiración y a los latidos salvajes del amor loco —o los imperceptibles del sosiego o la tristeza—. Pero Clara sintió un vuelco al corazón, se sintió desconcertada, y se hizo la pregunta: ¿para qué me ha escrito?
Y él se vio en la necesidad de disculparse, de escribir frases con apego a la nostalgia donde se entreviera una culpa. Le dijo que nadie lo había amado como ella, nadie, y que había sido un insensato al no corresponderle con el mismo amor. Claro que no lo sentía, pero le gustaba mentir, hacer de su vida una ficción: el retorno de Clara alimentaba su yo zaherido, falto de cariño, necesitado de un enamoramiento fugaz e imposible.
Se le dio fácil la disculpa, las bellas palabras para invocar el recuerdo de la primera vez que se vieron y de aquel día, años después, en que tuvieron su única cita.
Ella le dijo: nunca he dejado de quererte, has sido el primer hombre del que me enamoré, no te he olvidado, te quiero.
Y él, no falto de cinismo, respondió: yo también te quiero, sin temor a que no fuera cierto; al cabo, la mentira, a través del texto, se instala como verdad.
Creyó como ciertas las palabras de amor y de reivindicación que le dirigía a Clara. Le compartió textos que ella interpretó como dirigidos a ella; leyó más de una vez El hilo que nos une y creyó —sin huella de incertidumbre— que Diana era ella, que él había cambiado el nombre pero conservado la letra, y que lo allí contado le concernía.
No era ella, pero podría serlo. Puede ser Clara si se siente identificada; por qué no. El lector puede interpretar el texto como así lo desee. Ella puede decir: yo soy Diana, aunque para él, el autor, no lo sea.
Ella es de un irremediable romanticismo: ya está construyendo castillos en el aire, desde hoy haciendo planes para dentro de un año. Para entonces ya no tendré clases, sólo tendré que redactar mi tesis.
—Dime la verdad —le dice—, no me molestaría si yo sólo soy la depositaria de tus textos. De lo contrario, podría visitarte, podríamos vernos.
Él no le ha dicho que tal cosa es imposible y, en cambio, ha mentido: sí, me gustaría verte.
Y ella se alegra. Ha vislumbrado, en un futuro incierto, un encuentro definitivo por amoroso; lo está idealizando, hilvanando todas las posibilidades.
Él sabe, sin embargo, que será otra desilusión, que —como otras veces— no cumplirá su palabra, como lo hizo con Elena, quien pasó una o dos noches en soledad en Lyon por la falta a su promesa.
Se ha dicho que puede sostener la mentira durante un año; no es mucho, pero sí suficiente para hablar de amor.
Le ha compartido un último texto, casi como despedida, sin que ella lo advierta.
Ella se ha molestado por ese casi ultimátum: dime qué quieres de mí. Y él no iba a negarle que le gusta que ella lea lo que escribe, pero no parece sensato que cada texto suyo lo relacione con el autor, que ella se reconozca en cada personaje femenino y —de no ser así— le duela, le provoque celos de las mujeres que sí han logrado instalarse en su corazón, en su memoria poética, y dejar cicatrices permanentes en su conciencia amorosa.
Él no sabe por cuánto tiempo podrá sostener la mentira, jugar al equilibrista con la incertidumbre de no llegar al otro lado.
Clara, sin embargo, ya hace planes: le ha propuesto viajar juntos, cosa que a él le ha desagradado. Se arrepiente de haber dado el primer paso, de aprovecharse del querer inaudito que ella siente por él, el primer hombre del que se ha enamorado.
Su actuar se resume en una necesidad malsana: sentirse apreciado, obtener reconocimiento, avivar la débil llama de su autoestima, asegurarse un aplauso permanente, un cariño sin medida.
Clara no podrá con la derrota. Se dirá a sí misma que es una tonta por haber confiado en él, que no estaba equivocada al andar con cautela, al desconfiar: su madre ya se lo había dicho, él no te quiere.
Vivirá entre la obstinación y la renuncia, a la espera de señales que develen la verdad, las verdaderas intenciones de Emilio.
Dentro de unos meses, bastará un mensaje sin respuesta, una conversación que no prosiguió, unas palabras dichas con desgana, con abulia.
Él no sabe cuánto tiempo avivará el furor del enamoramiento. Sabe que verla en fotos, descifrar su rostro, le provocará aversión. De ella le gustan su voz, su inteligencia; pero esa imagen no cuadra con su deseo: Emilio prefiere mujeres, para él, de belleza inalcanzable.
Clara carece de esa belleza que lo atrae. No es depositaria de su deseo. Por eso su único encuentro no significó nada: ese beso torpe no le quitó el aliento. Se vio obligado —por complacer— a no mostrar su disgusto, a fingir lo que no sentía.
La dejó en su casa y se alegró de que le quedaran pocos días en Guadalajara. Respiró el aire frío de la noche, sosegado, sabiéndose temporal, sin ataduras, listo para el regreso.
Abandonar a Clara y escribirle falsas cartas de amor, insuficientes para ella, sin decirle nunca que para él aquello no fue nada, y que, sin embargo, para ella lo fue todo: la culminación del amor, el primer hombre de mi vida.
Deja un comentario