Je ne rêve plus

Vouloir être écrivain et ne pas savoir comment le devenir. Écrire, mais écrire ne suffit pas. Je dois prendre le chemin de la correction, de la relecture de mes textes oubliés.

Ya no sueño

Querer ser escritor y no saber cómo llegar a serlo. Escribir, pero escribir no basta. Debo recorrer el camino de la corrección, de la relectura de mis textos olvidados.

El que sueña escribe mejor que yo

El hombre pidió unas gafas más baratas. Dijo que no pensaba aprovecharlas del todo. La dependienta insistió: —Es por su salud visual. Entonces él se quitó las suyas. Y ella entendió. —¿Tiene un espejo? El ciego sonrió al verse

El lugar de tu sueño

Cuando volví a entrar, ya lo peor había pasado. Ya no sufrías, papá, porque ya no podías sentir dolor, porque el dolor es algo terrenal y tú ya no pertenecías al reino de este mundo. Me encontré con lo que ya serían los restos de ti. Tan solo el cuerpo que ya no respira, que lento se cubre de un color amarillo que yo me empeñé en robarle la idea a Borges y decir que era el amarillo de los tigres, el oro de los tigres. Te tomé de la mano para que no cruzaras en solitario hacia el otro lado, papá, porque una parte de mí se iba contigo, te acompañaba en ese viaje a la otra vida como hizo Virgilio con Dante

El lugar de mi calma

No se me ocurre mayor halago que decir que en ti yo encontré el libro que estaba buscando, porque toda vida es un camino para llegar a un libro. Te encontré y quise leerte, quise hojear precipitado tus páginas de piel y sangre, pronunciar lento cada palabra, cada frase, llegar a leerte entrelíneas. Sentí por vez primera que podía prescindir de este lugar, de mis paredes mortecinas, de mis libros que sostienen mi ánimo por vivir un nuevo día

El lugar de mi fortuna

Me paseaba descalzo, con la inquietud del que no salió del apartamento a pesar del calor pesado de la tarde, tumbado desde el mediodía, los libros amontonados en la mesita para el café, mirando al techo cuando abandonaba la lectura, sintiendo cómo la humedad de las paredes viejas se derramaba adentro de la pieza. Daba pasos desenfadados, las manos atrás, oyendo el crujir del parqué, buscando la pared por la cual se colaba la humedad, el moho que se abatía contra el respaldo del sillón como una telaraña porosa. Nada. Movía la cabeza de un lado a otro, aspirando el aire tibio con una mueca de asco en la cara. No me había afeitado, sentía los vellos de la barbilla rozarme los hombros.

Lo falible

Regreso a casa con el harto deseo del olvido, dejar pasar el día, mis previsiones puestas en un sueño reparador y un despertar con las fuerzas renovadas para dirigirme a los libros, la primera taza de café en mano. La mañana viene con la fruición del buen vivir, de saberse un hombre de provecho, con el tiempo contado o a cuentagotas para leer un cuento o dos, o el capítulo de una novela o un ensayo, comer del maná de los libros, el gozo indefinido de leer: el placer del texto

Ayer vacío

Escribir es fácil. No es cuestión de hacer realizable una labor titánica: no lo es. Resultan innecesarias las buenas condiciones, las voces inexistentes de las musas, la inspiración repentina. Hace falta solo el deseo, querer, llevarlo a cabo como lo más natural, siempre apegado a la rutina. Descreer, desconfiar de la idealización del acto de escribir como un cuadro inamovible: la máquina de escribir, el cigarrillo que se consume en el cenicero, la copa con una cantidad sabia de vino y una habitación sombría, sí, pero lo mínimo iluminada. El escritor maldito en su buhardilla, presa de su soledad creativa, sin distracciones al alcance de la mano o de la mente.

Dos sueños

Eso solo es posible en ciertos animales. Pensé en las peleas de gallos, pero la que yo presenciaba, con inaudita mudez y horror, era de hombres. ¿De dónde nace está escena de delirante muerte? El cuento de Borges se le parece, los enemigos a los que se les concede un duelo justo, degollados de parado y obligados por el odio mutuo a correr hasta el final de la línea, sin saber quién sería el vencedor

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