El que sueña

Fui testigo del fugaz desgaste de mi padre, de sus últimos días en terapía intensiva. Estuve cerca de él sin saber qué decir, con el miedo a perderlo de repente. Me dolía verlo inmóvil, sedado, impotente. No era sin embargo la imagen de un padre frágil, sino de un hombre incansable, que resistía con fuerza sobrehumana los embates inmisericordes de la muerte.

El río que no cesa

Es esta luz quizás el preludio de la vida, esta misma luz me vio nacer en aquel pasado frugal es también el final de todo, en algún mañana impreciso. «Me moriré en Paris», profetizaba Vallejo, un viernes o un jueves. Yo no sé dónde ni cuándo. Me moriré vacilante, de este lado o del otro, mañana o más tarde. «Piedra negra sobre una piedra blanca», titulaba Vallejo a su fatídico poema. Yo nunca podré ponerle un título a mi vacilante vida. Me moriré sin nada, anónimo, indecible.

Malogrado

Un estallido estertóreo acalla con el ruido de las copas, de bocas que mastican; el aplauso de los presentes por la culminación del relato no llega, el triunfo del cazador se repite pero en el entorno doméstico: las cortinas se tiñen de un rojo carmesí, un niño de ocho años —los otros dos dormían— no llora, no grita, no se mueve, su madre en lugar de un rostro tiene un hoyo negro en la cara que sangra, mancha de blanco el sillón con chorros de sangre del exacto color del vino de la copa que su mano inerte todavía sostiene.

Insolación

Se convirtió en parte de su atuendo y ya sus padres no le daban mayor importancia, si le hacía sentir seguro y le permitía vivir, ¿por qué impedírselo? La botella de agua, de medio litro, era su reserva y no la bebía a menos que no tuviese otra fuente de hidratación a la mano. Era más bien un arma contra la muerte y su sentencia, que sin dudas le dijo que se iba a morir de sed, deshidratado en una tierra seca, en un monte lejano, sin nadie que le ayudase a sobrevivir.

Cavilaciones hacia el final

El inferno tan temido se vuelve confortable, hecho a la medida de su cielo personal donde el fuego no quema sino que basta apenas para calentar la habitación de paredes mortecinas tan fría esta mañana. Se sabe con el tiempo contado. Se sabe finito porque ha visto a la muerte de cerca. La vio en la sala de espera del hospital donde su padre agonizaba, sin ninguna prisa, seguro de que la hora estaba cercana

La palabra del mudo

Y entonces empiezo a dictarme palabras al azar que forman grandes frases. Citas que alguien más anota por mí y se vuelven famosas. De esas que dicen que hoy no se ha escrito nada y que mañana será más de lo mismo porque quien escribe es un ya es menos, que se ha quedado muerto o se ha quedado mudo.

Vive

Tengo deseos a muerte de contar lo sucedido porque no tuve que vivir para contarlo. El más allá, ese lugar entre el cielo y el infierno me trajo de vuelta a estas páginas blancas que me interpelan, exigen que cuente la historia de cuando me fue arrebatada la vida. Estoy aquí porque tuve que morir... Leer más →

A contratiempo

Sé que llegas antes de tiempo, aunque para mí esta hora ya la tenías programada. No sé exactamente qué decirte. Durante años pensé que nunca llegarías. Tu recuerdo me aterraba y prefería guardarte para las noches cuando me sentía desolado, y obtener tu consuelo porque al final a ti siempre te he importado. Quería que... Leer más →

Tumba vacía

El cartero ya no pasaba, no en el campo, no tan lejos de la ciudad. Tampoco Clara guardaba esperanzas, se le habían ido como se van los días, los meses, los años. Lo que sí guardaba y cuidaba más que a su ya frágil vida, era la vida de su hijo, el único, ya tan... Leer más →

Somos deseo

También existe el que no desea nada, y ese desear nada es desear la muerte que de por sí ya es desear mucho. No siempre es un deseo inmutable, difícil de sortear o de intercambiar por el deseo de seguir pese al dolor que le infringe la vida. Estamos hechos de deseo, de unos padres ilusionados con la sorpresa que les dará la vida en nueve meses. No se nos consultó si queríamos llegar, si queríamos vivir, recorrer el camino de la vida como lo siguieron nuestros padres, nuestros abuelos, y así hasta la eternidad en el pasado.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑