Por la ventana he vuelto a ver al extraño hombre que camina presuroso hacia ninguna parte, aquel que un día se detuvo frente a mí para decirme palabras que no recuerdo, un saludo insensato, su mirada de loco ausente, la incomprensión de ambas partes. Lo he vuelto a ver ahora en invierno, desde la ventana impune, su caminar como el del verano, su destino ausente o incierto. Un hombre de mil rostros, de toda una eternidad que lo precede. Ya he terminado, ahora saldré a andar por la calle sin nombre con el ánimo de un loco que disfruta de incomodar a desconocidos.
¿Qué soñaba?
Soy ese niño que a los tres años decide no crecer, vivir por siempre en esa edad mágica en compañía del tambor que le ha regalado su madre. Soy el niño del tambor, cuento mi historia a golpecitos, ¿me escuchan? No he dicho nada, pero parece que he mencionado algo no carente de importancia. Sigo el insensato camino del silencio, escritor de la nada, explorador del abismo. Tengo el talento no confesado de la reflexión durante la duermevela, la escritura consensuada en el infinito folio de la conciencia abocada el olvido. Lo mejor que he escrito reside ahí, en el abismal infierno al que me dejo llevar de la mano de mi personal Virgilio.
Regreso a la luz
Pocos días como este han estado invadidos por una alegría misteriosa, muy poco de tristeza, de remordimientos, de añoranzas. Nada me falta, y la música que escucho en este preciso instante me arrulla en sus brazos. Música como madre, como retorno al lugar de donde un día vinimos. Regreso a la luz, misma luz que debió haber invadido el cuarto de hospital cuando mamá dio a luz. Dar a luz es traer a un nuevo ser de las tinieblas, de la caverna donde se encontraba antes de nacer. Mi nacimiento como una casualidad, tan improbable como la vida misma, pero aquí presente, vivo, feliz hasta que el día se acabe.
La palabra del mudo
Y entonces empiezo a dictarme palabras al azar que forman grandes frases. Citas que alguien más anota por mí y se vuelven famosas. De esas que dicen que hoy no se ha escrito nada y que mañana será más de lo mismo porque quien escribe es un ya es menos, que se ha quedado muerto o se ha quedado mudo.
Escribir muy tarde
Para mí el oficio del escritor me parece el más grato, el que tiene sus recompensas aun antes de ser reconocido. Debe tener sus momentos complicados, de antipatía o de bloqueo, principales enemigos del oficio, ya que ningún escritor puede dormitar en sus laureles, escribir un libro o dos y renunciar a la literatura, convertirse en un amanuense tipo Bartebly, en un escritor del no. Pero los hay escritores que se duermen en sus laureles. Claro ejemplo el de Juan Rulfo, a quien dos libros le bastaron para entrar y formar parte de la Literatura Universal. Pero quién con el talento de Rulfo.
Solitario
Yo vivo tras bambalinas, en mi trinchera, oculto de toda mirada pero siempre atento a lo que me pasa, a cada movimiento que me rodea y que no es mío. Es porque nunca se me ha dado bien el protagonismo. Soy un apátrida del escenario, la luz de los reflectores me ciega, el enjambre de miradas me congela. No puedo tolerar las multitudes, más voces que la mía o menos silencio que el que me otorga la soledad. Bendigo los días solitarios, el tiempo que corre a mi paso, mi habilidad de tirar las horas por el drenaje sin ningún remordimiento.
Uso práctico del tiempo
El hijo de mi madre practicaba, desde muy corta edad, la egolatría como defensa del ser, el menosprecio a la otredad, una leve misantropía que le auspiciaba una fortuita soledad. No lo sabía, pero cada libro leído le otorgaba la experiencia lectora y no menos profunda que la de la vida real, de otras vidas. Comenzó siendo uno solo para multiplicarse, ser uno y ser distintos. Desde esa edad, en que la lectura se volvió su primicia de vida, ya nada humano, insustancial, le pareció digno de interés.
Medianoche
Pero ambos insisten, no dejan derruir el puente, refuerzan su estructura con palabras, por escuetas que sean. Al escritor no le queda más que soñarla, hacer esbozos de su rostro y su voz sobre la página en blanco. Ella es parte de otra vida, Diana y lejanía. No va a olvidarla, jugará con su recuerdo inmóvil y no actualizado. El día del destierro la buscará buscando consuelo, la encontrará cambiada, radiante todavía de alegría, sus ganas de vivir siempre renovadas, y él derrotado, de regreso porque allá no obtuvo, no encontró lo que buscaba. Me he equivocado, dirá, perdóname, y ella has cambiado, me cuesta reconocerte, ya no somos los mismos, ya no podemos traer de vuelta que el pasado ha enterrado.
La literatura será mi venganza
Estoy condenado a la inmovilidad, a la espera de la menos llevadera de las desgracias, el viento que quema y el sol que no arde. Mi destino, si acaso lo azaroso permite pensar en una vida prescrita, está maldito, abocado a la miseria como forma reiterativa de la desgracia, y después la prueba final, la verdadera renuncia a toda esta vida que me he inventado, adiós a los libros, a este apartamento de exaltada vejez; la despedida funesta, adiós a la libertad que creí cosechada y que entonces, cuando todo termine, estará plagada de lo irrealizable.
Dentro de veinte años
Me imaginé a mis cuarenta y ocho años viniendo con el mismo doctor —si acaso él también seguía vivo— para decirle si recordaba que hace veinte años él me puso la vacuna contra el tétanos y la difteria, y en un acto de extrema confianza confesarle que ese día yo no creía poder llegar a vivir tanto, que me veía muerto cualquier otro día por azar y que esta segunda o tercera vacuna en mi vida no habría sido necesaria. Y nos reímos de las sorpresas que da la vida, de tantos años de consulta y que al final no tenemos muchos años de diferencia, los dos todavía en la segunda etapa de la juventud.