I. El sueño (o la traición de no escribirlo)
Ahora cuento los días que paso sin escribir: dos desde la última vez.
Dos días que me pesan como culpa, como traición hacia mí mismo.
Dos días de afrenta contra el tiempo, el cansancio, el trabajo y cualquier otro impedimento que me aleje de esa atmósfera donde la música es aire y los libros, mar.
Dudo si dar cuenta aquí de mis sueños.
En uno de ellos me encontré —o me encontré a mí mismo encontrándome— haciendo el amor con una Venus de Milo: mujer escultura de artista anónimo y, al mismo tiempo, mujer pintura, aquella Venus de El nacimiento de Venus, con sus formas turgentes y sus brazos demasiado largos para este mundo.
La mujer de mis sueños era ella.
Y provenía de una familia maldita.
En una especie de ritual se me daba a escoger entre las hermanas. La elegí a ella porque también me había elegido, y porque se parecía a la Venus o a un amor pasado e imposible. Me propuso, con una dulzura casi ceremonial, dormir juntos aquella noche. El pacto quedó sellado sin palabras.
Virgen —porque toda mujer de ensueño lo es— se despojó de su ropa con timidez, la mirada baja. Me pidió que fuera cuidadoso. Yo, entre besos en el cuello y recorriendo su cintura con mis manos, le prometí que lo sería. Le dije que la había soñado, que ese día ya lo había visto, y que ella me hacía dudar del libre albedrío.
Mujer destino: cabellos rojizos, piel muy blanca, senos como dos mundos en la misma órbita.
Cerré la puerta con seguro. Corrí las cortinas. Afuera, sus padres y sus hermanas rondaban la casa. Cada hora parecía envolvernos en una penumbra más espesa.
Entonces, el disparo.
El ruido seco de un arma detuvo en seco el juego de nuestros cuerpos. La maldición de la familia se encarnó en dos de las hermanas: primero mataron al padre, luego a la madre, y antes de matarse entre ellas, buscaron a la menor.
La niña lloraba.
Antes de que el grito delatara nuestro escondite, le cubrí la boca con la mano.
Demasiado tarde comprendí que cerrar la puerta no bastaba.
Una de las hermanas entró sin forzarla y nos apuntó.
¿Yo estaba armado? Sí. Y reaccioné sin vacilar: le disparé en la frente.
Primera amenaza neutralizada.
Protegí a la mujer que amaba a costa de mi propia vida.
La segunda hermana entró en silencio. Como distracción, me lanzó una pistola. La tomé y disparé, pero no estaba cargada. Ella ya me apuntaba con otra.
Me sentí perdido, al borde de la muerte. Cubrí con el cuerpo a mi Venus y le lancé el arma al rostro como último recurso.
Y entonces, contra toda verosimilitud, un comando de fuerzas especiales irrumpió y nos salvó.
Un final ridículo. De película estadounidense.
Sin embargo, la parte erótica del sueño me dejó satisfecho.
¿Cómo puedo soñar algo así y no ser capaz de escribirlo?
Los sueños tienen más imaginación que yo.
Quizá el que duerme debería ser quien escribe.
Y el que vive aquí afuera debería limitarse a existir.
Hay algo en mí —lo sé— que un día tomará el control.
II. Las gafas del ciego
¿Cómo escogen sus gafas oscuras los ciegos?
Imagino a un hombre que finge no estarlo. Es verano. Lleva gafas de sol y entra en una tienda de lentes.
Pide consejo.
La dependienta, con el entusiasmo de una buena venta, le recomienda las mejores: protección total, antirreflejo, diseño impecable. Ideales para esos días soleados en que los rayos ultravioleta son enemigos silenciosos de una visión saludable.
—Si usted supiera —le dice— lo mal que hacen al ojo… incluso pueden provocar ceguera.
El hombre escucha atento, con una ligera sonrisa. La mira a los ojos con unos ojos que no ven: a veces apenas un amarillo difuso, otras apenas sombras.
Dice que el precio no le conviene.
La mujer responde que no se debe escatimar cuando se trata de la salud visual.
El hombre pide algo más económico. Algo que se ajuste a su presupuesto. No le gustaría pagar mucho por algo que no va a aprovechar del todo.
La mujer duda un segundo. Luego le muestra otro modelo.
—Protegen menos, pero son igual de oscuras.
—Estas me vendrán bien —dice él.
Se quita las gafas que llevaba y le muestra su mirada perdida, sus ojos manchados de gris.
La mujer apenas alcanza a decir:
—Ah… perdóneme.
—No se preocupe —responde él—. ¿Tiene un espejo? Me gustaría ver cómo me quedan.
Ella señala a su derecha.
El ciego sonríe. Se coloca las gafas. Se mira en el espejo y asiente, satisfecho.
—Perfectas.
Paga.
—Me las llevo puestas. Son maravillosas. Antirreflejo… y con una ligera protección contra los rayos ultravioletas. Justo lo que necesitaba para cuidar mis ojos.
Agradece. Saca su bastón blanco. Sale a la calle tanteando el camino, silbando una canción alegre.
Coda
Tal vez este cuento deba escribirse algún día.
En semanas. En meses. Con menos suerte, en años.
Mientras tanto, la garúa de este mediodía cubre de pequeñas gotas la ventana del salón. La música de piano suena de fondo. La lluvia fina cae sobre Lyon.
Y uno, en ese instante, puede darse por bien servido:
ser el escritor romantizado, idealizado.
La soledad como única compañía.
No me abandones.
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